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lunes, 19 de mayo de 2008

LLUVIA DE RANAS Y PECES

(Foto: R. Ferrando)
De pequeño, como a muchos, me impresionó el pasaje bíblico que nos cuenta las siete plagas de Egipto. Especialmente, la lluvia de ranas. De niño uno está abierto a lo extraordinario, porque todavía ni la razón ni la rutina se han apoderado de nuestros ojos y nuestra mente. Lo que no podía imaginar era que un día vería yo precisamente ese milagro, el de la lluvia de ranas y peces.

Fue a finales de mayo de 2003. Ya de noche, regresábamos a Madrid y una tormenta feroz, violentísima, nos obligó a refugiarnos en la plaza mayor de Plasencia. Al cabo de una hora de truenos que hacían retumbar hasta las campazas de una iglesia cercana, subimos al coche para tomar la autovía de Madrid. Son unos treinta kilómetros. Llovía aún, pero ya se había alejado la tormenta. Hacia la mitad del camino comenzamos a ver “cosas” que daban saltos en el asfalto y otras que parecían arrastrase. Empezaron a ser tantas que no había manera de esquivarlas. Al fin nos decidimos a parar, bajar y enfocar las luces del coche para comprobar qué era aquello. Efectivamente, la carretera estaba llena de ranas que saltaban y de otras que habían muerto aplastadas por la rueda de los coches. También descubrimos algunos peces y una especie de babosa-pez, alargada. Olía intensamente, un aire puro y con aromas marinos. Por supuesto, aquello no era que de pronto todas las ranas de las dehesas de alrededor se hubieran puesto a cruzar la carretera. Eran tantas, que eso no tenía ningún sentido. ¿De dónde había salido? Pues del cielo, así de simple y extraño.

Ante la duda consulté informes de todo tipo y, efectivamente, en esa zona no era la primera vez que llovían ranas y peces. La explicación es que se producen pequeños tornados capaces de elevar el agua del mar o de las lagunas y llevarse a todo lo que hay en su superficie, para luego descargarlo al producirse una tormenta.

Así que sí, yo he visto llover ranas, las he cogido con mi mano, las he acariciado y he observado en sus ojos el mismo estupor que en los míos. Después de un incomprensible viaje han vuelto a tierra, lejos de donde estaban. Las ranas y pececillos que yo vi en la carretera de Plasencia podrían haber venido del mar, después de un largo recorrido, o de más cerca, de alguna de las lagunas que abundan por la zona, sobre todo en primavera.

A veces uno desearía ser arrebatado por una fuerza invisible y trasladado a otro mundo. El riesgo sería el encontrarnos en un lugar hostil, donde podíamos perecer aplastados por pies de gigantes, pero también podríamos amanecer en una apacible pradera, rodeados seres amigos.
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