(Foto: S.Trancón)
La palabra es una
realidad física y mental a la vez. Su función tiene que ver con esta doble condición.
Por un lado, la palabra señala y sustituye al
objeto; por otro, expresa y sustituye al
sujeto.
La palabra va del sujeto al objeto, y del objeto al sujeto, pero no es lo uno ni lo otro.
La palabra se sitúa entre el objeto y el sujeto, los une y relaciona.
Como
realidad física, la palabra es una articulación de sonidos, o sea, una serie de estímulos fugaces que el cerebro
traduce e interpreta. Como
realidad mental, es una serie de conexiones o circuitos neurológicos que producen
imágenes interiores “abstractas”, o sea, desprovistas de la materialidad o concreción a la que se refieren.
El
lenguaje se inicia con la articulación de
un sonido que se asocia a un objeto separado del sujeto y sirve para señalarlo desde la distancia. Es un recurso funcional dirigido hacia los otros, una forma de indicar a otros la realidad de un objeto que uno no puede mostrar directamente.
La asociación sonido-objeto se guarda en la memoria y esto permite referirse a una realidad ausente, no visible, mediante la repetición del sonido: pasa a ser una
imagen mental.
Sobre la base de la asociación y memorización de la relación sonido-objeto se construye todo el lenguaje, de ahí la tendencia natural a
confundir la palabra y la cosa. El resultado es que acabamos identificando toda realidad como un “
mundo de objetos”. Lo que es un instrumento útil para movernos por el mundo y relacionarnos con los demás acaba absorbiendo toda nuestra percepción y actividad mental: el lenguaje y las palabras sustituyen a la realidad, no sólo física, sino mental. Todo se convierte en objeto, incluidas las palabras mismas.
Pagamos un precio muy alto por este
reduccionismo mental y físico, porque ni el mundo ni nosotros somos un “objeto”, una realidad física con límites precisos y aislados del resto de la realidad. El mundo y nosotros somos, antes que nada,
una realidad y un hecho energético.
Podemos sacar muchas consecuencias de este modo de entender las palabras y la actividad mental.
Primero, evitar otorgar a las palabras
un poder que no tienen: no son la realidad, ni la realidad del mundo exterior ni la realidad de nuestro mundo interior; son un sustituto de la realidad, y la realidad es siempre mucho más y algo distinto de aquello que las palabras dicen y hacen. Cuando las palabras no se acomodan a la realidad, es inútil y un error que nos aferremos a ellas.
Segundo, descubrir, reconocer y otorgar a las palabras
el poder que tienen: construyen la realidad que percibimos, dan consistencia y continuidad al mundo exterior, nos permiten relacionarnos con los demás y nos ayudan a tomar conciencia de nosotros mismos.
Tercero, ser conscientes de
lo que las palabras dicen y hacen, pero también:
de lo que no dicen ni hacen
de lo que no pueden decir ni hacer
de lo que nos impiden hacer y decir
La palabra es
libertad y es
cárcel.
Podemos percibir más que aquello que las palabras nos dicen que podemos percibir.
Podemos sentir más que aquello que las palabras nos dicen que sintamos.
Podemos pensar mucho más que aquello que las palabras nos limitan a pensar.
Podemos hacer mucho más que aquello que las palabras nos dicen que podemos hacer.
Podemos dejar de sentir, de pensar y de hacer aquello que las palabras nos inducen a sentir, hacer y pensar.
La palabra sostiene y da vida al mundo y a nosotros mismos, pero la realidad, el mundo y nosotros mismos, somos mucho más. En lugar de
cosificar el mundo, a nosotros y a las palabras mismas, podemos
transformar la palabra en fuente de vida, de misterio, de conciencia y conocimiento. Las palabras son un impulso para sentir, experimentar y conocer aquello que está más acá y más allá del lenguaje.