MIS LIBROS (Para adquirir cualquiera de mis libros escribir a huellasjudias@gmail.com)

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miércoles, 24 de noviembre de 2010

ESCRIBIR TONTERÍAS Y GANAR PREMIOS

(Foto: S. Trancón)
Al comenzar este bloc dediqué varias entradas a denunciar la corrupción de los premios literarios. Con el tiempo me he dado cuenta de que tan pernicioso es que la mayoría de los premios de cierta importancia estén dados de antemano, como que los jurados actúen con una falta total de criterio y, en general, sus decisiones tengan poco o nada que ver con la calidad literaria. La corrupción se puede denunciar, y a veces sirve para algo (aunque excepción, el Premio Viaje del Parnaso quedó herido de muerte después de que los finalistas lo denunciáramos, y un año después desapareció). Pero contra la estupidez y la osadía de la ignorancia poco se puede hacer.

Hay una cláusula en las convocatorias que me irrita: las deliberaciones del jurado son siempre secretas. ¿Por qué? Ahora ya ni se dice si el fallo es por mayoría o por unanimidad. No es posible saber si ha habido votos discrepantes ni las razones de la discrepancia. Un funcionamiento tan antidemocrático hoy es inadmisible. En la vida pública, y más cuando se juega con el dinero de todos, como es el caso de la mayoría de los premios, no puede haber deliberaciones secretas, por muy privadas que sean, y menos eso de mantener el secreto del sumario de por vida. Esa cláusula está hecha para actuar impunemente y asegurar el silencio y la complicidad de todos los responsables. Un procedimiento mafioso. Nadie debería prestarse a ello.

Bien, pues el otro día, y por casualidad, me topé con el último premio de la UNED de relato breve. Lo empecé a leer por curiosidad y a cada línea más abría los ojos. Un amigo me comentó que no descubría nada nuevo. Debo de ser todavía muy ingenuo.

Por si acaso exagero, aquí va el desdichado cuento, para que el lector juzgue. Me he permitido hacer algunas acotaciones entre paréntesis, para justificar mi asombro… y mi indignación. Añadiré que el presidente del jurado que premió esta bazofia era un conocido académico (de la RAE), reconocido “especialista” en este género. También sé que hubo alguna discrepancia en el fallo, lo que honra al discrepante. Transcribo el cuento en su totalidad (aunque no me gusta hacer entradas tan largas) para que no se me acuse de manipular o “descontextualizar” el texto. El lector puede leer lo que quiera y como quiera.
Es difícl encontrar un texto con más faltas de ortografía, de expresión, de uso inapropiado de los términos... El autor no habría aprobado el ingreso en el antiguo bachillerato, y ni siquiera hoy podría pasar la selectividad... Pero le han dado un premio de 6000 euros, lo que gana un mileurista en medio año. Y con el dinero público. Debería poder llevarse esto a los juzgados.

PREMIO DE NARRACIÓN BREVE UNED 2010
EN EL ALFÉIZAR


La encontré normal, su cara, una como hay millones. (Sintaxis estrafalaria; debería llevar, al menos, un punto y coma después de “normal”. Redundancia explicativa: “normal”=“como hay millones”) Bizqueaba, pero eso no lo supe hasta más tarde. A través de la mirilla no pude definir si era guapa, si lo había sido en algún momento o si podría llegar a serlo. Antes del accidente en el taller ni siquiera hubiese dudado. Eres fea, hubiese (hubiese, hubiese) dicho para mí, y luego le hubiera abierto la puerta y le habría preguntado qué quieres, con la mejor de mis sonrisas. Pero ahora no podía hacer eso. Ahora el feo era yo.
Coincidió (¿?) que ella vino a tocar a mi puerta (¿tocar?; se puede tocar la puerta, pero no “a” mi puerta, sino llamar) cuando estaba sentado en el alféizar de la ventana de mi cuarto (muy grande debe de ser ese alféizar), dándole vueltas a la idea de si iba a ser capaz de llegar hasta el suelo del patio sin llevarme por delante los tendederos y los tejadillos de aluminio (¿de aluminio?) de los diez pisos que tenía por debajo, tan próximo (¿se refiere al alféizar? Fíjese lo lejos que queda el sustantivo) a la ventana del piso de enfrente que, de haber estirado la mano, hubiese podido tocar el cristal con la punta de los dedos (¿el de la ventana de enfrente? Situación inverosímil: ¿alguien tiene al lado de la ventana de su dormitorio otra ventana ¡del piso de al lado! a la que puede tocar con la punta de los dedos?)
Un destornillador. Ella había interrumpido mi salto para pedirme un destornillador, o un cuchillo de punta roma, cualquier cosa que le sirviese para desmontar un mueble que no le cabía en el ascensor (¿no “le”? Complemento indirecto inapropiado. El sentido, por lo demás, incomprensible; ¿para qué quiere meter el mueble en el ascensor? Se deduce, por el contexto, que lo va a meter en su casa, a la que se ha “mudado”). Era mi nueva vecina de enfrente, me dijo desde el otro lado de la puerta, y resulta que había elegido aquella mañana para mudarse. Amo las herramientas (¿Amo?). Hasta que aquel motor me explotó en la cara me gané la vida con ellas (¿con ellas?). Tengo una enorme (¿?) caja llena, entre otras cosas, de destornilladores de todos los colores y tamaños, pero le dije que no tenía, sin atreverme a abrir la puerta, observando su pequeña figura por la mirilla. Después comenzó a subir cientos de cajas y bolsas en el ascensor, incansable. Trabajaba como una hormiga (una comparación muy original y chistosa), arrastrando lo que no podía levantar del suelo. El alféizar de la ventana de mi cuarto me esperaba, pero yo era incapaz de despegar el ojo de la mirilla, asombrado por el tesón de aquella mujer liliputiense (continúa con la gracia). Entre todos aquellos bultos me pareció distinguir un trasportín de los que se usan para llevar animales (trasportín es palabra no aceptada por la RAE; es una perversión fonética de “traspuntín” -posadera, almohadilla- por su semejanza con “transportar”; se refiere a una jaula o caja enrejada).
Cuando ella terminó, volví a mi cuarto. Apoyé los codos en el alféizar y clavé mi vista en el suelo de terrazo del patio, que desde el decimoprimer piso se veía como una piscina de aguas rojas. No era muy elegante la idea de estamparse en un patio interior, lo sé, pero era (era, era) la única manera de conseguir que el número de personas que me viese el rostro se limitara a unas pocas. (¿Pocas personas?¿Un suicida al que le preocupa que le vean muchas personas el rostro después de “estamparse” “en” el suelo?) Mientras pensaba en todas aquellas cosas (¿aquéllas?, pero si acaba de pensarlas), mi nueva vecina no paraba de arrastrar sus muebles y de dar golpes. Me asombró la capacidad de armar escándalo que poseía, siendo tan pequeña (insiste en la gracia). Daba la impresión de que hubiese toda una cuadrilla de albañiles trabajando en el apartamento (redundancias e hipérboles innecesarias: “cientos de cajas y bolsas”, arrastrando por el suelo”, “no paraba de arrastrar “sus” muebles”, “de dar golpes”, “una cuadrilla de albañiles trabajando”…). Las dos casas —esto también lo averigüé después— están distribuidas de tal manera que tras la pared de mi salón se encuentra su cuarto y, pegada (sic, por “pegado”) a mi cocina, está su salón. La ventana que puedo tocar con la mano desde mi alféizar es la de su cuarto de baño, donde ella entró precisamente para tomar una ducha en el instante en el que yo estaba a punto de saltar por segunda vez en el día (¿“en” el día?... y ¡vaya coincidencia!, la ventana de su habitación da al cuarto de baño de la chica; o sea, que alargando el brazo puede abrir la ventana del cuarto de baño de la chica… Ante esa situación ¿quién se quiere suicidar?De cualquier modo, sigo sin poder imaginarnármelo: si tiene enfrente la ventana del piso de al lado, y la puede tocar con la mano, ¿dónde está el patio al que se quiere tirar? Caerá dando cabezazos contra las paredes.). Me escondí tras las cortinas y contemplé su pequeña silueta a través del cristal fragmentado (¡Demasiado! Imaginémoslo: el tío está “en el alféizar” de su ventana, a punto de lanzarse al vacío, desesperado, pero oye un ruidito al lado y va y aparca otra vez su intención de suicidarse para “esconderse” “tras las cortinas” y ponerse a “contemplar” a la chica a través “del cristal fragmentado”. Es capaz de olvidarse en un segundo de su propósito suicida y, además, traspasar con la vista cortinas y cristales “fragmentados” para ponerse cachondo viendo a una liliputiense desnuda…) Estuve allí hasta que acabó, con la cortina acariciándome el rostro (una personificación muy lírica), viendo cómo se enjabonaba el pelo (esta frase debería de ir, por pura lógica de los hechos, antes del “estuve allí hasta que acabó”). Ya no estaba en vena, y decidí aplazar el salto para otro momento
(bien, ya nos enteramos que esto del suicidio no es más que una ocurrencia… ¿literaria?, ¿humorística?)
Al día siguiente se levantó muy temprano, a eso de las seis. La escuché arrastrar los pies (laísmo, uso incorrecto del verbo escuchar) hasta la cocina y dar unos golpes en el suelo con un objeto de plástico lleno de pienso (inverosímil: ¿cómo puede saber, por el ruido, que el objeto es de “plástico” y que, además, está “lleno de pienso”? Llama, además, “pienso” a la comida para gatos, como deducimos por lo que sigue). Al poco, sonaron unos maullidos. Flash, lindo, cómetelo todo. Después entró en el baño y dio un buen golpe con la tapa del váter en la pared al levantarla (lo dicho, ve a través de las paredes). Escuché (¿?) el largo chorro y, después, la cisterna, que se quedaba enganchada y perdía agua. Luego se metió en la ducha. Pensé entonces —y también lo pienso ahora— que todos aquellos ruidos existían únicamente porque yo estaba allí para escucharlos (aguda reflexión filosófica). Pude haber cerrado la ventana de la habitación para atenuarlos pero no lo hice. Volví, sin embargo, a observar cómo se duchaba, desde detrás de la cortina (como voyeur lo tenía muy fácil, pero ella, ¿no se daba cuenta de nada, teniendo como tenía la ventana del vecino metida en su cuarto de baño?)
Unos días después llegó acompañada de un tío con gafas que no levantaba más de un metro sesenta del suelo (otro liliputiense, vamos). A través de la lente de la mirilla (la mirilla tiene una lente, por si no lo sabíamos) ambos parecían aún más pequeños. Los fui siguiendo con la oreja pegada a la pared (esto sí que es una proeza) hasta que entraron en el cuarto —mi salón—. Estuvieron hablando durante un buen rato en la cama. De todo lo que dijeron solo fui capaz de entender palabras sueltas. Hablaron de trabajo, de cine y de gatos, él dijo que no le gustaban, que le daban alergia (pues para no “entender” más que palabras sueltas, se enteró de todo…) Luego, nada; hasta que empezaron los gemidos. En pleno frenesí ella le dijo que no le gustaban los tipos callados y le pidió que le (leísmo, no “le”, sino “la”) insultase. Zorra, dijo el otro, sin mucha convicción (muy agudo y original todo). A partir de entonces, el tipo de las gafas comenzó a venir una o dos veces por semana.
Una tarde escuché el ascensor (uso inapropiado, “escuchar” por “oír”) en el rellano y corrí a la mirilla. Ella venía cargada con montones de bolsas del supermercado (pobre, otra vez cargada), que iba sacando del ascensor con el mismo tesón con el que hizo la mudanza, afanándose en evitar que se le cerrase la puerta. Al meterse en casa, vi que se había dejado las llaves puestas en la cerradura. La (laísmo) escuché dar de comer al gato, y antes de que me diese (dar, diese…) tiempo a pensar, me vi poniéndome el sombrero y las gafas tintadas (¿tintadas? ¿Las mandó al tinte? ¿No querrá decir “ahumadas” o simplemente “oscuras”?), sacando las llaves de la cerradura con mucho cuidado y saliendo a toda prisa. En menos de cinco minutos conseguí llegar a la ferretería, sin resuello. Delante de mí había una anciana esperando. La toqué en el hombro para pedirle que me dejase pasar. Al girarse y verme, el llavero se le calló (sic) de las manos. (¿No distingue entre “caer” y “callarse”? ¡No es una errata, por supuesto!). Recorrí los quinientos metros que separan la ferretería del edificio (¿qué edificio?) sin darme un respiro, sujetándome el sombrero con una mano y las gafas con la otra (¡qué difícil debe de ser correr a toda pastilla en esa posición!..) Cuando llegué puse las llaves en la cerradura y me metí en mi casa.
Al día siguiente, cuando se marchó, esperé media hora antes de entrar. Por si se le había olvidado algo. Nunca se le olvidaba nada (¿cómo lo sabe?), pero no quise arriesgar (el riesgo, y lo inverosímil, es entrar en la casa de la vecina con una copia de llaves que acabas de hacer en la ferretería, y no el entrar media hora antes).
Entré. Estuve unos minutos con la espalda pegada a la puerta y con los ojos cerrados, intentando calmarme. De pronto, algo me tocó la pierna y no pude reprimir soltar una patada. Era el jodido Flash, que molesto por mi reacción me bufaba ahora con el lomo arqueado. Intenté avanzar como si no estuviese pero el cabrón (coloquialismos muy originales, “jodido”, “cabrón”…), era tan grande como un perro y no parecía tener intención alguna de moverse. Me puse entonces de rodillas para hacerme más pequeño (otra ocurrencia muy graciosa). Pensé que estando más cercano a su tamaño (¿cercano “a”?), tal vez no se sintiera (¿se sintiera o se mostrara?) tan violento, pero después de unos diez minutos aún seguía mirándome desconfiado. Finalmente, supongo que de puro aburrimiento, terminó por darse la vuelta y marcharse a la cocina. Fui directo hasta su cuarto (¿el del gato?), pasando por delante del salón y la cocina. La cama estaba deshecha y la alfombra sembrada de ropa interior y camisetas. Había un espejo en el suelo, apoyado contra la pared. Entré en el baño y no puede reprimir la tentación de olfatear la toalla que estaba tendida en la barra de la cortina de la ducha. Olía a húmedo, a gel barato y a sexo (¡vaya olfato!). Volví a aspirar una segunda vez, con más ímpetu, y una tercera. Terminé poniéndome cachondo como un perro (comparación muy acertada y original). Los huevos se me pusieron duros como tuercas (¡esta comparación sí que es original!) y me entraron unas ganas tremendas (¿dan miedo?) de masturbarme allí mismo. Pensé que ella jamás se daría cuenta, siempre y cuando no dejase rastro, por supuesto (y si dejara rastro, ¿de qué se iba a dar cuenta ella? Pero además es que sí deja el “rastro” en la toalla…). Cogí entonces la toalla y me senté en la taza del váter. No me hicieron falta muchos prolegómenos, la verdad. De todos los placeres que he sentido en mi vida no soy capaz de recordar uno como aquel, tan clandestino. Al terminar abrí los ojos y vi a Flash mirándome desde la puerta, con cara de bobo. Intenté alargar aquel momento un poco más, al fin y al cabo era solo un animal, pero por más que lo intenté no fui capaz (¿qué sugiere, qué el gato “le ponía”?). Sentía que de alguna manera ella me estaba viendo a través de los ojos del gato, al igual que yo la veía a ella todos los días a través de la mirilla (¡ah, era eso!) Me levanté, puse la toalla en su sitio y salí de la casa.
Aquella tarde la esperé con impaciencia. Cuando la escuché (repite, laísmo, escuchar…), fui siguiéndola hasta el baño con la oreja pegada a la pared (otra vez el superpoderes en acción). Luego estuvo preparándose la cena (¿cómo lo sabe?). Cuando terminó, fue al salón, encendió el televisor y se puso a ver una película (¿cómo lo sabe?). Yo la escuché (otra vez “la” “escuché”) tumbado en la encimera de la cocina. Creo (ahora duda) que se quedó dormida antes del final porque tardó como una hora en irse a la cama después de que pasaran los créditos (¿cómo lo sabe?). La acompañé a su cuarto y después me fui al mío. Tras unas horas dando vueltas en la cama, sentí de pronto la necesidad de estar cerca de ella. Hacía mucho tiempo que no sentía (sentí, sentía…) verdadera necesidad (necesidad, necesidad…,¿necedad?) de algo y el efecto en mí fue horrible. Me acerqué a la ventana y saqué medio cuerpo (o sea, que el estar separado de ella es lo que ahora le empuja al suicidio… ¿cuál era el motivo anterior?¡Qué más da!) Era una noche sin luna y el patio estaba tan oscuro que ni siquiera se alcanzaba a ver el terrazo del suelo (¿por qué no simplemente el suelo?). Qué fácil se veía (ver, veía…, gran variedad léxica) todo desde allí. Qué rápido. Un último acto; la última decisión. De pronto la luz de enfrente se encendió y ella entró en el baño (otra vez el mismo recurso inverosímil y forzado). Me escondí tras las cortinas y observé como (no como, sino“cómo”, sin comerse el acento) su minúscula silueta se hacía aún más pequeña al sentarse en el váter (minúscula, pequeña…). Después volvió a su cuarto. ¿Quién era esa mujer que se empeñaba en ponerse delante de mí cada vez que conseguía reunir el valor para dar el salto? (gran pregunta filosófica, verdadero cogollo temático del cuento) ¿Es que acaso no le importaba que fuesen las cuatro de la madrugada? Volví a la cama. Estuve dando vueltas y más vueltas (sumar a las “horas de vueltas” de antes) hasta que decidí tirar el colchón al suelo y arrastrarlo hasta la pared del salón, más o menos a la altura de su cama.
Al día siguiente esperé solo quince minutos (nos interesa mucho este detalle) para entrar, una vez ella se hubo marchado. Flash estaba en el mismo sitio, pero esta vez se limitó a mirarme y a continuar caminando hasta la cocina como si nada. Fui detrás de él y comprobé las puertas de los armarios (las puertas no se comprueban, sino su estado o funcionamiento) hasta que di con la que chirriaba. Volví a mi casa a por la caja de herramientas (¿se la llevó entera, con lo grande que era, y para ajustar un par de tornillos?) y ajusté un par de tornillos y puse un poco de aceite lubricante en espray (¿”en” espray?). Quedó como nueva. Entré después en la habitación, Flash estaba allí, hecho un ovillo sobre la cama. Abrí el armario y examiné su ropa: vaqueros, camisetas y sudaderas (no se encontró una serpiente dentro, vamos). También había (¿no conoce más que el verbo “haber”?) un traje barato para las ocasiones y un bolso de imitación (es experto en marcas). Lo abrí: bonometro de diez viajes gastado, una barra de labios y un catálogo de libros de autoayuda. Sobre la mesilla de noche había (había, había…) un libro: Diez minutos de Zen antes del desayuno, o algo así (¿o algo así? Se supone que lo está leyendo). Me senté en la cama y hurgué en los cajones de la mesilla: dos preservativos, chicles de menta sueltos, un rollo de cinta aislante y un par de pilas alcalinas. Flash se desperezó y se frotó el lomo en mi espalda (¿en mi espalda? ¿Saltó sobre su espalda y “en” ella se frotó a sí mismo el lomo?) Le acaricié debajo del cuello, y él comenzó a ronronear y a chuparme el dorso de la mano con la lengua (jamás he visto a un gato hacer eso… Chupar con la lengua es, además, bastante difícil; otra cosa es lamer) Antes de marcharme ubiqué (¿se refiere a que “midió”?) con un metro el lugar exacto donde ella dormía.
Aquella misma noche cenamos a la vez y nos acostamos a la misma hora. Había colocado el colchón simétrico (uso inapropiado del adjetivo por el adverbio) al suyo y puse la espalda en el mismo punto de la pared donde calculé que tenía que estar la de ella (¿espalda con espalda?¿Y por qué no ya hacer un agujero en la pared para…?). Las páginas del libro empezaron a pasar hasta que al cabo de una hora dejaron de hacerlo (aceptemos la licencia: el libro se mueve sólo o por control remoto). Me la imaginaba dormida con el libro en el regazo (¿ahora la imagina?) Hubiese dado cualquier cosa por estar al otro lado para quitárselo. Después la arroparía muy despacio y me echaría a su lado (no dice que “la follaría”, como podríamos suponer, dado que se trata de un suicida voyeur muy salido, sino que se comportaría como un angelito enamorado). Una hora más tarde se levantó a beber agua y luego estuvo dando vueltas en la cama unos minutos antes de quedarse dormida (más vueltas). Qué agradable era volver a sentir a alguien tan próximo, después de todo estábamos durmiendo más cerca el uno del otro de lo que lo hacen muchas parejas.
Al día siguiente reparé la cisterna de su cuarto de baño es un manitas!, un rasgo importantísimo para definir al personaje) y luego estuve viendo la televisión unas horas en su casa. Después fui a la habitación y al agacharme para apretar los tornillos de la mesita de noche (esta casa es una ruina), vi una caja debajo de la cama. La abrí. Entre una montaña de facturas y papelotes encontré un diploma con su nombre: Arantxa Elizalde. Más abajo había (había) un álbum fotográfico. Fue entonces, al examinar aquellas fotos, cuando supe que era bizca y que tenía un lunar encima del labio. Me gustó mucho su nombre y también me gustó su cara. Antes de que aquel motor me explotase en el rostro, una mujer como ella hubiese pasado desapercibida para mí. Ahora, no podía imaginarme a nadie mejor. Llegué entonces a la conclusión de que las cosas son más bellas cuanto más feo es el que las observa (otra agudeza filosófica extraordinaria). Seguí hojeando el álbum. Conservaba fotos de familia y de un par de ex novios (ponía por detrás de las fotos: ex novio…) .Yo nunca he guardado fotos de mis ex, y quemé todas las mías unas semanas después del accidente. Flash estaba recostado contra mi pierna. Cuando terminé, me tendí en la cama, cerré los ojos un instante y me quedé dormido.
Me despertaron unas risas dentro del apartamento, unas horas más tarde. Ella estaba
(estaba, estaba…,¿para qué buscar otros verbos, teniendo los copulativos, que valen para todo?) en casa, y no venía sola. Escuché la voz (escuchar…) de un hombre avanzando por el pasillo y rodé bajo la cama. Los zapatos del tipo pasaron de largo por el pasillo. Ella se había quedado en el salón, llamando a Flash. Me acordé entonces de que el álbum y la caja aún estaban encima de la cama y saqué medio cuerpo para cogerlos. ¿Te apetece cenar algo?, preguntó ella desde el pasillo. No, dijo él. Flash saltó de la cama y vino conmigo. Vete, le dije (dijo, dije…), pero no me hizo caso. Al poco, las piernas de ella se pararon frente a la puerta del cuarto y la luz se encendió. El gato maulló. Le empujé hacia afuera. Pero bueno, Flash, ¿es que ya no sales a recibirme? El tipo entró en el cuarto. Le veía reflejado en el espejo que estaba (estaba) en el suelo. Voy a ducharme, dijo (dijo) ella. El tipo se quitó los pantalones y los dejó sobre el armario (¿“sobre” el armario? Está debajo de la cama, pero lo ve todo). Luego se sentó en la cama y encendió un cigarrillo. Tenía las piernas escuálidas, blanquecinas y peludas. Se quitó los calcetines y se rascó con fuerza la marca que le dejaron en las pantorrillas. Le apestaban los pies. Al tumbarse, el somier cedió unos centímetros. Le oía respirar (vaya, es la primera vez que oye), rascarse la cara (la cara, no un brazo o la cabeza…), estábamos tan cerca que casi era capaz de escuchar (oír) sus pensamientos. Ella abrió la puerta y Flash aprovechó para colarse entre sus piernas. Saca al bicho de aquí si no quieres que me pase toda la noche estornudando, dijo (dijo) él. Ella estiró el brazo y su mano pasó tan cerca de mi cara que pude fijarme en que se mordía las uñas. La tenía muy pequeña (¿el qué? Ah, la mano), como la de una niña, con los dedos cortos y rollizos. Después de sacar al gato del cuarto se subió a la cama (como era muy pequeña necesitaba “subirse”) y el somier cedió un poco más, pero lo peor vino cuando empezaron a follar porque tuve que poner la cara de lado, y permanecer con el pecho encogido hasta que acabaron. Ella no paraba de soltar comentarios (¿comentarios?) lascivos, pidiéndole más caña dame más caña!), diciéndole, entre otras cosas, que estaba (estaba) como una perra (él se pone como un perro, ella como una pera... Un poco de “realismo sucio”, fuera sutilezas). También le pedía que le diese azotes y que le pellizcase los pezones (¿no sería mejor que le “arrancase”?). La pequeña Arantxa era una auténtica fiera (que quede bien claro, pequeña, pero una fiera). Él tipo de las gafas intentaba hacerlo lo mejor posible, pero lo cierto es que ni de lejos estaba (estaba) a su altura (pobre enanita…). En medio de toda aquella agitación, me di cuenta de que el destornillador con el que había estado ajustando la mesita estaba (estado, estaba…) muy cerca de los zapatos de ella. Desde donde estaba (estaba) me era imposible alcanzarlo y tuve que esperar a que acabaran. Apagaron la luz y no tardaron en quedarse dormidos. Oía sus ronquidos, los de ella, porque él era tan silencioso que parecía que ya se hubiese marchado. Tardé lo indecible en arrastrarme, a intervalos de dos o tres centímetros (¡qué precisión!, pero ¿intervalos? Los intervalos son de tiempo, no de espacio) en cada movimiento, y sacar todo el cuerpo de debajo de la cama. Palpé hasta dar con el destornillador y fui a gatas hasta la puerta. Flash maulló en el pasillo. Se acercó a mí y le acaricié. Cállate, bonito. Lo dejé en el suelo (va a rastras, pero coge el gato, lo acaricia, lo levanta y lo vuelve a dejar en el suelo) y fui a tientas por el pasillo hasta alcanzar la puerta (¿pero no ha dicho antes que ya había llegado a gatas hasta la puerta?)
Unas semanas después les escuché (otra vez escuché) hablar en la cama: se iban a ir a vivir juntos, a la casa de él, pero ella tenía que deshacerse del gato. Puedes poner carteles por el barrio, le dijo (dijo). Y así lo hizo. Yo mismo cogí uno de la marquesina del autobús. Fueron desfilando por el apartamento varias personas que venían a verlo pero ninguna quiso llevárselo. Todas decían (decir) lo mismo: era demasiado mayor (¿mayor o viejo?)
Marqué el número que venía en el cartel y escuché (escuché) los timbrazos al otro lado de la pared.
—¿Diga?
—Llamaba por lo del gato.
—Se llama Flash, está castrado y con las vacunas al día. Ah, y tiene ocho años.
—No me importa la edad. Lo único que necesito es algo de compañía.
—Voy a serle sincera; mañana tengo cita con el veterinario para que lo pinchen (¿no tenía “las vacunas al día”? ¿Está enfermo?), así que si no está usted seguro, le ruego que no venga.
—¿Puedo pasarme ahora?
—¿Ahora? ¿Dónde vive?
—Muy cerca.
Me puse el sombrero y las gafas y salí al rellano. Bajé en el ascensor, di una vuelta a la manzana y volví a subir (¿para qué hace esta tontería? ¿No bastaba con esperar un ratito en casa?) Llamé al timbre, asustado como un adolescente en su primera cita. Oí sus pasos avanzando por el pasillo y el ruido del cerrojo. Al verme, su cara se contrajo. Miró al suelo y luego me ofreció una sonrisa algo forzada. No me lo podía creer. Allí estaba, a menos de un metro de distancia, sin muros de por medio. El aliento le olía a chicle de menta y tenía las manos más pequeñas de lo que recordaba. Era tan imperfecta y tan real que tuve que apoyarme en el marco para que no me notase el temblor de piernas
(¡qué emocionante!)
—Soy Héctor —le dije (dije) como pude.
Flash también había salido a recibirme y se puso a hacer ochos entre mis piernas. Ella no parecía dar crédito a lo que estaba viendo.
—Vaya. Parece que le gusta —dijo (dijo).
—Él también me gusta a mí.
—Pase.
Se fue con Flash en brazos a la cocina y me dejó esperando en el salón. La escuchaba (laísmo, oír) ahogando el llanto mientras preparaba las cosas. Era increíble la cantidad de ruido que podía lCursivalegar a hacer una mujer tan pequeña (vuelta con las gracias). Estar (estar) allí dentro con ella le daba a la casa una apariencia totalmente distinta. De alguna manera me sentía como si aquella fuese la primera vez que estaba (estaba) allí. Al poco, entró con el trasportín en una mano y una bolsa de plástico en la otra. Tenía los ojos hinchados y el rostro pálido.
—Aquí están (están) todas sus cosas. No le dé mucho azúcar, el pobre anda mal de la vista. Aquí están (están) sus galletas preferidas, su ratoncito de goma...
No pudo aguantar más y terminó desmoronándose delante de mí. Me acerqué a ella sin tener claro qué hacer o qué decir. Puso las cosas en el suelo y me abrazó con fuerza (¿quién se lo puede creer?). Tuvo que ponerse de puntillas para hacerlo (vuelve a recordarnos que es enanita), y permaneció colgada de mi cuello hasta que se calmó. Subió el trasportín encima de la mesa y empezó e meter el dedo por la rejilla para acariciar a Flash
(¡qué ternura!).
—Seguro que piensa usted que soy una desalmada.
—En absoluto.
—He conocido a alguien…
—No tiene que darme explicaciones.
—No es el príncipe azul con el que soñamos todas las mujeres cuando somos niñas, pero hasta ahora es lo mejor que he podido encontrar
(confidencia muy verosímil).
—Entiendo.
—Míreme bien. ¿Cree usted que una mujer como yo va encontrando todos los días a tíos que quieran algo más que un polvo? (
es desgraciada, la pobre, y necesita contárselo al primero que pilla)
No contesté.
—¿Cree usted en el destino?
—Creo que todos merecemos ser felices alguna vez —dije
(reflexión muy profunda).
—¿Sabe una cosa?
—Usted dirá
(¡qué formalito, vaya, y eso después de que la enanita se ha colgado de su cuello!).
—Creo que de alguna manera usted forma parte de mi destino. Que es una de esas personas a las que solo ves una vez en tu vida pero…
—Si no le importa, tengo algo de prisa
(¡vaya! Nos ha contado con detalles que le pone muy cachondo y ahora se la quiere quitar de encima).
—Oh, claro. Disculpe.
Me acompañó hasta la puerta y esperó bajo el quicio hasta que llegó el ascensor (como era muy pequeña, se ve que se metió bajo el quicio de la puerta… ¿Pero sabe lo que es el quicio? Verdaderamente desquiciante). Flash permanecía quieto dentro del trasportín.
—Cuide de él, se lo ruego. Es un gato muy especial.
—Lo sé —contesté. Y entré (entré) en el ascensor.
Di otra vuelta a la manzana y volví. Al entrar (entrar) en casa, saqué a Flash del trasportín y anduve detrás de él mientras examinaba su nuevo hogar. Olfateó hasta el último rincón. Al entrar (entrar) en el salón, fue directo hacia mi colchoneta. Se subió encima y allí se quedó hecho un ovillo. Me tumbé junto a él y al poco los dos ya estábamos dormidos.
Me despertaron unos golpes al otro lado de la pared. Eran ellos. Les oía arrastrar muebles y dar golpes por toda la casa (¡otra vez lo mismo!), hablar a gritos desde una punta de la casa hasta la otra y seguir hablando en el mismo tono cuando estaban (estaban) en la misma pieza. Después de todo, parecían estar hechos el uno para el otro. Pronto todos aquellos ruidos iban a desaparecer, y de no haber sido por Flash, yo hubiese vuelto a quedarme solo, con los codos apoyados en el alféizar de la ventana de mi cuarto a la espera de ese golpe de valor. Cuando les oí terminar (¿cómo se puede “oír” el “terminar” algo?), me acerqué a la puerta, puse el ojo en la mirilla y les vi desaparecer para siempre en la caja del ascensor.
Al día siguiente volví a entrar (entrar) en la casa. Al llegar a su cuarto, vi que habían olvidado el espejo en el suelo, apoyado en la pared. Aunque tal vez habían decidido dejarlo. Quién sabe. Volví a mi casa en busca de mi caja de herramientas. Hice un agujero con el taladro, introduje un taco y puse una alcayata. Antes de mirarme en él, me centré en cuadrarlo. Era la primera vez que me veía el rostro desde que me dieran el alta después de las operaciones (¡pues sí que es un tipo raro! ¿Cuánto tiempo hace que le dieron el alta?). Estuve más de una hora palpándome las marcas y, al acabar, continué (¿palpándose las marcas?) por el pasillo hasta el baño. Me metí en la bañera y abrí la ventana. Sobre el alféizar de mi cuarto estaba Flash, mirándome, tan cerca que podía tocarle con la punta de los dedos.
(Por si no se enteran: Flash-Alféizar-Yo-Suicidio... ¿No entienden la metáfora, la alusión, la alegoría? ¡Es una imagen tan tierna, el gato ocupando mi lugar…! ¿Captan la sugerencia, el trasfondo filosófico, la originalidad, la… la mierda, la tontería que les he contado, el gato por liebre…?)

Resumiendo:
Personajes estúpidos, en situaciones incongruentes e inverosímiles, dentro de un mundo inconsistente.
Se puede no ser realista, pero se tiene que mantener la verosimilitud, la coherencia y la lógica interna del relato.
No puede haber un narrador protagonista y testigo de lo que ve, y, al mismo tiempo, ser omnisciente.
No se puede cambiar el punto de vista cuando a uno le da la gana.
No se puede escribir sin un dominio mínimo del lenguaje y de los términos que se usan.
No se puede sostener un cuento sin ninguna idea interesante que justifique su argumento y le dé sentido, basándose sólo en ocurrencias, rarezas y detalles chocantes, vagamente sugerentes.
No hay peor mezcla que el coloquialismo y el realismo vulgar, con la cursilería y la pretenciosidad.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

MÁSCARA Y PERSONA

(Foto: S. Trancón)


Máscara” proviene del italiano (maschera), y hace referencia a algo que cubre la cara. También puede provenir del árabe maskharah (bufón). “Persona” proviene del latín (per-sono, per-sonare, a través del sonido, resonar), que a su vez puede proceder del griego (prosopon, delante de la cara).

La relación entre máscara y persona tiene su origen en el teatro griego, en el que la máscara servía para identificar al “personaje” y también, como si fuera un bocina, para hacer resonar y proyectar mejor la voz del actor.

Esta asociación, fruto Negritade la evolución más o menos azarosa de las lenguas, es bastante sorprendente, pues originariamente sinónimos, estos términos han acabado siendo semánticamente opuestos: la máscara es lo que oculta a la persona, lo que disfraza o enmascara la personalidad.

Frente a lo verdadero (la persona, lo oculto), lo falso (el disfraz, la apariencia). La máscara se pone encima de la cara, ocultándola, inmovilizando el gesto, congelando la expresión emocional. Este es el sentido del español careta, que ha dado lugar a eso de careto, y de ahí a lo de morro y a expresiones como “tener mucha cara o mucho morro”, “caradura”, o el hiperbólico “un morro que se lo pisa”, o “más cara que espalda” (más cara, máscara… ¿es cara, es caro llevar máscara?)

La etimología, hete aquí que nos plantea un problema filosófico: ¿se oponen máscara y persona, son lo mismo, o no existe lo uno sin lo otro? Es posible que las tres cosas, y a la vez, sean verdad: somos máscaras (la apariencia es lo real, no hay ninguna esencia debajo de la máscara), somos personas (lo que ocultamos es nuestra verdadera esencia) y somos las dos cosas a la vez: máscara (pura apariencia) y persona (lo que sostiene a la máscara, lo que le da la forma).

Por un lado queremos ser nosotros mismos, permanecer, que los demás nos reconozcan como somos, no vivir bajo la tensión de tener que ocultar nuestros deseos más profundos, no tener que mentir, no tener que falsear o aparentar ser lo que no sentimos o no queremos ser. Pero, por otro lado, nos gustaría ser de otro modo, ser mejores (o peores), tener mejor apariencia, impresionar, atraer más a los demás, ser más inteligentes, más ricos, ocupar un lugar social más elevado, etc.

La máscara social no es algo accesorio, sino esencial, pues la sociedad se basa en la construcción y aceptación de “roles”, “papeles”, “funciones”, que hacen posible las relaciones sociales. Máscara no siempre es sinónimo de engaño o mentira. La máscara se puede usar para mentir y engañar, pero también para superar nuestras limitaciones, incluso nuestra timidez.

Lo peor es quedar encerrado en una sola máscara, querer ser tanto uno mismo que acaba uno siendo sólo la máscara de sí mismo. Como dijo Pessoa:
Quando quis tirar a máscara, / estaba pegada à cara.

No somos un yo, una esencia inmutable, sino una apariencia de yo, que necesita manifestarse, ser o presentarse ante los demás y ante sí mismo de muchas y muy diferentes maneras. Lo que importa no es llevar o no llevar máscara, ser esto o lo otro, sino el que cada uno construya sus propias máscaras, no vaya a comprarlas al mercado social o intente ponerse la máscara de otro.

(La peor máscara es la del caradura, el que la tiene de "cemento armado", la del político corrupto, la del psicópata que se instala en los consejos de administración, en los comités centrales, en las sedes arzobispales, las tertulias radiofónicas y televisivas, los medios de comunicación, etc. Los tenemos todo el día ante los ojos, a montones, y no paran de darnos lecciones de honradez y sinceridad).

Somos personajes, sí, diferentes, cambiantes según delante de qué o de quién nos encontremos, pero podemos ser personajes con personalidad. Somos actores, pero podemos serlo con naturalidad, no de forma impostada, amanerada, estereotipada. Esto ya lo dijo Shakespeare.

martes, 9 de noviembre de 2010

EL UNIVERSO ES ENERGÍA

(Foto: S. Trancón)
El universo es energía que fluye. Es quizá la mejor definición que hoy podemos hacer del universo. Lo que no podemos definir es la energía, sólo observarla.

La energía se condensa y se expande, pero nunca permanece quieta, inmóvil. La consistencia, la solidez, la permanencia, no es más que aparente. Una piedra es una inconmensurable acumulación de átomos que bullen, de partículas que mantienen una febril agitación y no llenan más que una pequeñísima parte del espacio que ocupan: la mayor parte de la piedra es vacío.

Para romper la rutina de la percepción, para ver el mundo con nuevos ojos, hemos de incorporar este hecho a nuestra vida cotidiana: imaginar que todo lo que vemos está en movimiento, que a través de todo lo que parece estático, fluyen corrientes, olas de energía.

Heráclito, el Oscuro, hace ya veinticinco siglos, se dio cuenta de esta verdad observando la corriente de un río. Sí, no podemos bañarnos nunca en el mismo río, pero, además, nunca somos los mismos cada vez que nos acercamos a su orilla. Lo que en realidad dijo Heráclito fue: En el mismo río entramos y no entramos, pues somos y no somos [los mismos].

También dijo Heráclito que el principio de todo era el fuego, o sea, la energía, y que la energía, a su vez, estaba regida por el logos (hoy diríamos “ley del todo”, “teoría unificada”, mente, incluso conciencia). Siguiendo la metáfora del río, el fuego sería el agua, y las orillas y el suelo, el logos.

Aceptar el “panta rei”, el “todo fluye y cambia”, es aceptar la muerte de todo, incluida nuestra propia muerte. Es de aquí de donde nace, quizás, nuestra resistencia a ver el mundo como un flujo ininterrumpido y eterno de energía.

Todo lo permanente es aparente y efímero. No te aferres a nada. Allí donde la energía se estanca, surge un problema. Toda enfermedad es un estancamiento de energía: la energía queda atrapada en una imagen, una palabra, una impresión, una idea, un miedo, una experiencia…

De niño, una vez cacé un verdecillo: tierno, de suaves plumas, me miraba con ojillos asustados. Cuando intenté meterlo en una caja de cartón, agitó sus alas y, sin apenas darme cuenta, temiendo que se escapara, lo asfixié. Nunca olvidé la lección.

martes, 2 de noviembre de 2010

PÁGINAS PERDIDAS

(Foto: S. Trancón)
De vez en cuando releo algunas páginas perdidas en viejos cuadernos. La vida pasa y se diluye como la niebla, pero a veces nos deja su aroma y su rumor prendido en las palabras que vanamente escribimos para retenerla.

Mediona, 7 de agosto de 1990

¡Qué molesto puede llegar a ser un ruido constante cuando todo está en silencio! El temblor del frigorífico, el zumbido de una mosca, la moto que pasa bajo la ventana… Hay ruidos que nos pueden desquiciar. Es como poner los dedos en un enchufe: la reacción es inmediata y violenta. Pero ahora todo está en calma, la casa se ha dejado penetrar por el silencio, el sosiego, y poco a poco todo lo que me rodea se va liberando de los límites del tiempo y del espacio, y noto que no estoy defendiéndome del mundo exterior, sino reposando en él, dejándome invadir y penetrar por el silencio y la quietud. Y entonces empieza a llover, primero tan suavemente que apenas se percibe, en pequeñas oleadas, suavizando el ritmo de su entrega, de su caída, y luego poco a poco con mayor intensidad, golpeando los tejados, el agua forma regueros en el suelo, y se mezclan muchos sonidos dentro de ese rumor, el chasquido de las gotas sobre la acera, el crepitar sobre los cristales, el gorgotear sobre los charcos, el viento que mueve las hojas de los chopos, cerca y lejos, olas viniendo de la calle, el murmullo lejano de una cascada. El cielo gris, gris ceniza, gris plomo, gris plata, sin nubes, una suave oscuridad en la que se expande el blanco difuso de las casas, un resplandor sin luz. Arriba, un techo con vigas de roble ennegrecidas, torcidas, onduladas, despreocupándose de la perfección y firmeza de la línea, como las paredes, blancas, que huyen de la verticalidad, con curvas y abombamientos, por eso puedo sentir que se mueven, que son como la masa del pan empujada por la levadura, no erigidas para alcanzar la rectitud, el orden, la seguridad, sino levantadas sobre lo informe, el magma, la masa, el barro... Hasta encontrar la quietud etérea de la curva, la bóveda, la cúpula, el ábside, la columna, los límites no señalados para envolver el sonido, el siseo y los rumores de la lluvia, envolventes, prefigurando la caricia, prolongando el contacto, la cópula… Veo la pequeña ermita pre-románica de Tossa, allá en lo alto y los restos de un castillo señalando los límites de la Marca Hispánica… Ese espacio envuelto y vuelto hacia el interior, un interior cálido, acogedor, sereno, con pequeñas saetas de luz como ojos rasgados, la pupila de un gato, un oscuro por donde penetra un rayo de luz, no la luz total, cegadora, que hace imposible el misterio y el recogimiento de la piedra, mirando hacia su interior vacío. El viento que baja desde allí y agita las ramas de los pinos, los cipreses, los robles… Y cuatro tumbas pequeñas, sarcófagos esculpidos en la piedra, con su hueco para reposar la cabeza y que los ojos ciegos miren siempre hacia el cielo. ¿Cuatro tumbas de niños mártires? El ábside de tres lóbulos, tres delicados senos, tres cuerpos desnudos abrazados a la piedra curvada, modelada por el cincel, el viento, la niebla y la lluvia. “Ah, olhar é en mim una perversão sexual!”, escribió Pessoa.

domingo, 24 de octubre de 2010

TAN DE CERCA, TAN CALLANDO

(Fotos: Juan Santos)

Un sopor, una desgana, una debilidad que ablanda los músculos. Un querer dejarse mecer por una suave ola. Un flotar a la deriva de la vida. Un ver así la muerte, tan de cerca, tan callando.

Porque el mundo es todo lo que veo y algo más. Porque el mundo es todo lo que siento y algo más; todo lo que pienso y algo más.

Porque el mundo es también ese algo más que no puedo ver, ni sentir, ni pensar, ni imaginar, ni concebir, ni explicar, ni comprender.

Entonces trato de adentrarme en ese algo más, en ese no ser, en ese no poder, en ese no alcanzar lo que sólo preveo, presiento, preconcibo.

Entonces trato de salir de mí mismo, dejar mi yo en la sombra, permitir que mi cuerpo se dé cuenta de ese infinito algo más que está ahí, y que no veo más que como una niebla que poco a poco se espesa y me envuelve por completo.

Entonces trato de contar con eso y decir: sí, árbol, piedra, montaña, silla, mano… pero algo más. El árbol es árbol… y algo más. Y mi mano es mi mano… y algo más. Y dejo que ese algo más envuelva de niebla el árbol, y que mi mano se diluya en esa niebla.

Contar con esa parte de mi mismo que no sé lo que es, pero que quiere darse cuenta de todo lo que es, de eso que sostiene todo lo que veo y que no puedo encarar, porque está protegido por los guardianes de la eternidad.

Porque si lo viera quedaría ciego y perdido para siempre en esa niebla.
¿Prepararse para flotar a la deriva en ese sopor, en esa suave ola?

jueves, 14 de octubre de 2010

EL PODER DEL MIEDO




El miedo es una reacción instintiva de defensa que predispone al ataque o la huida. Como mecanismo de supervivencia es beneficioso para el individuo y la especie, ya que permite responder con rapidez ante una amenaza. Neurológicamente depende de la activación de la amígdala, aunque se puede controlar mediante el córtex prefrontal.

Pero el miedo, en la sociedad actual, se puede convertir en una emoción altamente perniciosa, porque ya no depende tanto de las amenazas reales como de las posibles e imaginarias. Psicológicamente produce ansiedad y estrés, hasta el punto de bloquear las sinapsis de las neuronas.

Prevenir las amenazas y peligros es sano y necesario, pero anticipar esas amenazas y peligros dejándonos invadir por el miedo, es una reacción bloqueante, agotadora y destructiva.

Ni la huida anticipada, ni el ataque preventivo o anticipado, ni la paralización o indefensión previa, son reacciones racionales, porque nos impiden valorar el peligro real y las consecuencias de nuestra acción.

El catastrofismo sobrevalora y generaliza cualquier amenaza o peligro. Otra reacción equivocada es la negación de la amenaza o el riesgo.

Pero el miedo, racionalizado, analizado y valorado, se puede convertir en una fuerza positiva, cuando la transformamos en acción controlada y orientada a un objetivo concreto.

No hay nada que influya más en nuestra vida que nuestros miedos. Para transformarlos en una fuerza positiva es necesario, en primer lugar, reconocerlos, aceptarlos. Todos tenemos una mochila llena de miedos que llevamos siempre a nuestra espalda. Forma parte de nuestro equipaje. Pero no son más que fantasmas, no tienen ni carne ni huesos: no son más que recuerdos de miedos pasados.

Lo peor de los miedos es no ser consciente de ellos, vivir en un estado de miedo y ansiedad permanente y aceptarlo como normal.

La mayoría de los miedos no superan la prueba de un análisis sereno y objetivo; la mayoría están contaminados por fantasías e interpretaciones erróneas y exageradas; la mayoría no sirven para nada, nos ofuscan; la mayoría no se cumplen y cuando ocurren, en poco se parecen a lo que anticipamos.

El mejor antídoto contra los miedos (muchas veces irracionales) es descubrir el valor del estado contrario: la serenidad, la confianza en nosotros y el optimismo.

Conoce tus miedos. Defínelos. Acéptalos. Mételos en la mochila y camina ligero: no pesan, te dan fuerza e impulso. Si son inevitables (como la muerte) de nada sirve anticiparlos.

miércoles, 6 de octubre de 2010

MISTERIOS DEL LENGUAJE

(Foto: Enrique Fernández)
El lenguaje es seguramente el fenómeno cerebral más complejo, el que pone más de manifiesto el misterio de su funcionamiento. Hemos de abandonar la idea simplista de considerar al lenguaje como un todo que depende sólo de cualidades innatas. Conviene pensar el funcionamiento del lenguaje de otro modo.

1) La facultad del lenguaje no depende de un único lugar, red o módulo cerebral. No se trata de una capacidad, sino de un conjunto de capacidades, como ocurre con la inteligencia (no existe la inteligencia, sino diversas inteligencias, como demostró Gilford).

2) Las áreas cerebrales de Broca (expresión motora del lenguaje) y de Wernicke (comprensión del habla) no son más dos de las muchas estructuras que intervienen en el uso del lenguaje. En realidad, casi todo el cerebro, mediante variadas conexiones, se pone en funcionamiento.

3) El hemisferio izquierdo (analítico, racional) interviene más que el derecho (global, holístico, emocional), pero el lenguaje necesita la conexión entre ambos para su pleno funcionamiento.

4) Basta enumerar las muchas funciones que pueden alterarse o desaparecer a causa de lesiones neuronales (y, por tanto, diferenciarse), para darnos cuenta de la enorme complejidad que encierra ese hecho de hablar, de escuchar y entender, de escribir y leer. No es lo mismo:
-la articulación motora
-la diferenciación e identificación acústica
-la producción fonética
-la comprensión de palabras
-la comprensión de proposiciones
-la producción del habla
-las expresión escrita
-la lectura silenciosa
-la lectura en voz alta
-el tono y timbre del habla
-el ritmo del habla
-la expresión gestual
-el uso de palabras concretas o abstractas
-el uso de sustantivos o verbos
-la conexión sintáctica
-la coherencia semántica
-el dominio de la ortografía
-las leyes de la pragmática
-etc.

5) Enseguida nos damos cuenta de que el uso normal del lenguaje afecta a todo nuestro ser: cuerpo (sistema nervioso, motor, visual, acústico, autónomo), mente (sistema simbólico) y conciencia (intención, emoción, comunicación).

¿Cómo integra el cerebro todas estas funciones, la gran variedad de estímulos y acciones que implica el uso del lenguaje? Esta capacidad última es lo que nos constituye como hombres y lo que hace posible el salto de la conciencia.

Se equivocan enseñantes y educadores cuando enfocan el aprendizaje de la lengua como un mero asunto verbal, lingüístico, gramatical y ortográfico. Es algo mucho más global y, por lo mismo, mucho más importante. Casi todo lo que somos y sentimos pasa por el modo como usamos la lengua: cómo comprendemos, producimos y expresamos mensajes.

domingo, 26 de septiembre de 2010

LA VERDAD Y LA MENTIRA (en la vida y en la política)

(Foto: Enrique Fernández)



Dice el maestro Miguel de Cervantes: “La verdad adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira, como el aceite sobre el agua”. Pero también: “La falsedad tiene alas y vuela, y la verdad la sigue arrastrándose, de modo que cuando las gentes se dan cuenta del engaño ya es demasiado tarde”.

He recordado estas sabias palabras al leer en el Diccionario jázaro de Milorad Pavic:
La verdad es transparente y no se ve, la mentira es opaca y no deja pasar la luz ni la mirada. Existe también un tercer caso, en el cual las dos primeras están mezcladas, y es el más frecuente. Con un ojo podemos ver a través de la verdad, y nuestra mirada se pierde en la inmensidad para siempre; con el otro ojo, en cambio, no vemos a través de la mentira ni a un palmo de la nariz, y la mirada no puede penetrar más allá, se queda en la tierra y es nuestra; así nos abrimos paso a lo largo de la vida caminando de costado. Por eso la verdad no se puede entender inmediatamente como la mentira, sino sólo comparando verdad y mentira”.

Todos tenemos una idea intuitiva de lo que es la verdad y la mentira, aunque resulta muy difícil definirlas en la práctica. Por un lado está la “verdad objetiva”, la “realidad de los hechos”, que es, más o menos, a la que se refieren Cervantes y Pavic. Por otro, la “verdad subjetiva”, que tiene que ver con la “realidad de los pensamientos, intenciones y sentimientos”. Lo difícil es conjugar ambos mundos, el objetivo y el subjetivo, que muchas veces se mezclan y confunden, y otras se oponen y hacen incompatibles.

Sabemos que hay verdades que matan, y mentiras que salvan. Así que la ecuación verdad=bien, mentira=mal, no siempre es cierta. En caso de duda, parece preferible el bien (no hacer daño a otro, aun a costa de la verdad) que el mal (hacer daño al otro, pero salvando la verdad). Aquí tenemos en cuenta no sólo la verdad, sino sus consecuencias.

Esta prevención contra la “imposición de la verdad”, contra la “brutalNegrita sinceridad”, contra “las verdades como puños”, nada tiene que ver con la mentira como medio de dominación, engaño, aprovechamiento del otro. En este caso lo que se busca es ocultar la verdad porque la verdad va en contra de quien se aprovecha de la mentira o la falsedad. A esto se refieren también Cervantes y Pavic.

Cuando una sociedad se asienta sobre el engaño sistemático y organizado, como es la nuestra, cierto, la mentira vuela, y cuando nos queremos dar cuenta ya no hay remedio. Esa mentira es opaca y nos ciega, contamina e intoxica. Pero, en contra de lo que se supone, no es la política la que engaña y miente, porque los políticos no están ahí para definir ni salvar la verdad, sino para otra cosa. Quien engaña y miente es quien de verdad tiene el poder, que no son los políticos, pues el poder de la política es un poder limitado y delegado.

Se dice que la política es el arte del engaño. No estoy de acuerdo. La política es el arte de la necesidad. No puede engañar alguien al que, de entrada, reconocemos como mentiroso. No nos engaña, porque no elegimos a los políticos para que nos digan la verdad, sino para que atiendan del mejor modo posible a las necesidades de la mayoría. No es que no nos importe la verdad, sino que la supeditamos a la necesidad. Más que la verdad o la mentira, lo que no nos gusta de un político es que nos engañe, que juegue con nuestra “buena voluntad”. Pero, al final, lo juzgamos por los hechos.

El engaño de los políticos siempre cuenta, en definitiva, con el consentimiento de los engañados que, o necesitan el engaño y la mentira, o no les importa, o lo ven como un mal menor.

La vida real es siempre un poco más complicada que la idea que nos hacemos de ella. Sí, muchas veces en la vida tenemos que caminar de costado, poniendo un ojo en la verdad y el otro en la mentira.

lunes, 20 de septiembre de 2010

QUEMAR EL CORÁN


Un fanático y desconocido predicador anuncia a sus cincuenta feligreses que tal día va a quemar una pila de libros del Corán. Esto ocurre en una parroquia perdida de Florida (EEUU). De pronto, es como si se anunciara una inminente guerra atómica: el miedo recorre el plantea como una serpiente invisible. Es tan fácil hoy provocar un estado de ansiedad y pánico universal, que cualquier comparación con los miedos apocalípticos de antaño parece un juego. La desproporción es tal que uno se pregunta si la humanidad entera ha caído definitivamente en la psicosis.

Todo parece, sin embargo, muy racional, porque la amenaza es cierta: el fanatismo religioso islamista puede provocar verdaderas atrocidades. Ya las está cometiendo. Pero de ahí a poner en jaque a medio mundo va un abismo. Lo más contradictorio es que ese alarmismo espectacular es precisamente lo que puede de verdad incitar y alentar las reacciones fanáticas y suicidas. Parece claro que son los intereses de una minoría poderosa los que manejan y manipulan cuando quieren y como quieren este miedo global, como ocurrió con la famosa gripe A. Poco podemos hacer frente a todo ello, salvo reflexionar para no dejarnos manipular en exceso.

Para empezar: Es más peligroso el miedo irracional que la amenaza real. La realidad tiene un límite; la imaginación, no. Es el miedo lo que lleva a la intransigencia y la violencia, ya sea real o simbólica, como la quema de libros. La vida social es cada vez menos real y más especular e imaginaria. Es mucho más difícil luchar contra un fantasma que contra un tanque.

Para continuar: El mundo árabe está metido en un callejón sin salida, dominado por unas minorías oligárquicas y medievales, con un poder inmenso basado en el petróleo, que utilizan la religión como el mejor instrumento de control de millones de personas que de otro modo no soportarían la tiranía y la humillación en la que hoy viven.

Para acabar: El Corán no sólo no es la solución, sino que se ha convertido en un obstáculo casi insalvable. Hoy la sociedad y el pensamiento árabe están secuestrados por la influencia omnipresente del texto coránico: no se puede hacer ni decir ni pensar nada sin el apoyo y la autoridad del Corán o de alguna de sus miles de interpretaciones, escuelas y ayatolás. Basta ver cómo los llamados islamistas moderados hacen piruetas para encontrar un texto o una interpretación medianamente aceptable, democráticamente aceptable, para darnos cuenta de que este camino no lleva a ninguna parte. Es imposible construir un pensamiento moderno y democrático basándose en el Corán, del mismo modo que lo sería hacerlo sobre la Torá o El Nuevo Testamento.

La historia de Europa nos enseña que la religión no puede ser nunca la base del derecho ni del orden social. Mientras el mundo árabe no se libere de la influencia paralizante del Corán y establezca sus leyes al margen de la tutela ideológica, religiosa y mental de las mezquitas, todo seguirá donde está e incluso cada vez peor. Una prueba irrefutable de que vamos por mal camino es el miedo que la sociedad occidental tiene a ejercer la crítica y el pensamiento libre cuando habla del islam, sus símbolos y su medieval e inaceptable visión del mundo y la vida. Es increíble que para rechazar la lapidación de una mujer o el ahorcamiento de un homosexual haya que buscar un versículo del Corán en que apoyarnos.

viernes, 10 de septiembre de 2010

LO QUE NOS DIFERENCIA

(Foto: Oscar Fernández)


¿Es España diferente?

Aquel eslogan franquista “Spain is different”, de indudable éxito turístico, ¿tiene hoy algún fundamento cultural, social o político?

Es evidente que, individual y colectivamente, somos cada día más parecidos al resto de países de nuestro entorno. La globalización y la uniformización es un hecho. Sin embargo, las diferencias persisten mucho más de lo que pudiéramos suponer. Pero digámoslo enseguida: todos los países son diferentes. Y añadamos: la diferencia no es, por sí misma, ni buena ni mala. Hay diferencias que deberían desaparecer, otras que debieran permanecer y otras que tanto da que permanezcan como que desaparezcan. Así que no hay que sacralizar ni satanizar lo diferente.

Las diferencias psicológicas y mentales son difíciles de analizar, y es fácil, al estudiarlas, despeñarse por elucubraciones más o menos metafísicas o esencialistas. Es más sencillo reflexionar sobre datos o hechos concretos.

Por ejemplo: España es uno de los países con menor índice de criminalidad o de delitos, pero, paradójicamente, es el país donde hay mayor número de presos (proporcionalmente, el triple que en Italia y casi el doble que en Francia), y también el país con mayor número de leyes (un europeo tiene que acatar unas 12.500 leyes y un español unas 24.800).

Parece claro que hay aquí un afán leguleyo y ordenancista que viene por lo menos de los reyes godos, o quién sabe, de la Biblia y el Corán. Quizás se haya instalado entre nosotros un principio disparatado que dice algo así como que “todo lo que no está prohibido, se puede hacer”. La relación del español con la autoridad y las leyes es sin duda algo que nos diferencia. Para cada problema, lo primero, una ley, luego ya veremos. Autoritarios y anarquistas... ¡a la vez!

Otras diferencias curiosas que a mí me llaman la atención y que habría que interpretar son:

-Somos el primer país en donación de órganos del mundo; también de los más solidarios con las causas sociales.

-Somos uno e los países con mayor esperanza de vida del mundo (casi 82 años; la esperanza de vida en 1900 era de 35 años, así que vivimos más del doble que nuestros bisabuelos o tatarabuelos).

-La sanidad española era una de las mejores del mundo, pero está empezando a caer en picado (el gasto público por habitante es de los más bajos de Europa).

-El fracaso escolar nos sitúa a la cabeza de Europa, lo mismo que el paro. El número de horas lectivas de un escolar de enseñanza obligatoria, sin embargo, sobrepasa a otro de Finlandia en 1605 horas. ¡1605 horas de más para un 70% menos de éxito!

-La biodiversidad de España es incomparable con el resto de Europa: de las 12.000 especies diferentes de flora, 10.000 se dan en la Península ibérica, y de 60.000 especies de fauna, 25.000 viven en nuestro territorio.

-La orografía y el paisaje y el clima, son más variados que en todo el resto del continente europeo. La Península Ibérica tiene una altitud media que está muy por encima de Europa (más de 700 metros sobre el nivel del mar), así que, aunque esté más abajo en el mapa, es mucho más elevada.

-El sistema político español es el más descentralizado del mundo.

-El nivel de insulto y violencia verbal es muy superior al de cualquier otro de los llamados países “civilizados”.

-El nivel de ruido de nuestras ciudades está a la cabeza del mundo. Quizás por eso gritamos tanto. O al revés.

-Somos el país europeo con mayor extensión de terreno dedicada a los cultivos transgénicos.

-De carreteras andamos bastante bien, lo mismo que en el descenso de número de accidentes de tráfico, pero todavía muy por debajo de Inglaterra, el país vialmente más seguro de Europa.

Hay otras muchas diferencias (los toros, los bares, la Semana Santa, las fiestas, el jamón ibérico, el aceite de oliva, el sol, el turismo…), pero con lo dicho basta: el sentido crítico nos obliga a huir de generalizaciones simplistas acerca de lo que somos, de lo que nos diferencia o nos iguala con otros países.

Elogiar y mantener lo bueno, y criticar y rechazar lo malo: es una obviedad, pero no hay que olvidarla.


lunes, 30 de agosto de 2010

LOS OJOS Y EL SOL









He hablado en otras ocasiones sobre el misterio de los ojos (ver en este bloc “El brillo de los ojos” -24 noviembre 2008- y “Ojos que miran” -17 junio 2009-). Es un tema que sigue interesándome mucho.

El culto al sol es quizás el más universal, presente en todos los tiempos y culturas. Cuando pensamos en los egipcios o los mayas, con sus pirámides solares, tendemos a creer que sus ritos eran fruto de la superstición o creencias irracionales. No se nos ocurre pensar que detrás de esas prácticas existía un conocimiento real y pragmático sobre la energía del sol y su relación con la salud, el bienestar y la elevación de la conciencia. Incluso los griegos mantuvieron este conocimiento a través del culto a Apolo.

Hira Ratan Manek es un sabio que está dando a conocer este conocimiento milenario, adaptándolo a la mentalidad de hoy. Se pueden leer cientos de entradas en internet escribiendo su nombre. Con sentido crítico, uno puede aprovechar esa información, sorprendente, pero con un fundamento muy racional y hasta científico.

Se trata de tomar en serio el principio de que toda la energía de la Tierra proviene del Sol y que, si las plantas pueden absorberla directamente, nosotros también lo hacemos de hecho y podemos potenciar esta posibilidad a través de los ojos.

Don Juan le describe a Castaneda cómo recoger la energía del sol, al atardecer, mirándolo con los ojos entrecerrados y girando la cabeza de un lado a otro.
Hay una terapia, científicamente probada, que se basa en el movimiento de los ojos (EMDR, Eye Movement Desensitization and Reprocessing) o la percepción de un sonido rítmico o un estímulo táctil que sintoniza los dos hemisferios cerebrales al estimular cada uno de forma alterna. Fue descubierta por casualidad por la Dra. Shapiro. De hecho es lo que pasa en la fase MOR (o REM) (Movimientos Oculares Rápidos) del sueño, mediante la cual el cerebro procesa los recuerdos del día (la sobreestimulación) que no han podido ser asimilados u ordenados a través de la corteza prefrontal. Acunar a los niños debe de basarse en el mismo principio.

La energía suave del sol, al entrar a través de los ojos, ejerce un influjo extraordinario sobre el cerebro y puede ayudar a reestructurar todo el sistema nervioso y favorecer con ello la salud, la capacidad mental y las posibilidades de elevar el nivel de nuestra conciencia.

De niño siempre me sorprendió cómo al amanecer todos los pájaros entraban en un estado de alegría, bullicio y dinamismo. Están, sin duda, sintonizados con esa energía benéfica del primer sol, de la que se aprovechan. Igualmente me sorprendió siempre que muchas aves, al atardecer, se queden fijas mirando al sol hasta que desaparece en el horizonte. Cualquiera que vaya a una playa podrá comprobar cómo realizan este rito las gaviotas.

Pues sí, hay que mirar al sol, entregarse a su baño de energía. Lo peor de las ciudades es que nos tapa el horizonte, no nos deja saludar al sol matutino, ni despedir al sol del ocaso. No hay energía mayor, derramada con mayor generosidad, ni más beneficiosa. Buscamos con frecuencia los milagros donde no existen y dejamos de lado, en cambio, los que ocurren cada día ante nuestros ojos.

Estando el Burgos el viernes pasado, descubrí en lo alto de un gran cedro, una grulla gris, al atardecer. Inmóvil, con sus alas abiertas hacia el sol, estaba recibiendo una oleada de energía. Los pájaros y las aves saben muy bien aprovecharse de esta energía inagotable. ¿Cómo iban a poder atravesar continentes enteros volando durante días y días, y sin probar bocado?

lunes, 23 de agosto de 2010

SÉ LO QUE ERES

(Foto: S. Trancón)La tarea personal más difícil es reconocer y aceptar lo que somos.
Reconocer y aceptar nuestras virtudes, dones y capacidades es tan difícil como reconocer y aceptar nuestros defectos y limitaciones.

Para ser uno mismo hay que reconocer y aceptar, también, nuestros miedos y preocupaciones. Al reconocer y aceptar estos sentimientos ya nos estamos separando de ellos, ya no nos identificamos de forma automática e inconsciente con ellos. Es el primer paso para que dejen de absorber nuestra energía.
El siguiente paso es permitir que esa energía liberada invierta su trayectoria y vaya en dirección contraria: el miedo nos da valor, la preocupación nos vuelve más desprendidos y serenos.

No temas a lo que sientes, sino a lo que haces con lo que sientes. Siente siempre lo que haces, pero no hagas siempre lo que sientes.

Contra los sentimientos no se lucha: se reconocen y aceptan y luego se aprovecha su energía para llevarla hacia donde uno decide.

El logro personal no tiene nada que ver con el éxito social. El logro personal tiene que ver con la transformación, el darse cuenta, tu capacidad para vivir con intensidad lo que eres.
Cuanto más rutinaria, repetitiva y previsible es tu vida, menos vives, más rápido pasa el tiempo, más corta se hace tu vida.

No has venido a este mundo para ser importante, para ser más que nadie, para triunfar, sino para ser el que eres. Para vivir siendo consciente de lo que eres, un ser único que vive una vida irrepetible en un mundo maravilloso e inexplicable.

Tu vida no es un derecho. ¿A quién se lo puedes reclamar? Las fuerzas del universo te sostienen, pero no has hecho nada para merecerlo. Tu vida es una oportunidad. Todo se nos ha dado con largueza. Acepta la vida que se te otorga a cada instante. Vive de acuerdo contigo mismo.

Estás solo frente al universo. No hay nada entre tú y el infinito. Todo es nada. No tienes que dar cuenta a nadie de nada. Lo único que importa es que seas lo que eres frente a eso que te sostiene. Al único al que de verdad tienes que dar cuenta de lo que haces con tu vida es a ti mismo.

viernes, 13 de agosto de 2010

HAZ AQUELLO QUE HACES

(Foto: L. A. Gil)
Haz lo que haces.
Si al hacer algo estás pensando en otra cosa, ya no estás haciendo lo que haces.
Para hacer lo que haces, sólo tienes que pensar en lo que haces.
Si piensas en otra cosa, es que no quieres hacer lo que haces.
Lo primero que tienes que hacer, es querer hacer lo que haces.
Si no puedes poner toda tu atención en lo que haces, debes resolver el conflicto entre querer hacer y no querer hacer lo que haces.
Los motivos para hacer algo pueden ser muchos, pero una vez que se empieza a actuar, la atención se centra en el hacer, no en los motivos.
Lo más importante es hacer lo que estás haciendo en cada momento.
Haz aquello que realmente deseas hacer en cada momento.
Haz lo que haces porque quieres, no por obligación.
Para querer hacer algo, hay que tener razones y motivos.
No hay que confundir razones con motivos. Las razones son mentales; los motivos, emocionales.
Las razones, cuanto más claras, mejor. Los motivos, cuanto más conscientes, mejor.
Aclara tus razones, toma conciencia de tus motivos.
Para hacer lo que haces, tienes que tener una razón clara y un motivo suficiente que te impulse.
La acción se sostiene con la voluntad. La voluntad y la determinación surgen cuando los motivos y las razones van juntos y se refuerzan mutuamente.
No hacer es tan importante como hacer. Para dejar de hacer, tienes que tener también razones claras y motivos suficientes.
Haz lo que haces, lo que quieres hacer.
No hagas o deja de hacer, lo que no quieres hacer

sábado, 7 de agosto de 2010

ANIMALISMO Y TAUROMAQUIA

(Fotos: S. Trancón)




El animalismo es una corriente de pensamiento que defiende los derechos de los animales, atribuyéndoles cualidades y sentimientos semejantes a los de los seres humanos. Es palabra fea. El lenguaje no se crea mecánicamente. De humano derivamos humanismo y humanista, pero derivar animalismo y animalista de animal es violentar el sentido y las leyes internas de la lengua española.

Pero dejemos la gramática y vayamos al tema de los toros, que el Parlamento de Cataluña ha puesto de “rabiosa” actualidad. Los animalistas abolicionistas de las corridas de toros parece que han ganado una batalla. Unos lo celebran como una lección de ética, una muestra de avance moral y social; otros, como una prueba del intervencionismo y el prohibicionismo independentista que empieza a caracterizar a la sociedad catalana.

Ya he dicho en otra ocasión que, cuando hay dos posturas enfrentadas, yo me inclino por quien menos vocifera, por quien menos gesticula, amenaza o insulta. En este caso no hay duda: los antitaurinos suelen defender su postura con una violencia gestual y verbal que está muy lejos de la actitud, más bien pacífica, de los amantes de los toros:

“Visca Catalunya, mort als torturadors d'animals!” “No más muertes de animales para divertimento del populacho”. “Esta bochornosa carnicería primitiva y paleta digna de un sub-país sub-desarrollado, la hubiesen prohibido desde hace mucho ya. Pero no os angustiéis, asquerosos protaurinitos de m.i.e.r.d.a: siempre os quedará Andalucía (más sub-desarrollada y paleta que ninguna otra comunidad existente) por ejemplo, para saciar vuestra sed de sangre, sufrimiento y la p.u.t.í.s.i.m.a M.I.E.R.D.A que tanto os encanta contemplar”. Son algunos comentarios que se pueden leer hoy en la prensa de Cataluña.

Beatriz Gimeno, a la que parece bien la prohibición, pero que confiesa al mismo tiempo que le gustan los toros, ha escrito: “Desde que dije lo de los toros he recibido más insultos y amenazas en mi correo personal que nunca antes a pesar de que suelo tratar temas polémicos. Una de las características de muchos de esos mensajes era la obsesión por clavarme a mí esas mismas banderillas con las que quieren acabar, y por clavármelas en todas las partes de mi cuerpo, especialmente en las más sensibles”.

Pero no sólo me orienta sobre el tema esta intolerante reacción de los abolicionistas, sino los argumentos que esgrimen: prohibir las corridas de toros es luchar contra el maltrato a los animales y avanzar hacia una sociedad más culta y sensible, más desarrollada moralmente; los defensores de los toros son, por el contrario, insensibles, sádicos, bárbaros e incultos. ¿En qué se basan para hacer estas insultantes acusaciones? En que ellos lo dicen. Tienen la capacidad divina de introducirse por un lado en el cuerpo y la conciencia de los toros, luego en la cabeza y los sentimientos de los toreros y aficionados, y dictan sentencia: los toros sufren horriblemente y los taurinos gozan con ese sufrimiento cruel.

Todo esto es muy freudiano. Identificarse físicamente con el toro de ese modo, proyectar imaginariamente sobre los otros sentimientos de crueldad e insensibilidad, reaccionar con violencia contra quienes piensan lo contrario, imponer su gusto y sus ideas a los demás, sentirse moralmente superior por ello… No hace falta ser psicólogo… Hay que estar muy fascinado por la sangre para embadurnarse el cuerpo y las manos como hacen algunos abolicionistas. Dime lo que así rechazas, y te diré qué temes, qué inconscientemente reprimes.
DEFENSA DE LA TAUROMAQUIA

Para no dar más vueltas al tema:
-La supuesta superioridad moral de los abolicionistas es, no sólo indemostrable, sino intrínsecamente inmoral, por engreída, despreciativa e insultante.

-No existen los “derechos de los animales”. Sólo quien es responsable de sus actos puede ser sujeto de normas, derechos y obligaciones. Los animales no tienen derechos, porque tampoco pueden tener deberes.

-Los hombres sí podemos establecer leyes para regular nuestro trato con los animales: para evitar el maltrato, conservar la biodiversidad, etc.

-Se prohíbe aquello que causa un daño a los demás, individual o colectivamente, o aquello que impide el ejercicio de un derecho reconocido, no aquello que simplemente no nos gusta. Se puede prohibir fumar en lugares públicos porque causa daño a los demás, pero no se puede prohibir fumar a nadie, ni con el argumento de que queremos hacerle un bien. Líbrenos Dios y el Diablo de los salvadores de todo tipo, los que se autoproclaman representantes de la conciencia moral de una sociedad para arrogarse el derecho a prohibir e imponer sus normas salvadoras.

-Las corridas de toros no causan ningún daño ni lesionan ningún derecho de nadie. La prohibición, en cambio, sí. Causa daño, en primer lugar al toro, al que se condena a la extinción; luego, a los que viven del toreo… y también a las dehesas como ecosistema singular. (En Cataluña no hay dehesas, claro).

-Los toros sienten dolor, pero no “sufren”. El sufrimiento es cosa humana, para sufrir hay que interpretar mentalmente el dolor como desgracia, amenaza, pérdida, incapacidad, etc. La actitud del toro en la plaza es incompatible con el sufrimiento: si sufriera no podría atacar. La conducta del toro es la de un animal que se siente fuerte, poderoso y capaz de atacar, que no huye. El dolor físico genera hormonas que aumentan su bravura y agresividad, no le “apagan” o “deprimen” físicamente, como hace el sufrimiento.

-El toro llega a la plaza en la plenitud de sus facultades físicas, lo que le permite embestir y poner en riesgo la vida de quien se atreve a colocarse ante él (conocemos el nombre de más de sesenta toreros que han muerto en la plaza). La vida del toro es incomparablemente más digna que la de ningún otro animal doméstico: vive y muere conforme a su naturaleza, no es sometido a ninguna tortura en su crianza y en su vida, y su muerte es infinitamente menos dolorosa y estresante que la de cualquier otro animal criado por el hombre (pollos, cerdos, vacas, ovejas, truchas o langostas…).

-Ni al torero ni a los aficionados les gusta ni les interesa para nada que el toro “sufra”, que su dolor acabe con su instinto de ataque. Lo que les emociona es la bravura, la fuerza, el empuje, la casta, el trapío, la belleza, lo que permite realizar al torero faenas en las que el valor se une a la estética del movimiento, el riesgo a la destreza. Todo esto es incompatible con el maltrato, la crueldad, el sadismo. Por el contrario, nadie “empatiza” y se pone más en el lugar del toro que el torero y los amantes del toreo. Transformar la brusquedad, la fiereza en suavidad, en ligereza, en movimiento elegante y acompasado, exige una compenetración entre toro y torero capaz de transmitir una emoción única, imposible de encontrar en ningún otro espectáculo.

-La corrida de toros tiene, por encima de todo, un valor emocional, ritual y simbólico: escenificación de la lucha del hombre con la naturaleza, reto a la muerte, contacto con fuerzas poderosas, dominio de la animalidad, ejemplo de valor, experiencia del riesgo, recuperación de vivencias ancestrales, rito sacrificial… El toreo entronca con los mitos y ritos paganos de tiempos prehistóricos, desde la India a Creta, de Mesopotamia a Hispania. Papas y reyes (Pío V, Sixto V, Torquemada, Felipe VI, la Ilustración…), en contra de lo que se cree, trataron muchas veces de acabar con los espectáculos taurinos, por paganos, por “primitivos”, por contrarios al cristianismo.

-Frente a la “cultura bambi”, la hipocresía de los que se escandalizan ante la muerte cruenta del toro mientras llenan las pantallas de atrocidades humanas de todo tipo, o la indiferencia de quienes por negocio matan cada día a millones de animales en condiciones verdaderamente crueles, el rito taurino se asienta sobre valores humanos y sociales indiscutibles.

- “Creo que los toros es la fiesta más culta que hay en el mundo”, escribió Lorca. Y como él pensaban Valle Inclán, Machado, Miguel Hernández, Ortega y Gasset, Bergamín, Pérez de Ayala, Gerardo Diego, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Jorge Luis Borges, Miguel A. Asturias, Pablo Neruda, JR Jiménez, Alberti, Picasso, Orson Welles, Hemingway…, por citar nombres cercanos de todos conocidos. Hay que ser muy soberbio para considerarse moralmente por encima de todos ellos.

-Frente a miles de escritos y obras de arte de todo tipo, frente a ese patrimonio literario, intelectual y artístico ingente, oír a Jesús Mosterín (el “gran” filósofo del antitaurismo) decir que “el Parlamento de Cataluña ha prestado un gran servicio a Cataluña, a España y a la noble causa del triunfo de la compasión en el mundo”, resulta tan pedante como ridículo.

-La fiesta taurina no morirá a causa de ninguna prohibición. Se mantendrá mientras tenga el sentido y la emoción de la que hemos hablado. Pero también digo que la corrida de toros, para sobrevivir, debería evolucionar y cambiar. Sustituir, por ejemplo, la actual suerte de varas (casi siempre torpe, fea, desigual, donde no existe riesgo alguno para picador y caballo), por una “suerte de rejoneo” (rejón, no puya), a caballo, donde se castigara menos al toro y el rejoneador estuviera en condiciones de igualdad ante el toro. Y, por supuesto, devolverle la bravura y la fuerza al toro, incluso a costa de su trapío, no supeditándose a exigencias de toreros, apoderados y mercachifles espabilados, que ponen por encima de la fiesta sus intereses particulares.

lunes, 2 de agosto de 2010

EL INDEPENDENTISMO CATALÁN (y III)

(Foto: S. Trancón)

Suelen los catalanistas apelar a los sentimientos para justificar su independentismo: España no nos entiende, nos rechaza, nos ofende, nos humilla, no nos respeta… Ahora Montilla habla de “desafección”, de la necesidad de “rehacer afectos”. (Curioso, esta palabra la usaban los franquistas para dividir a los españoles: “afecto” o “desafecto” al Régimen…, estampaban siempre en los informes).

Hacerse la víctima no es lo mismo que serlo, pero resulta una técnica muy eficaz para descalificar al otro (si yo soy víctima es que tú eres verdugo) y de paso poder ofender sin reparo alguno, pues en este caso sólo se tratará de una reacción de autodefensa justificada. Pero digámoslo claro: El independentismo no es consecuencia de ninguna injusticia u ofensa, sino la ofensa consecuencia del independentismo.
Una prueba evidente de este juego engañoso y malintencionado es que el ofendido ignora por completo sus propias ofensas, casi siempre directas y mucho más insultantes. Por ejemplo, es fácil ver pintadas en Cataluña con eso de “Puta Espanya!” o que se quemen banderas españolas ante cualquier pretexto, con el aplauso de los asistentes. Todavía me falta ver por el resto de España un “¡Puta Cataluña!” o que se quemen banderas catalanas con el aplauso de la gente. ¿No es ofensivo que constantemente se llame al resto de españoles “franquistas”, “imperialistas”, “ocupantes”, etc.? ¿Qué se desprecie la Constitución democrática? ¿No se vierten cada día insultos en la prensa, la radio y la televisión, convirtiendo a España y lo español en un espantajo despreciable?

Así que sí, hay que hablar de sentimientos, pero en serio. Sobre el tema, Carlos Carnicero ha escrito:

El lamento catalán nos hace a todos estar pendientes del estado de ánimo que trasladaran José Montilla y los demás líderes, confesos o no, del nacionalismo catalán. Pero parece que no importa el estado de ánimo de muchos españoles demócratas, progresistas y defensores de la Constitución y los estatutos de autonomía a los que nadie les hace caso porque se ha establecido que su falta de comprensión y su agotamiento con los lamentos nacionalistas son sentimientos no democráticos. Y detrás de esa falsedad se fabrica continuamente la conversión del lamento catalán en reclamo y este en concesión. Y así se nos va la vida y se nos va la oportunidad de que una España democrática juegue un papel en este mundo democratizado y cambiante.
Hay una asimetría muy elocuente en los comentarios que se publican en la prensa y en internet. El tono de los independentistas alcanza cotas cada día más insultantes. Elijo algunos, entre miles:

El PSOE i el PP són les dues cares de la mateixa moneda: l'España Una y Eterna, la bandera "rojigualda", la monarquia borbònica espanyola, la Roja, els toros, la corrupció i el "despilfarro" amb diners robats a catalans, balears i valencians. (Es curioso, la corrupción del Palau y del Ayuntamiento de Santa Coloma, la del valenciano Camps y la del balear Jaume Matas, ¿es catalana o española?)

Espanya sempre segueix tant cerril com sempre, tan anticatalana, tan mesquina com sempre. I aquest Borbo imbecil (valgui la redundancia) es tan imbecil com el seu pare. Que els donguin pel cul a tots ells. (Se refiere al príncipe Felipe por hablar en el Instituto Cervantes sobre la importancia del idioma español en el mundo).

Por supuesto, ya se empieza a propagar que “es molt diferent ser català que resident espanyoliste a Catalunya” y que hay que distinguir “els vots dels ocupants emigrants i no integrats de la potencia invasora castellana”.

Pero este discurso, aunque nos sorprenda, es consustancial al independentismo, y no es nuevo. El catalanismo nació a finales del XIX, como todos los nacionalismos de la época, sobre supuestos racistas y xenófobos. Enric Prat de la Riba, el arquitecto del catalanismo político, intentó pulir las aristas racistas del independentismo y dijo que los catalanes no son una «raça antropológica», sino una «raça histórica»… La «castellanización» de Cataluña sólo es «una costra sobrepuesta, una costra que se cuartea y salta, dejando salir intacta, inmaculada, la piedra indestructible de la raza”.

Un tal Enric Figueras, ya no se corta un pelo, y escribe en “Dictadura encoberta”:
Tothom qui ha vingut a Catalunya el té que saber parlar i és absolutament indispensable que així sigui si volen signar un contracte de treball a la nació catalana. Ja en el mateix contracte hi té que haver-hi una clàusula conforme la treballadora i el treballador es compromet a aprendre i parlar el nostre idioma. És molt important, més del que tots ens pensem, que no deixem de parlar mai la nostra llengua davant de res i per a ningú. Així es fa en tot país que vol ser respectat com a una gran nació. Quien no sepa catalán no puede firmar ningún “contrato de trabajo en la nación catalana”. El trabajador debe comprometerse a aprender y hablar “el nostre idioma”. Y que nadie deje de hablar jamás en catalán, hable con quien hable. ¿Incluso con un turista inglés?

Los sentimientos de pertenencia e identificación, son naturales. Pero convertirlos en algo más, transformarlos en ideologías nacionalistas, ahí está el peligro. Existe una patología de grupo, social. Y las patologías, como la peste, se difunden si no se toman medidas para atajarlas.

Lo malo no es la inmersión lingüística, sino la ideológica. Si fuera sólo un método de eficacia pedagógica, la inmersión, como sucede en los países nórdicos, acabaria en la enseñanza primaria, y luego se fomentaría una enseñanza bilingüe. Pero lo que de verdad importa es la inmersión ideológica y psicológica, de la que un elemento esencial es fomentar la animadversión hacia el español. Bastaría hacer un estudio serio para demostrarlo: en qué medida el incremento del independentismo va ligado a esa inmersión lingüístico-ideológica. ¿Dónde están los sociólogos?

El esquema es simple: primero van las ideas, después se adhieren a ellas sentimientos, la acumulación de sentimientos negativos (resentimiento, rechazo, desprecio, etc.) lleva inevitablemente a los actos. Los actos, a su vez, refuerzan todo el esquema y poco a poco se llega así al fanatismo del grupo, convertido en masa. El paso hacia la violencia es inevitable.

Yo creo que cada día los conceptos de cultura nacional, pueblo, patria, nación…, resultan, como el raza, más indefinibles e inapropiados para describir aquello a lo que aluden. Si analizamos los “genes” de la cultura, el pueblo, la patria, la nación… ¿qué diferencias encontraríamos?

He hablado del independentismo como ideología, del que se nutre el independentismo político. Pero no son, afortunadamente, lo mismo. La política obliga a un realismo del que las ideologías carecen. Es aquí donde yo soy menos pesimista. Hoy el espacio del independentismo catalán está tan disputado que aparece políticamente hecho jirones: además de los “convergentes” y “republicanos”, ha aparecido un tercero en disputa, los “reagrupados”, que pretenden ser más radicales. Los que peor lo tienen son los socialistas, intentando diferenciar catalanismo e independentismo.

La política obliga al independentismo a bajar suelo, a lidiar con los problemas concretos: ¿que supondría en la práctica la independencia? Si las cuentas no salen, o el precio es demasiado alto, que es lo más probable, la cosa cambia. Pero eso no impedirá que sigan todos con el mismo discurso y la misma presión psicológica. ¿Hasta cuándo?