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lunes, 5 de mayo de 2008

LOS OJOS DEL SUEÑO

(Foto: S. Trancón)
Aquella noche me había dormido enseguida. Soñaba no sé qué y de pronto miré hacia lo alto de un gran edificio de ladrillo y leí: “Clínica de la Ansiedad”. Quise comprobar más de cerca lo que anunciaba ese letrero y empecé a deslizarme volando por encima de varios edificios: todos mostraban, en grandes letras azules y fluorescentes, títulos parecidos: “Clínica del Miedo”, “Clínica de la Depresión”, “Clínica de la Amargura”, “Clínica de la Desesperación”, etc.
Entonces me acordé de L. y me propuse llegar hasta su casa. Me desplacé por las calles, disfrutando del movimiento y la visión. Pasé por encima de una masa de árboles y supe que era el Parque de la Ciudadela. Cruzó un pequeño pájaro rojo por delante de mí y tuve el deseo de cogerlo con la mano, pero ya estaba demasiado lejos. Sobre una gran bola de piedra, abajo, descubrí otro pájaro, pero ahora era negro, con una cola muy larga. Me posé suavemente sobre la esfera y abrí los brazos para atraparlo, pero en ese momento se escapó volando. Oí el batir seco de sus alas. Pensé que no podría volver a moverme por el aire, que me caería si lo intentaba, así que di un salto y aparecí en el suelo. Había barro. Crucé unas obras y caminé hasta la calle donde vive L. Avanzaba muy contento cuando de pronto oigo un ruido en el suelo, como un chisporroteo.
Miro y descubro una mancha oscura con brillos opacos que se movían y avanzaban en masa compacta hacia mí. Eran como caparazones de cucaracha. Parecían insectos, pero yo sabía que eran algo más, así que, para protegerme, di un rodeo y salí una calle más adelante. Volviendo la vista hacia atrás comprobé sorprendido que la gente que caminaba por las aceras no se percataba de esa masa de seres oscuros que le subía por los pies.
Pronto llegué frente al portal donde vivía L. Conocía la ventana de su piso, que daba a un jardincito. Tuve que reunir toda mi energía para poder trepar y deslizarme con sigilo dentro de su habitación. Allí estaba, tan hermosa que me paralicé de emoción.
Muy despacio, separé la colcha que cubría su cuerpo. El roce de la tela hizo que se despertara. “¡Al fin!”, exclamó. Llevaba un camisón muy ligero, vaporoso, que se pegó a sus pechos. Yo, como a cámara lenta, me acerqué a su cuerpo y la abracé. Nos besamos con pasión. No había célula que no estuviera consciente del roce, del abandono, del contacto, de la fusión de nuestros cuerpos: un deleite supremo.
Pero en una milésima de segundo todo cambió. En medio de aquel delirio táctil yo me había olvidado de mirarle a L. a los ojos. Cuando lo hice, no descubrí sino dos cuencas vacías, sin fondo, y el eco de una sonrisa atroz. Me desperté de golpe en mi cama totalmente destapado y sudoroso. Miré a un lado... ¡y allí estaba L.!, apoyada en la pared, sonriéndome. Sin mirarle a los ojos me tapé con el edredón rápidamente y así permanecí hasta que me serené.
Comprendí entonces lo que me estaba pasando. En mi afán por vivir sueños intensos había convocado a seres extraños junto a mi cama y, en un descuido, se había pegado a mi piel una de esas criaturas, habitantes de un mundo paralelo que, atraídas por el suculento manjar de nuestra energía, no dudan en esperar pacientemente, noche tras noche, a nuestro lado, para colarse en alguno de nuestros sueños y, tomando la forma de nuestros deseos más ocultos, absorber nuestra energía y amamantar así sus frágiles conciencias. Viven parásitos de nuestro mundo, porque un día lograron escapar del inexorable abrazo de la muerte y para mantenerse conscientes necesitan recurrir a una energía extra, sutil y muy nutritiva, como lo es la nuestra.
Las pesadillas nos advierten de esos peligros, siempre que las tomemos en serio, claro. Y también algunos roces, y las sombras pesadas, y los sonidos inesperados. Por más que se camuflen, esos seres inorgánicos y depredadores no pueden evitar el ir dejando por donde pasan las huellas vibratorias y pegajosas de su presencia.
A todos nos ocurre. Sabemos que hay sensaciones físicas inexplicables, que no son para nada fruto de nuestra fantasía o nuestros miedos. Llegan de repente y se van del mismo modo, pero dejan su huella en lo más íntimo de nuestra piel. Casi nunca les hacemos caso, como cuando aparecen y desaparecen sombras fugaces, aleteos negros que se mueven con mucha rapidez por ahí, por aquí, por todos los lados. Pueden adoptar la forma de nuestros miedos o deseos más profundos y penetrar en los sótanos y desvanes de nuestra conciencia y desde allí, secretamente instalados, absorber nuestra energía más valiosa. Como cuando me topé con los ojos de L. Quedé tan vacío, que tardé un par de días en poder levantarme de la cama.
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