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domingo, 23 de marzo de 2008

CONCIENCIA DEL INFINITO

(Sé que los temas que voy metiendo, entre cuento y cuento, en este bloc, son muchas veces incómodos. No busco complacer ni convencer a nadie. No calculo lo que puede o no puede gustar. Escribo para aclararme yo y, de paso, si a alguien le sirve para algo, pues que lo aproveche como quiera).

El infinito es un concepto irreductible. No podemos ir más allá. Podemos aproximarnos a su contenido mediante imágenes, razonamientos, aproximaciones, pero no podemos definirlo ni ir más allá que lo que el término en sí mismo contiene. Todas las filosofías y religiones, sin embargo, han intentado reducirlo para meterlo en nuestra cabeza. Le han puesto multitud de nombres. El que más fortuna ha tenido es el de Dios.
Distinguir entre el concepto de Dios y el de infinito me parece una tarea imprescindible para quienes queremos integrar en nuestra concepción del mundo, esa realidad del infinito.

Más que lo que es, podemos intentar explicar lo que no es. La primera discrepancia con casi todas las interpretaciones religiosas, es que el infinito no es algo personal, sino impersonal. Nos cuesta aceptar que exista algo en el universo que no sea personal. El niño, en sus primeras fases, no distingue su ser del mundo, y todo lo anima, lo hace vivo y personal. Animismo y egocentrismo, le llaman los psicólogos. De adultos, no concebimos la conciencia y la inteligencia sin un sujeto personal al que atribuirle esa actividad o cualidad. Dios, por consiguiente, no puede ser algo impersonal. Pero el infinito lo es, no puede ser algo personal. Lo personal sólo puede ser limitado, y desde su limitación, no puede concebir lo infinito impersonal.

El infinito tampoco puede ser algo separado del mundo, distinto del mundo mismo. El infinito es todo lo que existe. El infinito es todo lo que está ahí, desde mí mismo y cuanto veo a mi alrededor, hasta todo lo que hay y se mueve y existe en todas las direcciones. Su límite es inimaginable, porque en realidad no lo tiene. Existen mundos, formas y conglomerados de energía, visibles e invisibles, finitos, pero el infinito es el todo, la totalidad de todo, que es algo más que la suma o acumulación de partes o mundos.
Como somos seres limitados por nuestra condición física y corporal, sólo podemos pensar a partir del cuerpo, de la realidad material de los objetos y la sucesión, tal y como nuestros sentidos construyen en el mundo para poder movernos y sobrevivir en él. No podemos concebir el todo, siempre imaginamos que puede haber otro todo anterior o mayor.

Pensamos en el infinito a partir del tiempo y el espacio, porque no podemos hacerlo de otro modo. Pero nuestra idea del tiempo y del espacio encierra una contradicción insoluble: para existir han de ser finitos, pero por su propia naturaleza, pueden ser infinitos. Nada impide que el tiempo y el espacio sean infinitos, lo que pasa en que no podemos ni concebirlo ni imaginarlo, porque el tiempo y el espacio siempre son relativos a algo; más aún, son relaciones construidas por nuestra mente. Al darse cuenta de que no son más que relaciones, Einstein concibió su teoría de la relatividad universal.

Pero el infinito tampoco es una prolongación ilimitada del tiempo y el espacio, porque es una totalidad, y la totalidad no puede ser simplemente el ensanchamiento de una parte, como lo son el tiempo y el espacio. Como tampoco puede ser un agrandamiento del hombre, una expansión ilimitada de lo que es el hombre, o sea, Dios.

El infinito tampoco es algo estático ni siempre igual a sí mismo, sino un movimiento, un flujo y un cambio constante de todo. El universo nunca es igual, miremos hacia donde miremos. No podemos parar el proceso infinito de su constante transformación.

Así que el infinito no es algo personal, ni es sólo lo que vemos, ni lo que podemos imaginar o concebir, ni alguien que lo ve todo desde un lugar privilegiado, ni el universo finito que conocemos y en el que vivimos, que tuvo un big bang y llegará en algún momento a su colapso y desaparición. El infinito es algo más, es un todo sobre el que apenas podemos pensar, lo absolutamente real, de donde proviene todo, lo que hace que todo lo que existe exista, lo que me sostiene a mí y a estas teclas, y a las frases que mis manos y mi mente construyen sobre esta pantalla, y mis frágiles intentos de ser consciente de esa totalidad, de sentirla de algún modo aunque no la comprenda, no la abarque ni sepa explicar.

Mi mejor manera de concebir el infinito, la totalidad, es pensándola en términos de energía, tal y como la ciencia de mi tiempo me induce a imaginar. Lo que añado, y es totalmente racional y coherente con esa concepción científica básica, es que esa energía tiene que ser consciente de sí misma -o que intenta cada vez ser más consciente de sí misma- y es por lo que el universo existe y se crean o aparecen en él infinitas formas y seres en permanente cambio. Yo, una y uno de ellos.
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