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viernes, 14 de marzo de 2008

UNA HAZAÑA URBANA INEXPLICABLE (Y ABSOLUTAMENTE CIERTA)

(Foto: J.Rodríguez)


Acabo de realizar una hazaña urbana. La cuento porque todavía estoy conmocionado.
Estaba en una sesión de evaluación y ya al final, alguien comenta no sé qué de las oposiciones. Pregunto si ya estaban convocadas. Una profesora de francés, que lleva tiempo preparándose para el trance, me dice: “Sí, claro, hoy acaba el plazo de solicitudes”. “¿Cómo?”, insisto. “Sí, sí, hoy, día trece”.
Palidezco, exhudo, todo mi cuerpo experimenta un tsumani hormonal, una riada de neurotransmisores alarmados se pone en marcha y trata de poner orden en la caótica explosión de mi galaxia cerebral. Aclaro.
Eran las cinco de la tarde, una hora muy propicia para ponerse delante de los cuernos de la muerte. La oficina receptora de las instancias cerraba a las siete. Tenía dos horas para realizar todos los trámites. Me había comprometido con una futura opositora a estar atento a esa convocatoria y realizarle yo la solicitud, mientras ella se despreocupaba del engorroso y farragoso papeleo. Bien, pues, a pesar de haber estado medianamente atento, ni me había enterado. Una serie de despistes y falsas informaciones había tejido la celada en que caí. Y ahí estaba, medio cataléptico, con dos horas para ir a la otra punta de Madrid (calle Vitruvio, cerraban a las seis), coger los impresos, rellenarlos, sacar un montón de fotocopias de títulos y documentos, encontrar un banco para realizar el ingreso de 34,25 euros de las tasas, correr al registro último situado en la Gran Vía, entregarlo todo y, en el supuesto de que estuviera en orden, respirar tranquilo. Esta secuencia la reconstruyo ahora, porque durante la desbocada carrera logré con acierto alejarla de mi cabeza. De lo contrario hubiera caído en ese agujero negro que tenemos en el centro del pecho, irremisiblemente paralizado ante el espanto de confesar a mi compañera opositora que no, que esta vez no, que tendría que esperar otros dos años para intentarlo de nuevo.
Bien, pues lo conseguí. ¿Cómo? No lo sé, porque se acumularon tales dificultades, que no tengo más remedio que callar, no intentar dar explicaciones a lo sucedido.
En Vitruvio, siempre tan amables, no sabían ni la cuantía de las tasas, no tenían a mano la orden de convocatoria, faltaba el impreso final… El banco cerraba a las seis, insistían, para darme ánimos. Me centré en el impreso 030, el del pago. Llegué a una oficina de Caja Madrid. Cola. ¿Y el dinero? ¿Mira que si no llevo dinero suficiente? Abro la cartera. ¡Cuarenta euros! El coche lo dejé apartado en una parada de taxis. ¿Multa, lo llegará la grúa? Nada, prosigo hacia un centro de preparación de opositores, para que me socorran: calle Cartagena. Aparco en zona de carga y descarga, entro en la oficina y logro que me ayuden a rellenar impresos y hacer fotocopias. Amablemente, no me cobran ni un euro. Son ya las seis y media. Media hora para atravesar la Castellana y subir por la Gran Vía hasta el número 3.
A partir de ese momento mi vejiga no aguanta. El torrente sanguíneo ha debido arrojar toneladas de tóxicos y residuos acetilcolínicos a la tinaja. Revienta, reviento. ¿Corro y/o reviento? Mi padre decía que la capacidad de resistencia del ser humano es casi ilimitada. Él había sobrevivido varias noches en Teruel, a la intemperie, en una trinchera, a veinte grados bajo cero.
Pero hay más. A la altura de Cibeles, antes de coger la hermosa curva de ballesta de la Gran Vía, pues nada, que aparece una manifestación, un mar de banderas rojas al viento, protestando, creo, contra la Empresa Municipal de Transportes. No sé cómo, pero logro girar a tiempo y meterme de cabeza en un aparcamiento. El reloj del Banco de España señala las siete menos tres minutos. Salgo pitando, cruzo suicidamente la calle, abarrotada de coches, llego al edificio señalado con unas banderolas, también al viento, pero he aquí que un guardia civil me cierra el paso y dice que acaban de ordenarle que no deje entrar a nadie más. No sé cómo pero lo convenzo y cojo mi ticket. Ni lo miro. Busco un lavabo y están haciendo la limpieza. “El suelo está mojado”, me advierte la limpiadora. Espero y un momento después se apiade de mí y me deja pasar. Alivio.
Más tranquilo, aguardo mi turno. Miro mi ticket y ¡oh sorpresa!, no tiene número. Señala la hora, 19: 02, como argumento irrefutable. ¿Qué hacer? Reacción inmediata: me levanto y en cuanto queda un milisegundo libre una ventanilla me lanzo y le digo a la funcionaria que se me ha pasado el turno, que tenía el 269 (iban por el número 272). Me deja sentar, entrego todos los documentos, me los sella y todo en regla. Voy a levantarme y llega una solicitante con un número en la mano: el 269. Dice que se le había pasado el turno…
Y colorín colorado, este cuento verdadero, totalmente cierto hasta el último detalle, se ha acabado. No hay duda de que, dentro de la realidad, acaso en su centro, vive la ficción, pugnando por hacerse realidad cuando más lo necesitamos.
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