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viernes, 18 de abril de 2008

ESCENA MÍSTICA CON RETABLO AL FONDO

(Foto: L.Antonio Gil)

Un retablo barroco deslumbrante, inmenso, escenificación pura del horror vacui. Columnas recargadas de hojas, flores y frutos de toda especie. Ángeles y arcángeles, serafines y querubines sonrosados, grandes, medianos y chicos, cubriéndolo todo, mirando en todas direcciones y mostrando impúdicamente sus rollizos brazos y cortas pantorrillas, sus ricitos de oro. Santos, mártires y apóstoles con largas y pesadas vestimentas simétricamente colocados en hornacinas y delante de las fustas salomónicas. En sus manos huesudas, llaves, custodias, libros, espadas, cetros, cruces. No presentan actitudes hieráticas, sino violentas, retorcidas, poderosas. Para llegar al altar hay que subir una empinada escalinata que todo lo eleva majestuosamente. Sobre el sagrario dorado, sobre el cofre de oro que guarda el sancta sanctorum, la sagrada forma, el Cuerpo de Cristo hecho pan, una Virgen Niña. Más arriba, la Virgen Madre que llaman del Miracle, sobre un pedestal y, detrás de un árbol con ramas de palmera, un soberbio camerino de columnas de alabastro incrustado en el ábside románico El imponente edificio fue construido en el siglo XVI sobre una iglesia que conmemoraba la aparición de la Virgen a unos niños pastores. El conjunto es siniestro e impresionante, tan abigarrado y colosal que fascina. Dentro de este delirio ornamental todo parece haber encontrado su lugar, todo es simétrico, equilibrado, preparado para verse desde abajo siguiendo una perspectiva de lejanía ascendente. Adosado a sus muros, un monasterio regentado por media docena de monjes benedictinos. Hablo del Santuario del Miracle, situado en la comarca de Solsona, en Lérida, solitario en medio de esas altas tierras rojas donde crecen viejos robles que ocultan piedras milenarias, decenas de monumentos megalitos.

Sube al camerino de la Virgen Madre. Abraza una fría columna de alabastro. El Espíritu Santo, con sus rayos de plata y sus alas extendidas, recoge sus patitas. Está en lo alto, cubriendo el cielo de la pequeña cúpula azul. Tiembla, siente escalofríos, una contenida excitación recorre su piel y sus músculos. Baja lentamente las escalerillas y camina como sonámbulo por la iglesia solitaria. Resuenan opacamente sus pasos. Un rayo de sol ilumina los verdes, dorados, rojos y amarillos del retablo, que deslumbra con irisaciones que poco a poco se apagan. Gira hacia atrás. En lo más alto, Dios Padre le mira amenazante. Lleno de anhelos, penetra en una sombría capilla lateral. Palpa la pared, arrastra su mano por los bancos de madera, se acerca al altar donde parpadean velas que han formado pequeños volcanes con la lava derretida. Mira a un lado. ¡Oh, los exvotos de cera blanca colgados sobre el muro! Coge una mano medio abierta y coloca en ella un cirio rojo. ¡La excitación de la luz en medio de las tinieblas! Ve entonces una cabecita, también de cera inmaculada, hueca. El cirio penetra el cuello y empieza a brotar sangre. La cabecita tiene un alfiler clavado en medio de la garganta. Caen gotas rojas sobre el suelo de piedra. La blanca mano de cera se tiñe de sangre. Una cabeza decapitada, una mano cercenada. La resurrección de la carne. El deseo penetra el símbolo, el fuego derrite la cera, el rayo atraviesa la garganta y brota la fuente que vivifica. Fuente de agua roja, agua penetrada por el fuego. Pasa la mano ensangrentada por sus labios, bebe su propia sangre. Todo le empuja hacia el éxtasis, hacia la fuente del darse cuenta. Dios Padre ríe en lo alto.
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