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domingo, 25 de mayo de 2008

MISTERIOS DE LA PERCEPCIÓN

(Foto: S. Trancón)

El mayor misterio no es tanto lo que percibimos, sino el hecho mismo de percibir.

No hay observación sin observador: una verdad de Perogrullo de la física cuántica, pero llena de consecuencias inquietantes.
No hay percepción sin perceptor, ni perceptor sin percepción. Esto supone que siempre hay tres elementos implicados e inseparables: el perceptor, la percepción y lo percibido. El mundo es real, absolutamente real, y nosotros somos seres reales de ese mundo real, pero lo que percibimos de esa realidad (su forma, su consistencia, su permanencia espacio-temporal, su esencia) es algo que depende de nuestra propia percepción.

Percibir no es sólo recibir estímulos externos, sino interpretarlos, ordenarlos y darles forma y sentido. Sin la implicación e interpretación del perceptor, no se percibirá nada. Sin una “preparación” para percibir, no se podrá percibir nada.

Hemos aprendido a percibir tal como lo hacemos a partir de nuestra predisposición biológica y genética. Los demás, desde que nacemos, han ido modelando y configurando nuestra forma de percibir el mundo. Hemos creado un consenso perceptivo para poder construir el mundo humano en que vivimos. La percepción es una construcción social.

El mundo que percibimos es tan real para nosotros como lo es para una hormiga, del mismo modo que el mundo que percibe una hormiga es tan real para ella como para nosotros; pero el mundo que percibe una hormiga no es el mismo que nosotros percibimos, y al revés. Ni ella percibe nuestro mundo ni nosotros el suyo.
En conclusión, podemos afirmar que existen tantos mundos reales como perceptores.

Una vez que aprendemos a percibir desechamos todas las posibilidades de percibir de otro modo. Los circuitos cerebrales por donde van a circular los estímulos externos ya están construidos y la información que se escapa o va por otras vías se pierde, se desecha, porque ya no es útil para nuestra supervivencia social. Lo nuevo sólo se asimila si “cae” dentro de los circuitos previamente establecidos. Sólo percibimos así una milésima parte de lo que podríamos percibir, desatendiendo a todo lo demás.

Para poder percibir el mundo de otro modo, es preciso “parar” el proceso de interpretación automática que hemos aprendido a poner en marcha. Esto produce un “vacío” que nos aterra, un instante de pánico: la “parada de la percepción” es como un paro cardíaco. Hay que preparar al cuerpo para que soporte esa “muerte” momentánea de la continuidad de la conciencia que nos proporciona la seguridad de la nuestra identidad. Si el cuerpo no está preparado, no resistiremos esa pérdida del sentido de la realidad y de nuestra continuidad. Como todos sentimos y sabemos que esto nos puede ocurrir, redoblamos nuestro intento para mantener y reforzar la percepción ordinaria que asegura nuestra existencia.

Pero nuestro cuerpo tiene la capacidad de no sucumbir a esa “suspensión” de la percepción ordinaria y generar otro estado, otra reorganización energética y vibratoria, que haga posible otra percepción. Una especie de “cuerpo flotante”, o “cuerpo energético” que “toma el control” y hace posible nuestra conexión con otros mundos menos densos, sin por ello tener que acabar cayendo en el agujero negro de nuestra desintegración. Está dentro de nuestras posibilidades biológicas. Éste es uno de nuestros mayores misterios. Y, como todo lo misterioso, nos atrae tanto como lo tememos. Ya escribió Wilhelm Reich: “Sabemos muy bien que nada aterroriza tanto al hombre como el conocimiento de su naturaleza biológica”.
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