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domingo, 6 de abril de 2008

HUNDIRSE, LLEGAR AL FONDO

(Foto: Angela Galisteo)
Hundirse. Llegar al fondo. Comprobar que uno no es nada. La doble negación, aquí, no afirma, sino que vacía a la nada de todo, hasta de sí misma. Ni siquiera somos nada. El español, nuestra lengua, con la que pensamos y sentimos, tiende a los extremos. Se puede negar “absolutamente todo” o no tener “nada de nada”. Una lengua conceptual, sintáctica y fonéticamente impulsiva. Muy física, muy corporal, en la que las palabras parecen ser una prolongación de las manos, los ojos, los dientes. Por eso necesita tanto del remanso, de la fluidez, de la melodía. El primero que logró dominarla, mandarla por derecho (por la buena senda) con suavidad y maestría, fue Garcilaso. Cervantes la llenó luego de vida y la empujó hacia la perfección rítmica y sonora.

Pero no quería hablar de la lengua, sino de ese hundirse uno de repente, ese echársenos el mundo encima y venirnos nosotros abajo con él. Dejamos de ser todo lo que creíamos ser y nos sentimos nada. Todo lo que pacientemente habíamos ido construyendo, ese yo que creíamos resguardado, seguro, resulta que no se sostiene en pie y se desmorona. Puede ocurrir de repente (algo nos golpea sin piedad), o despacio, como quien cae en arenas movedizas y sabe que va hacia el fondo y nada puede hacer para evitarlo. El yo, la idea de uno mismo, los hilos que sostenían la marioneta, se cortan, como si el titiritero que los movía diera por terminada la función.

De muy pequeño conocí un juego brutal. Se llamaba “roer la estaca”. Era juego de invierno, cuando se hacía barro en las calles y las eras. Se jugaba con navaja. Sobre un gran cuadrado de tierra húmeda, cada jugador lanzaba la navaja, y si la clavaba, trazaba una línea recta siguiendo el filo de la hoja para ir ganando terreno al adversario. El que se quedaba antes sin terreno perdía. Lo terrible venía luego. El ganador hundía todo lo que podía en el suelo una pequeña estaca golpeando con el mango de la navaja, y el perdedor tenía que arrancarla con la boca. Me tocó una vez perder, así que lo recuerdo bien.

A veces uno se hunde en tierra y tiene que morder el polvo antes de intentar levantarse. Y casi siempre andan los demás por medio. Dependemos tanto de la consideración de los otros, que sólo nos damos cuenta de ello cuando algo falla, cuando alguien nos da la espalda, casi siempre sin motivo alguno. La vida es elevación, un caminar erguido, un mantenerse en pie, porque la gravedad de la vida nos empuja hacia el suelo, que deja de ser sólido y amenaza con tragarnos. Lo que nos permite caminar, la tierra firme, es lo que nos atrae hacia sí y nos tumba. La vida, decimos, se nos hace demasiado cuesta arriba.

Según los datos de la Encuesta Nacional de la Salud, el 21,3% de la población de más de 16 años presenta riesgo de mala salud mental. En España sufren depresión casi cuatro millones de personas, aproximadamente un 10% de la población, siendo los más afectados los adultos de hasta 44 años, especialmente mujeres. Se refiere a la depresión diagnosticada. La depresión larvada, transitoria, debe de ser por lo menos el doble.

Vivir es vencer a cada instante la depresión, la fatiga, el desánimo. Necesitamos autosugestionarnos, autohipnotizarnos para mantener la ilusión de vivir. Todo cuanto hacemos se sostiene frágilmente. La literatura, el arte, es uno de los medios que tenemos para no caer en el agujero, para sostener el ánimo, para mantener el tipo. Es preferible a los fármacos, las drogas, la televisión, el fútbol, la búsqueda compulsiva de cualquier excitación.

Coda final: Compruébese que casi todos los términos que he usado se refieren a nuestra condición física. El lenguaje nace del cuerpo y nos remite siempre a él.
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