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martes, 18 de marzo de 2008

ME LARGUÉ AL MONTE

(Fotos: A. Real)


Me largué al monte. Llegué a un paraje lejano y solitario. Robles, encinas, fresnos, jaras, zarzales, retama, romero… y un bullicio de pájaros y cantos irisados expandiéndose por todo el valle. Me tumbé sobre la hierba seca, rodeado de rocas, ramas y gorjeos. Puse mi atención, suavemente, sobre las nubes, los troncos, un arroyo medio seco por el que corría un hilillo de agua borboteando contra unas piedras. Al cabo de un rato, mi mirada se quedó enganchada a unas hojas, que se acercaban a mí hasta estar a la altura de mi mano, creando una profundidad ilimitada de verdes, grises y azules. Traté de abarcar ese horizonte al mismo tiempo que mantenía mis ojos enfocados en la rama de hojas azuladas que tenía cada vez más cerca de mí. Sentí entonces que el árbol erguido del que salía la rama estaba vivo y consciente: las hojas, alargándose, eran conscientes de sí mismas y sentían la presencia del mundo desde la transparencia de su rugosa piel brillante. De pronto, como si hubiera cambiado la presión, se abrieron mis oídos y me percaté del canto de los pájaros. Agudos y graves, corcheas y blancas se entrelazaban formando una malla inextricable y armoniosa de sonidos, sonidos que eran colores, destellos, burbujas y un zigzagueo luminoso de partículas. Me asombró la instantaneidad y fugacidad del sonido. Aparece y desaparece al momento, sin posibilidad alguna de volver a ser ni a repetirse. Me concentré en el sonido: no era algo continuo. Entre latido y latido había algo: agujeros, vacío, silencio, nada. El aire empezó a cubrirse de una neblina casi imperceptible. Partículas azuladas y blancas, saliendo de la nada se expandían en todas las direcciones. Pensé que eran fotones venidos del infinito que chocaban con los átomos invisibles del aire, del oxígeno, el nitrógeno, el carbono. Miré al suelo y observé cómo aquella lluvia incesante de energía se hundía en la tierra, atravesaba e inundaba las hierbas, las piedras, el musgo. También me atravesaba y bañaba a mí. Sentí que no era más que una masa de energía vibrante y encapsulada, compactándose en mi cuerpo, pero abierta a ese chorro velocísimo y suave de energía sin masa, una materia inmaterial, un no sé qué que me cubría y traspasaba. Entre las moléculas, átomos, partículas y fotones que se movían en mi cuerpo había también un espacio vacío, inmenso. Mi cuerpo no era sólido, sino un conglomerado de ondas y vibraciones que formaban una masa intangible suspendida en la nada, viajando a velocidades inconmensurables por el universo. Llevado por la Tierra, atravesaba el vacío. Al cabo de un tiempo que no puedo calcular, empecé a oír a lo lejos el hilillo de agua del arroyo. Las burbujas y el incesante gorgoteo me hicieron volver en mí. El sol ya se había ido y había cesado el bullicio de los pájaros. Empezaba a hacer frío. Me levanté y comencé a caminar. Me sentía muy ligero y sin preocupaciones. Todo a mi alrededor era más nítido, menos sólido y apremiante.

(Este relato, como casi todo lo que cuento, es real, acaba de sucederme. Ahora mismo estoy regresando de mi escapada).
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