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martes, 6 de mayo de 2008

A SUS ÓRDENES, MI PRESIDENTE

(Foto: S. Trancón)



Ha muerto Leopoldo Calvo Sotelo, efímero Presidente del Gobierno después del fallido golpe de estado de Armada, Tejero y Milans del Bosch, entre otros nombres ya felizmente olvidados. Su muerte me ha recordado un episodio que viví por aquellos años (1981). Vivía yo en Barcelona, estaba pendiente de un consejo de guerra y acababa de redactar un “Manifiesto por la igualdad de derechos lingüísticos en Cataluña”, conocido como el Manifiesto de los 2300, que provocaría una reacción inusitada en los medios políticos y culturales de toda España. No voy a hablar de todo lo que entonces ocurrió, sino sólo de una pequeña, pero esclarecedora, derivación de aquellos hechos. Los promotores de la denuncia pensamos que sería bueno crear una fundación o asociación cultural en Barcelona que sirviera de entendimiento y contención a la deriva catalanista, antiespañola y de limpieza lingüística en que podía acabar el proyecto pujolista, al que se estaba entregando el PSC, en abierta contradicción con la tradición del PSOE. Para poner en pie la iniciativa pedimos ayuda al Gobierno, que parecía comprender nuestras inquietudes. El responsable del asunto era entonces Rodolfo Martín Villa, Ministro de Administración Territorial, con sede en la Castellana. Después de muchas gestiones logré una cita con el Ministro. Me atendió su jefe de gabinete, un tipo alto, gordo, un poco amanerado y con la piel color de cera derretida. Después de una larga espera me recibió Martín Villa en uno de esos salones palaciegos con alfombras, grandes lámparas, cortinones y techos escayolados, que así eran entonces los Ministerios (y algunos siguen siendo). Intenté en vano que el ubicuo Ministro se comprometiera en algo, pero no fue posible. Me dijo que estaba pendiente de hablar con el Presidente (Leopoldo Calvo Sotelo), porque la financiación tendría que salir de los fondos de Presidencia (se refería a los “fondos reservados”, sin duda, porque pronto comprendí que no se atreverían a hacer público su apoyo al proyecto). En aquel momento, mira por dónde, le llamó por teléfono el Presidente. No me pidió que me retirara, y oí algo de la conversación, que no voy a revelar. Lo que sí me quedó muy grabada fue la despedida del Ministro: “A sus órdenes, mi Presidente”. No lo dijo en un tono militar, sino de forma muy respetuosa y natural. Me impresionó esto más que todo lo demás. He de confesar que no tengo ninguna animadversión contra Rodolfo Martín Villa, sino más bien lo contrario. Es uno de esos personajes que me hace pensar. Recordaré que fue Jefe Nacional del Sindicato Vertical de Estudiantes entre 1962-1964, en pleno franquismo; Gobernador Civil y Jefe Provincial de Movimiento en Barcelona en 1974; Ministro de Relaciones Sindicales en 1975 con el gobierno del nefasto Arias Navarro, el que proclamó con lagrimones la muerte de Franco; Ministro del Interior (de Gobernación se llamaba entonces) entre 1976-1979 con Adolfo Suárez; Ministro de Administración Territorial de 1980 a 1982 y Vicepresidente Primero con Calvo Sotelo.
Fuera de la política fue presidente de Endesa y ahora lo es de Sogecable. Incombustible, no le ha salpicado para nada su pasado ni su presente, y es respetado y admirado hasta por Santiago Carrillo. Y creo que no hay en este respeto ni impostura ni cinismo. ¿Qué cualidad tiene este personaje para salir indemne de todos esos tinglados políticos y empresariales? Pues eso es lo que me hace reflexionar. Encuentro una leve explicación: no es un tipo engreído, ni exaltado, ni imprudente; todo lo hace con cierta mesura, reserva e incluso amabilidad. Alguien que es capaz de no comprometerse en exceso con nada ni con nadie. Alguien que puede despedirse con un “a sus órdenes, mi presidente”, con toda naturalidad. Algo que casi ninguno sabemos ni podemos hacer, lo que, bien pensado, no es en sí mismo ni mérito ni demérito.
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