MIS LIBROS (Para adquirir cualquiera de mis libros escribir a huellasjudias@gmail.com)

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viernes, 20 de marzo de 2009

ALBERT EINSTEIN, SIN COMENTARIOS

(Foto: Koldo Badillo)
Acaba de caer en mis manos Mi visión del mundo (Mein Weltbild), de Albert Einstein. Nunca es tarde para leerlo.
Encuentro en las reflexiones de Einstein ideas sobre las que he escrito bastante en este bloc. Apenas he leído las primeras páginas y ya encuentro citas que no me resisto a reproducir aquí. No diré que las hago mías, porque ya hace tiempo que forman parte de mi visión del mundo. Pero el argumento de autoridad, en este caso, es digno de tener en cuenta.

Los ideales que iluminaron y colmaron mi vida desde siempre son: bondad, belleza y verdad.

El misterio es lo más hermoso que no es dado sentir. Es la sensación fundamental, la cuna del arte y de la ciencia verdaderos. Quien no la conoce, quien no puede asombrarse ni maravillarse, está muerto. Sus ojos se han extinguido.

El valor verdadero de un hombre se determina según una sola norma: en qué grado y con qué objetivo se ha liberado de su Yo.

Sólo el individuo aislado puede pensar.

Sin personalidades creadoras que piensen por sí mismos es tan impensable el desarrollo de la comunidad como lo sería el desarrollo del individuo fuera del ámbito comunitario.

Y para acabar, dice Einstein sobre los ejércitos:

Habría que hacer desaparecer lo antes posible a esa mancha de la civilización. Cómo detesto las hazañas de sus mandos, los actos de violencia sin sentido, y el dichoso patriotismo. Qué cínicas, qué despreciables me parecen las guerras. ¡Antes dejarme cortar en pedazos que tomar parte en una acción tan vil!

No hay necesidad de hacer comentario alguno, ¿verdad?

domingo, 15 de marzo de 2009

YO Y LOS OTROS

(Foto: Miguel Sánchez)

El infierno son los otros, creo que dijo Sartre. Vivir con esa idea empobrece mucho la vida. Primero, porque si bien los otros son la fuente primera de casi todos nuestros sufrimientos, lo son también de nuestras alegrías. La relación con los otros es la fuente más importante de la vida, lo que nos estimula y sostiene.

Sin los otros pronto caeríamos en un pozo, autistas encerrados en los límites del yo, que, por naturaleza, es conservador, vive temeroso en su concha de galápago, protegiéndose de todo lo que se mueve alrededor.

Leo a Todorov, un breve artículo titulado “El conocimiento de los otros”, que me incita a reflexionar sobre el tema. Resumo y presento a mi modo sus ideas, que me parecen iluminadoras.

Una relación positiva con el otro pasa por un proceso que podemos dividir en cuatro fases:

1) “Asimilación ”: percibo e interpreto al otro en función de mí mismo, de mi modo de ser y pensar. Me fijo sobre todo en las semejanzas.
2) “Comprensión”: trato de percibir el mundo a través de los ojos del otro, no juzgo, no añado ni quito nada, no trato de fundirme con el otro.
3) “Diferenciación”: me percibo y juzgo a mí mismo como diferente del otro, pero acepto y comprendo al otro como diferente de mí mismo. Toda interpretación de mí mismo y del otro es relativa.
4) “Desidentificación”: no me identifico con el otro ni conmigo mismo, modifico constantemente mi idea del otro y de mi mismo. El conocimiento del otro me transforma a mí mismo, y el conocimiento de mí mismo transforma mi conocimiento del otro.

Como se ve, la relación con el otro nos obliga a cambiarnos a nosotros mismos, aquí está la clave. Cuando no ocurre esto, algo ha fallado. El otro nos obliga a desidentificarnos con la idea que nos hemos hecho de nosotros mismos. Los otros ponen constantemente a prueba la idea y la imagen de nosotros mismos. Agradezcámoslo, porque sólo así podemos avanzar, progresar en el conocimiento y la conciencia de nosotros mismos.

martes, 10 de marzo de 2009

OTRA VEZ LOS TRANSGÉNICOS

(Foto: A. Real)
Me envía Paco Rodríguez en enlace para que oiga un programa de radio de la SER sobre transgénicos. Intervienen Juan José Millás, uno de esos escritores estrella del momento, y el responsable en España de la multinacional transgénica Monsanto. No sé qué destacar más de la penosa entrevista: si los comentarios de Millás o los del Monsanto.

Dice Millás que se ha informado sobre el tema y que se encuentra un tanto perplejo sobre esta multinacional, no sobre los transgénicos. Afirma con mucho desparpajo que esto de la modificación genética ya lo ha hecho el hombre desde los más remotos tiempos, que todos acabaremos siendo transgénicos, que la realidad es transgénica, etc. Se despeña, vamos. No distinguir a estas alturas la selección natural de las semillas o los injertos, de la modificación artificial de los genes es de una ignorancia asnal. En un alarde de interpretación psicológica atribuye el rechazo a este mal engendro de los transgénicos a una especie de miedo ancestral , religioso, que tiende a satanizar lo nuevo. ¡Se dejó la mitad del cráneo!

Pero hete aquí que el de Monsanto, ante la simple pregunta de si ya estamos consumiento transgénicos, se escabulle, no contesta a pesar de la insistencia, y esto mosquea al entrevistador. Vuelve a hacer otra inocente pregunta sobre si nuestra ministra Garmendia tiene algo que ver con Monsanto y de nuevo evasivas e incoherencias. Pregunta entonces Gemma Nierga sobre si es verdad que Montsanto es al mismo tiempo el mayor vendedor de pesticidas del mundo, y otra vez se va por los cerros el entrevistado.

Millás, al acabar, dice que “este señor me ha dejado muy asustado”. Lo estúpido es que no estuviera asustado mucho antes. Produce mucha tristeza y casi desesperación que programas de gran audiencia propaguen tanta confusión e ignorancia, haciéndole el juego a los mentirosos, hipócritas y voraces vendedores de algo que, mírese por donde se mire, es una basura peligrosa, no ya para el futuro, sino en el presente. ¿Cómo es posible que no se haya dicho nada sobre la contaminación transgénica a otros cultivos, sobre los impredecibles efectos genéticos en el hombre y los animales, sobre la dependencia del agricultor que necesitará siempre comprar las semillas a esa multinacional, sobre la pérdida de la biodiversidad, sobre la presión política que ejercen sobre los gobiernos, etc.?

El caso de la ministra es tan elocuente que sólo un tonto puede seguir manteniendo su ingenuidad. Si ha sido la presidente de la asociación de todas las empresas de transgénicos de nuestro país, ¿cómo extrañarnos de que sea en España donde se permita el mayor número de hectáreas para el cultivo de un maíz que ningún otro país europeo quiere cultivar en su suelo? Sin duda es porque son unos atrasados llenos de miedos atávicos.

(Para más información ver en este bloc la etiqueta POLÍTICA, entradas MUNDO TRANSGÉNICO (I y II) del 19 y 23 de agosto de 2008).

P.D. Algo parecido podríamos decir de la famosa y peligrosa vacuna contra el cáncer de útero en adolescentes. La industria farmacéutica es lo más parecido a la transgénica.

miércoles, 4 de marzo de 2009

A VOZ EN GRITO

(Foto: Agustín Galisteo)



España es el país más ruidoso del mundo, el peor legislado, el más anárquico y permisivo en cuanto a la contaminación acústica y auditiva. Hay estudios estadísticos que reiteradamente lo confirman sin que aparezca atisbo alguno de cambio de rumbo o tendencia. ¡Estúpida hazaña!

Los que tanto defienden la mística de las señas de identidad, los “rasgos identitarios”, como dice la jerga de los políticos catalanes, exportada al resto de España y asumida por toda la mediocridad autónomo-parlante, deberían incluir en su catálogo imaginario de esencias culturales esta entidad real, bien real: el ruido ambiental.

Pero de entre todas las agresiones acústicas, la sin duda alguna más perniciosa es la que proviene de las gargantas patrias, patrióticas y matrióticas, pues aquí gritan por igual vascones, célticos, cántabros, tartesos, catalánicos o celtibéricos. ¡La funesta manía de gritar!

La voz humana en estado más o menos natural se desarrolla en una banda de decibelios que está en el límite de lo que el oído humano acepta como saludable. En cuanto se extralimita, supera la raya de decibelios agradables para pasar a convertirse en ruido desagradable. El español es una de las lenguas más propensas al grito, por su facilidad vocálica y fonética.

Aquí, ante el menor conflicto o discrepancia, lo primero que el españolito de todas las Españas hace, es subir la voz. ¡No me levantes la voz!, replica el agredido, elevándola un poco más que el contrario. Se quiere vencer a gritos, algo tan primitivo como los gruñidos del orangután que pelea por la comida o la hembra cercana.

“Debates” políticos, las “tertulias” radiofónicas y televisivas, la basura de los reality, las “charlas” de tasca y bar, el volumen de las televisiones, las retransmisiones deportivas, hasta las conversaciones por el móvil, todo está tan subido de tono que no hay oído humano que no sienta una permanente exacerbación decibélica (y aquí lo bélico tiene todo su sentido).

Los efectos del ruido y en especial del ruido humano son catastróficos. Alteran permanentemente el equilibrio del sistema neuronal, base de todos nuestros actos y decisiones. Pero a nadie parece importarle esto de verdad, por más que se sepa o intuya. Hay aquí una gravísima responsabilidad política que ni un solo partido quiere asumir. Esta enfermedad decibélica no figura en ningún programa de reformas nacionales.

Pero yo pienso que sería una medida política urgente, incluso para salir de la crisis económica en que nos hundimos. Extiéndase una campaña de educación del habla serena, matizada, expresiva, alegre, que es todo lo contrario del grito, y la crisis económica empezaría a remitir. ¿Por qué? Porque esa energía que despilfarramos en gritar y agredir, despotricar y soliviantar los ánimos, se encauzaría espontáneamente hacia la creatividad, la aparición de iniciativas productivas nuevas, que es lo que el sistema económico necesita, en lugar de seguir la senda enloquecida del consumo obsesivo y destructivo.

Se podía empezar por los colegios, que son una escuela del grito, una de las causas del mal llamado fracaso escolar y del otro no menos mal llamado trastorno de hiperactividad, tan de moda.

No se me diga que la voz en grito es espontaneidad, viveza, temperamento alegre y todas esas memeces ligadas al modo de ser español. No. El grito va en contra del cuerpo, de la espontaneidad y del disfrute del cuerpo activo. El grito orienta al cuerpo en una sola dirección, la de la agresión y la violencia, bloqueando todas las demás formas de desarrollo físico y mental. Una ruina educativa.

Nota: Examínate y comprueba cuánto, cuándo, dónde, a quién y contra quién gritas. Cuándo levantas o aceleras la voz. Intenta cambiar ese mal hábito y verás la diferencia. No hace falta reprimir los impulsos, basta con controlar el tono y los decibelios de tus cuerdas vocales. ¡Qué ahorro de energía!

jueves, 26 de febrero de 2009

TEORÍA Y ELOGIO DEL OPTIMISMO (II)

(Foto: S. Trancón)

Digo que prefiero el optimismo al pesimismo.
Digo que, dado que optimismo y pesimismo no son más que productos de la mente, elijo el optimismo.
Digo que el pesimismo es un pensamiento y una actitud orgánica y emocional negativa, que no me hace bien, por lo que prefiero sostener un pensamiento positivo que haga posible una actitud serena, alegre y confiada ante cualquier hecho o amenaza que se presente ante mí.
Esta es mi posición intelectual y vital, mi inquebrantable convicción.

No es falta de realismo.
No es autosugestión.
No es voluntarismo.
No es evasión ni huida o fantasía.
Es, por el contrario, una forma práctica de afrontamiento.
Tengo mis razones.

Por ejemplo, escucho a mi cuerpo, y él me dice que la vida es el resultado de un optimismo molecular, celular y orgánico.
Miro hacia el universo, y veo que todo es el resultado de un intento cósmico creativo inflexible, que actúa con una fuerza y una fantasía ilimitadas.
Miro a mi alrededor y veo que las creaciones humanas más deslumbrantes y magníficas son el resultado de un propósito imaginativo, de un poder oculto que está al alcance de la mano del hombre.
Examino mi vida y veo que mis peores momentos han sido aquellos en los que he sucumbido al pesimismo, al miedo, a la desconfianza en mí mismo y en los demás.

Llego a la conclusión de que me conviene sostener en mi mente ideas optimistas contrarias a las que oigo constantemente tratando de desanimarme, diseminando un virus la desconfianza y el miedo a mi alrededor.

Por ejemplo, trato de no usar, en cualquier juicio valorativo, el adverbio “no” o la conjunción “pero”. Pensar, eso que hacemos constantemente, sin usar una sola frase negativa ni adversativa. Y a la hora de hablar, lo mismo: que no salga de mi boca una enunciación negativa o adversativa. No es tan difícil. Al cuerpo y a la mente le gusta este ejercicio, se sienten liberados.

Tampoco me gusta usar el verbo “ser” para referirme a mi mismo ni a nadie. Prefiero el “estar” o el ser predicativo, o sea, el “existir”. Es muy distinto decir “soy muy nervioso” que “ahora estoy inquieto”. Cada enunciado actúa de modo distinto en nuestro cerebro, genera diferentes circuitos. La orden que el cerebro da a nuestro cuerpo es muy diferente. Una frase genera pesimismo, la otra abre la puerta al optimismo. Una es determinista, la otra permite cambiar. Si tu cerebro recibe la frase “puedo estar tranquilo, estoy tranquilo”, acabará mandando una orden al cuerpo para que se serene. Del “soy nervioso” al “estoy nervioso”, del “estoy nervioso” al “quiero estar tranquilo”, del “quiero estar tranquilo” al “estoy tranquilo; y del “estoy tranquilo” al “estoy bien”, “todo está bien” y “todo va bien”... Así actúa el optimismo. Por eso siempre será mejor que el pesimismo. Tú eliges.

El pensamiento arrastra el sentir.
El pensamiento genera una frecuencia vibratoria que se extiende por el cuerpo y sintoniza con ella.
La energía vibratoria del cuerpo atrae a la energía exterior y conecta con ella.
Se genera así un campo de atracción que tiene su origen en el pensamiento. Esto explica un hecho probado: que el pensamiento optimista acaba atrayendo acontecimientos positivos a nuestra vida (encuentros, trabajos, proyectos…) y el pensamiento negativo todo lo contrario.

lunes, 23 de febrero de 2009

TEORÍA Y ELOGIO DEL OPTIMISMO (I)

(Foto: O.Fernández)

Tiene mala prensa el optimismo, y más en los tiempos que corren. Ya Voltaire hizo crítica sutil e inteligente del optimista en su Cándido. Pero yo, después de mucho darle vueltas, he llegado a la conclusión de que el optimismo me hace bien, mucho bien, así que he tomado la firme resolución de volverme un optimista insobornable, inflexible, a prueba de bombas. Tengo tantas razones que quizás necesite varias entradas para convencer a los escépticos. Veamos.

Todo a mi alrededor, desde que nací, ha estado impregnado de pesimismo humano, social y ontológico. Hasta la fe cristiana de mi madre estaba cargada de resignación. Me ha costado muchos años quitarme de encima semejante peso. Porque el pesimismo es un peso corporal. Su manifestación permanente es una falta de oxígeno, de expansión orgánica, de miedo y enfado celular. El pesimismo oprime y ogobia al cuerpo.

Sin embargo, el cuerpo ha nacido para desarrollarse, actuar, expandir su energía y crear. El empuje de la vida está presente en todo lo que hace. Es la mente la que, saturada de pensamientos negativos, oscuros, tristes, instala en nuestro cerebro el pesimismo como actitud básica. En cuanto algo intenta salir de su control, ahí está un pensamiento pesimista para frenarlo.

Pero el pesimismo no es natural. Lo natural es la vitalidad, la salud, la confianza orgánica. Sin la intervención bloqueadora y temerosa de la mente, el cuerpo vive, respira, se mueve, actúa con fuerza y eficacia. Porque el cuerpo no entiende para nada de lo que la mente cataloga como bueno o malo, optimista o pesimista: pasa de todas estas categorías y busca en todo momento la salud, la vitalidad, la acción y el disfrute.

Todo lucha hoy contra el optimismo: los pensamientos instalados en nuestro ADN social, la información diaria, la educación, el entorno. Y la realidad. Basta abrir los ojos para ser golpeados por el horror, la muerte, la barbarie, la violencia, la amenaza, el mercado, los bancos, la política, el trabajo, las preocupaciones familiares. Y sin embargo... nada de esto invalida mi defensa inflexible del optimismo.

Viene la razón con toda su argamasa de argumentos pétreos a contradecirme y tacharme de ingenuo, iluso, poco realista y hasta falto del más elemental sentido racional y crítico. Sólo los tontos o cándidos pueden ser optimistas en un mundo que va derecho hacia la catástrofe, que tolera el sufrimiento y la injusticia en cantidades asfixiantes. Pero...

Sí, todo eso es verdad, y mi optimismo no lo niega ni minimiza ni infravalora. Pero me digo: ¿Me sirve de algo ese pesimismo? ¿Me ayuda a ser mejor, a mejorar algo el mundo? ¿Me siento mejor, con mayor capacidad para actuar y crear y ayudar a los demás, al dejarme caer en el pozo negro del pesimismo? Porque el pesimismo es siempre negro, hunde, abate, por más argumentos realistas en los que se base.

Optimismo vital, sí. Un pensamiento orientado permanentemente hacia lo positivo. Una forma inteligente de no sucumbir al miedo, la amenaza o la depresión. Trataré de demostrarlo. Porque el universo, la naturaleza, tiene una ley que es tan constante y universal como la gravedad: sólo entiende el lenguaje de los hechos positivos, creativos. La naturaleza no entiende el no, no lo usa. Ni siquiera la muerte es la no vida; es, sencillamente, la muerte, un hecho biológico. Sólo la mente humana usa el no. (Seguiré)

jueves, 19 de febrero de 2009

METÁFORA TELEVISIVA

(Foto: K.Badillo)










Hay metáforas eficaces para explicar el funcionamiento de nuestra mente. Una de ellas es la del ordenador. Yo prefiero, sin embargo, la metáfora televisiva. Es muy productiva, porque genera una constelación de explicaciones o descripciones fáciles de comprender.

Lo que podemos ver ininterrumpidamente en nuestras pantallas cada día, las 24 horas del día, son ondas que circulan por todo el espacio planetario, en todas las direcciones, a gran velocidad. Cada emisión de ondas tiene su vibración y frecuencia, viaja por su carril y no choca con las otras. No tengo idea de cómo esto es posible ni cuál es la naturaleza última de estas ondas invisibles.

Cada aparato de televisión recoge esas ondas y las transforma en partículas y puntos que se reúnen en la pantalla y traducen en imágenes. Tampoco tengo idea de cómo se produce este milagro. La ciencia lo explica, sí, pero su explicación no es más que descriptiva, describe más o menos qué y cómo funciona, pero su naturaleza es esencialmente incomprensible.

Nuestro cuerpo es ese aparato que capta la energía del entorno y la trasforma en imágenes en nuestro cerebro. Tampoco sé exactamente cómo lo hace, ni cuál es la naturaleza última de la energía que captura.

El mando a distancia enciende el aparato y nos permite cambiar de canal. Cada canal tiene su propia programación y va emitiendo imágenes más o menos caóticas u ordenadas. Esa secuencia de imágenes es un sustituto del mundo, de la realidad a la que no tenemos acceso directo.

Si el cerebro es nuestra pantalla, el mando a distancia es nuestra atención. La atención es lo que nos sintoniza con la frecuencia de las ondas circulantes.

Estamos conectados al mundo a través de nuestra atención, pero podemos cambiar esa atención y focalizarla en lo que queramos. Hay infinitas ondas, millones de frecuencias y partículas al alcance de nuestra atención que circulan a nuestro alrededor y pasan ignoradas.

El universo es una red ilimitada de canales y campos de energía, con distintas vibraciones y frecuencias. Entrar en contacto con ellos, sintonizar, sincronizar la frecuencia de nuestras vibraciones interiores, de nuestros campos de energía, con la inabarcable ebullición y flujo de la energía del exterior, es nuestra mayor hazaña.

Pero hay más: no sólo somos receptores, sino generadores y acumuladores de energía. Emitimos ondas al exterior, pero sobre todo hacia nuestro cerebro. Somos un circuito cerrado de televisión. Cuanto más absortos estamos en nosotros mismos, mayor es la compulsión interna generadora de imágenes. Lo malo es que son siempre las mismas imágenes, recurrentes, repetitivas. Sólo quien es capaz de salir de sí mismo y conectar con la energía del universo, puede tener una vida rica en visiones y descubrimientos.

Prosigue tú, lector inquieto, la vibración de esta metáfora televisiva, que me llama la atención otra onda, otra frecuencia iluminativa.

sábado, 14 de febrero de 2009

SER ALGUIEN

(Foto: K.Badillo)

Un niño de siete años. Le llevan a un psiquiatra para tratarlo de un posible trastorno de hiperactividad. Tienen una entrevista. La madre está muy preocupada por las malas notas, su falta de atención, su rebeldía... En la conversación surge la frase: "...para que el día de mañana seas alguien". El niño replica al psiquiatra: "Yo ya soy alguien". Lo dice sorprendido de que alguien dude de que él es alguien. No me invento esta anécdota. Me la ha contado alguien que estuvo presente.

Casi al mismo tiempo me envía mi amigo Rafael Gordon un vídeo. Se explica en él cómo nuestra educación se basa en una aberración: la de querer convertirnos a todos en profesores universitarios. Ser profesor universitario es ser alguien en la vida...

La escuela es hoy un lugar de domesticación y anulación de la personalidad. Se dirige sólo a la cabeza y desprecia al cuerpo. Ignora la singularidad y destruye la creatividad. Pero esta anulación se inicia en la familia y cuando el niño no se doblega fácilmente, ahí llegan los psiquiatras.

Siento una enorme pena por los niños de hoy: están condenados a la infelicidad. Yo tuve una escuela parecida, pero viví en un pueblo y allí pude correr, saltar, gritar, explorar el mundo, recorrer kilómetros alrededor de monte, pisar campos, bosques, arroyos y charcas. Pude ser alguien antes de que nadie me lo pusiera en duda.

Pero mucho mejor que yo lo explica este vídeo:
http://video.google.es/videoplay?docid=-9133846744370459335
No te lo pierdas, de verdad.

martes, 10 de febrero de 2009

CONCIENCIA DE SER


(Foto: I. Díez)










Pregunta: ¿Qué es lo que distingue a un cuerpo vivo de otro muerto?
Respuesta: La conciencia de ser.

Pregunta: ¿Qué es la conciencia de ser?
Respuesta: El darse cuenta de que uno existe y está vivo.

Pregunta: ¿Un embrión tiene conciencia de ser?
Respuesta: Un embrión tiene el embrión de la conciencia de ser, la posibilidad de llegar a tener conciencia de ser. La semilla.

Pregunta: ¿Un ser en estado de coma irreversible tiene conciencia de ser?
Respuesta: Tiene una mínima conciencia de ser en estado irreversible de desaparición.

Pregunta: ¿Cuándo podemos establecer el paso de un estado a otro?
Respuesta: Hay una zona, un punto, un momento en el que la conciencia de ser puede ir hacia su disolución o hacia su desarrollo, inclinarse hacia la vida o hacia la muerte.

Pregunta: ¿Cómo sabemos cuándo llega ese momento?
Respuesta: Observando el cuerpo, atendiendo a su estado y sus señales, casi siempre inequívocas.

Pregunta: ¿Tiene alguna justificación prolongar artificialmente un estado vegetativo de mínima conciencia?
Respuesta: Salvo que quien lo padece, en plena conciencia, decida que se le prolongue artificialmente ese estado de mínima conciencia, no tiene justificación alguna. Si el paciente ha establecido voluntariamente lo contrario, prolongar ese estado es un acto de crueldad e impiedad inadmisible.

Pregunta: ¿Es uno dueño de su vida?
Respuesta: Absolutamente. La vida ha de ser siempre fruto de una decisión individual libre y soberana. La conciencia de ser lleva en sí misma la posibilidad de dejar de ser. Es algo inseparable.

Pregunta: ¿Para qué hemos venido a este mundo?
Respuesta: Para vivir plenamente.

Pregunta: ¿Qué significa vivir plenamente?
Respuesta: Incrementar día a día la conciencia de ser. Acrecentar e intensificar la conciencia de ser.

Pregunta: ¿En qué se diferencia nuestra vida de la de otros seres de esta Tierra?
Respuesta: En que partimos de un grado de conciencia de ser que podemos incrementar e intensificar a través de nuestra experiencia.

Pregunta: ¿Se disuelve la conciencia de ser al morir?
Respuesta: La conciencia de ser individual, sí.

Pregunta: ¿Totalmente?
Respuesta: No. La conciencia de ser es una forma incomprensible de energía, fruto del alineamiento o contacto de nuestra energía con la energía del universo. Un contacto o fusión que produce el resplandor de la conciencia de ser, que es lo único que detiene a la muerte. Cuando se rompe la unidad energética que somos, esa energía inexplicable vuelve al cosmos.

Pregunta: ¿Cuál es el sentido de la vida, entonces?
Respuesta: Incrementar la conciencia de ser del universo.

Pregunta: ¿Existe alguna posibilidad de supervivencia individual después de la muerte?
Respuesta: Como no sabemos exactamente qué es la conciencia de ser, no podemos afirmarlo ni negarlo.
En principio, no debería de ser algo imposible, salvo que creamos que la conciencia de ser es inseparable del cuerpo, de la organización anatómica y orgánica de nuestras células vivas. Pero esto, hoy por hoy, no es más que una creencia, lo mismo que lo contrario.

P.D. No sabemos qué es la conciencia de ser, pero sí experimentarla, sentirla, tomar conciencia de su existencia, comprender que es la esencia de nuestro ser. A mayor conciencia de ser, mayor goce, mayor deleite, mayor serenidad, más intenso y profundo nuestro conocimiento del misterio de la existencia de nosotros mismos y de todo cuanto nos rodea. Quien lo experimenta sabe que ésta es una verdad indiscutible. Quizás, la única certeza.

viernes, 6 de febrero de 2009

PROBABLEMENTE DIOS

(Foto: A.Real)
Ya he escrito (ver la entrada ACERCA DE DIOS) sobre el tema de Dios. La polémica de los llamados autobuses ateos/cristianos me hace volver a él.

Me llaman la atención los dos anuncios:
Probablemente Dios no existe. Despreocúpate y disfruta de la vida.
Dios existe. Disfruta la vida en Cristo.

Vayamos con la primera.
Es chocante este adverbio de posibilidad y duda: “probablemente”. Si se es ateo convencido, no viene a cuento. ¿Cómo que “probable” o “posiblemente”? Hay aquí una especie de argumento estadístico: hay un tanto por ciento muy elevado de que Dios no exista. ¿Pero qué hacemos con ese otro tanto por ciento de duda?

En principio, parecería que estos agnósticos o ateos dejan una puerta abierta a la posibilidad de que Dios exista. No quieren ser dogmáticos, sino prácticos. Pero yo me pregunto por qué no se atreven a afirmar claramente que Dios no existe. ¿Humildad, prevención, duda o miedo a posibles reacciones de los convencidos de lo contrario?

Lo de “despreocúpate” es también enigmático. ¿Qué significa? ¿Despreocúpate del más allá, de la muerte, del infierno, del paraíso? ¿De las normas, de la moral?
La conclusión, “disfruta de la vida”, no veo qué relación tiene con todo lo anterior. ¿Por qué creer o no creer en Dios te va a impedir disfrutar de la vida?

Vayamos con la reacción de los cristianos.
Primero, este anuncio está pésimamente redactado. No es español. Se disfruta “de”, porque disfrutar es un verbo que rige preposición y no admite complemento directo. Lo de “en Cristo” es ya barbarismo repelente, por más que lo repitan los curas a troche y moche. ¿Qué significa aquí “en”? ¿Dentro de Cristo? ¿Cómo se puede disfrutar de la vida dentro de Cristo? ¿Qué es Cristo, un gran corazón, un estadio de fútbol o unos grandes almacenes?

Dios se ha convertido en una palabra sobrecargada de sentidos, semánticamente pervertida, contaminada, inútil para pensar y discutir sobre la realidad misteriosa e incomprensible del mundo y de todo cuanto nos rodea. Decir “Dios existe” es tan indemostrable y carente de sentido como lo contrario, porque se trata de una discusión nominalista. Ni siquiera es un asunto de creencias. Llevar esta discusión a la carrocería de los autobuses es eso, un asunto de predicadores, de apóstoles, tanto da del signo que sean.

lunes, 2 de febrero de 2009

COPOS DE NIEVE QUE UN PAJARILLO PICOTEA

(Foto: K.Badillo)

Me levanto. Subo la persiana: caen grandes copos de nieve. El viento los zarandea, formando cortinas que se entrelazan. Puntos de luz condensada que hacen un corto viaje, caen a tierra y se disuelven lentamente.

Algo, la fuerza de la vida, atrae la energía que atraviesa en todas direcciones el universo, forma un conglomerado de átomos y ahí queda atrapado ese pequeño haz de conciencia que somos.
Un breve viaje, antes de desaparecer en la nada, en el mar de la conciencia cósmica, sea lo que sea, nos permite vislumbrar el todo, disfrutar de abismales y deslumbrantes visiones. Cuando digo visiones me refiero a todo lo que el cuerpo, como totalidad unificada, puede percibir y sentir, más que a imágenes visuales.

El joven Spinoza se propuso “investigar si existía algo que, hallado y poseído, me hiciera gozar eternamente de una alegría continua y suprema”. Creyó encontrarlo en “el conocimiento de Dios”, o sea, “el conocimiento de la unión que la mente tiene con toda la naturaleza”. Deus sive natura.

Hace frío. Recuerdo los inviernos de mi infancia. Me veo detrás de unos cristales: la nieve se acumula en la barandilla de hierro de mi balcón. Los pardales, ateridos, se refugian debajo de las tejas. Una lavandera revolotea delante de mi ventana. La abro de par en par y el pajarillo se cuela dentro. Se posa encima de un aparador y agita su larga cola de arriba abajo. Esparzo unas migas de pan y cierro la puerta, despacio. Miro por la rendija de la cerradura y veo a la pajarita, después de un breve titubeo, picotear encima de la mesa camilla. Camina, adelantando una pata cada vez; no da saltitos, como los gorriones.

Mi mente es el copo de nieve que va por el aire y la pajarita que picotea la miga, ese otro copo que mi mano infantil esparció sobre la mesa.

jueves, 29 de enero de 2009

30.000 VISITAS

(Foto: A.Real)

HACE casi un año inicié este bloc. Sin saberlo, me ajusté al calendario chino, que comienza por estas fechas.
El tiempo podemos medirlo (y valorarlo) por el calendario, pero también por lo que hacemos.

Hago balance de lo que he escrito aquí, en este bloc, que no es más que una pantalla abierta al mundo: 140 entradas (artículos), 88 comentarios, 30.000 visitas, visitantes de 43 países. Todos estos datos los puede comprobar el lector pulsando el icono que aparece al final de esta página. No son más que datos, pero indican que, al menos, HAY ALGUIEN AHÍ.

Tengo poca idea de quién lee lo que escribo, pero quiero suponer que, quien lo hace, es porque encuentra algún placer o provecho en estas páginas. No aspiro a más. Algún amigo insiste: ¿Pero, por qué lo haces? ¿Qué sacas tú de todo esto? Le doy mis razones, que no acaban de convencerlo:

.Escribo, en primer lugar, para aclararme. Está en mi naturaleza: necesito entender, saber, conocer. Pensar es para mí como respirar, no un mero entretenimiento.
.Amo el lenguaje y la literatura, siento placer al escribir, al crear nuevos modos de decir, imaginar, construir las ideas y expresar los sentimientos.
.Tengo muchos escritos dispersos que de otro modo nunca revisaría ni pondría en limpio.
.Me sirve de disciplina mental y de ejercicio literario. A pensar y a escribir se aprende pensando y escribiendo. Las dos cosas a la vez.
.Quiero ser útil a los demás. Pienso que la sociedad nos da más de lo que le damos. Yo ofrezco pensamientos, ideas, palabras, imágenes. De esto también se alimenta el mundo.
.Porque he comprobado que es bueno hacer cosas sin expectativas, que no buscan la utilidad inmediata, recompensas, aplausos o reconocimientos. Lo más que puedo esperar yo es que alguno de estos miles de visitantes anónimos se interese por alguno de mis libros.

Le aclaro al lector que no le dedico a este bloc más de dos horas a la semana. El mínimo necesario. Tampoco quiero que nadie pierda el tiempo: por eso ofrezco el texto desnudo, evitando enlaces, vínculos y reclamos de cualquier tipo. Es muy fácil perder el tiempo picoteando, zapeando de página en página. Hay demasiada información, así que prefiero que sea el navegante quien decida a dónde ir. Por esta razón no incluyo ninguna lista de blocs o webs amigas, aunque las tengo.

Como el curioso lector puede comprobar, no rehúyo ningún tema. Esta es una de las ventajas de los blocs: que uno puede escribir de lo que quiera. Sin embargo, huyo de la inmediatez, eso que llaman “rabiosa actualidad” (salvo cuando es muy rabiosa, para que no me muerda).

A los que han navegado por estas páginas durante este año finito, a quienes están detrás de esas 30.000 visitas, SALUD, FUERZA, CONCIENCIA Y HUMOR. Nada hay tan importante que nos impida reírnos de ello. Si es en compañía, mucho mejor.

lunes, 26 de enero de 2009

LOS PELIGROS DE LA OPINIÓN PÚBLICA

(Foto: Agustín Galisteo)


¿Qué es la opinión pública? Supuestamente, la opinión de la mayoría.
¿Cómo se forma? Mediante de la prensa, la radio y la televisión.
¿Cómo se mide? A través de encuestas, que luego interpretan y valoran los mismos medios que las encargan y publican.
¿Cómo se expresa? Mediante el voto y las intenciones de voto.
¿Qué efectos provoca? Decisiones políticas, leyes y, sobre todo, una presión social sobre todos los ciudadanos para que acepten y asuman esa opinión de la mayoría.

Este mecanismo, simple, encierra peligros que una democracia madura debería tener muy en cuenta. ¿Por qué? Porque se presta a todo tipo de manipulaciones, engaños y decisiones equivocadas. Porque no se basa en la racionalidad, sino en la apelación constante a impulsos irracionales como, por ejemplo, el miedo. La opinión pública hoy se crea casi siempre mediante la manipulación del miedo: miedo a casi todo.

Leo en El Mundo un artículo de Enrique Gimbernat que empieza así: “Actualmente, tenemos el Código Penal más represivo de la Europa occidental”. ¿Cómo?, me dije. Proseguí la lectura y comprendí tan rotunda y clarividente afirmación, basada en datos contundentes como que, teniendo el índice de criminalidad más bajo de Europa (2,5 frente a un 10,8 de Suecia, por ejemplo) tenemos el mayor número de presos de toda Europa (138 por cada 100.000 habitantes, frente a 68 de Suecia, p.ej.). Da el autor ejemplos de incrementos bárbaros de penas, inclusión constante de nuevos delitos y reformas penales cada vez más alejadas del derecho y el sentido de la pena, que no es sino la reeducación y rehabilitación social, según nuestra Constitución. En esta carrera por complacer a la opinión pública, movida por la simplista consigna de “ley y el orden” y atizada por el miedo, la derecha y la izquierda parecen querer llegar los primeros. Izquierdistas, ecologistas, feministas y todo tipo de plataformas, se dan a veces la mano con la derecha más extrema.

Esta opinión pública, que no admite matices, que explota la irracionalidad y el miedo, es absolutamente peligrosa, porque es imparable. Busch mandó sus tropas a Irak amparado en la opinión pública. Hitler, no lo olvidemos, llegó al poder a través de esta opinión pública, y todos los dictadores han gozado de muy buena opinión pública cuando ejercían su poder.

Así que la opinión pública, en una democracia, necesita adjetivarse: no estar basada en la irracionalidad, el miedo o la venganza, los intereses particulares o partidistas, sino en el sentido común, la dignidad, la tolerancia, la justicia, distinguiendo bien a los criminales y causantes de graves daños colectivos, de los pequeños delincuentes. El totum revolutum hoy de las cárceles y juzgados, provocados por este Código Penal que va detrás de la opinión pública, no es sino un despilfarro y una escuela de delincuencia mayor. Si fuera de otro modo, no se produciría esa aberración de ver a un corrupto como Roca, el de Marbella, condenado a siete años de cárcel (redimibles), al lado de unos padres que pueden ir a la cárcel por dar una bofetada a su hijo.

miércoles, 21 de enero de 2009

ANTISEMITISMO PRIMARIO

(Foto: Agustín Galisteo)
Los recientes acontecimientos de Gaza han provocado algunas reacciones inesperadas. Me refiero ahora al antisemitismo, un fenómeno que después del Holocausto (6 millones de judíos asesinados), parecía desterrado para siempre de nuestras sociedades. No es así, y se cumple la máxima de que cualquier barbarie humana siempre puede repetirse y aumentarse. ¿No han muerto ya en la guerra de el Congo 5 millones de personas?

Cambian los intereses y las justificaciones, las ideas y prejuicios que soportan y estimulan los crímenes, pero no las reacciones emocionales, los impulsos primarios que ponen en marcha. En esto no ha habido progreso alguno, basta que se produzcan las circunstancias adecuadas para que resurjan los viejos fantasmas con toda su monstruosa obstinación.

Toda guerra, todo asesinato, comienza en la mente, ahí se desarrolla, crece como un cáncer hasta llevar a los actos. Por eso son tan importantes las palabras y las acciones simbólicas en las que la guerra y el crimen van ganando previamente terreno. Siempre me llamó la atención la justificación del decreto de expulsión de los judíos de 1492: querían evitar, decían, “la comunicación de los judíos con los cristianos”. Había que impedir que los judíos llevaran a los cristianos “a su dañada creencia”.

Es curioso, porque el judaísmo prohibe el proselitismo, la predicación para aumentar el número de fieles o creyentes, todo lo contrario de lo que ha defendido el catolicismo, que no sólo promueve la conversión forzada, sino que justifica el uso de la espada al lado de la cruz para alejar a los paganos de sus erradas creencias. Pero el decreto ni siquiera hablaba de impedir el proselitismo judío, inexistente, sino simplemente de “evitar la comunicación”. El peligro estaba en la simple palabra, el contacto, la comunicación. ¡Qué frágil aquella fe católica, que no resistía ni el mero contacto con cualquier judío, aunque sólo fuera para encargar el arreglo de unos zapatos!

Recuerdo esto porque hace unos días acudí a Toledo a la presentación de un vídeo de Margalit Matitihau, una excelente poetisa sefardí, sobre el Toledo de Sefarad, un recorrido histórico y emocionado de la presencia judía en esta enigmática ciudad, todavía llena de misterios, entre los que se encuentra su propio origen. Dino del Monte me dice que proviene de la palabra hebrea Toledá, que significa Renacer. El Toletum romano sería posterior. También me cuenta Hilario Franco que el curso actual del río Tajo no es natural, sino artificial, y que para que rodeara la colina en que ahora se asienta la ciudad, hubo que remover toneladas de roca.

Bueno, pues la proyección de este vídeo fue prohibida a última hora por la consejería de Cultura de la Junta de Castilla-La Mancha, que fue quien lo financió. Con inusitado descaro se dio la excusa de “problemas de agenda de la consejera”. Un efecto colateral de la guerra de Gaza que sólo se puede calificar de antidemocrático y estúpido. ¿Por miedo a qué? ¿Qué tiene que ver este acto cultural con esa desgraciada guerra? Supongo que, con igual motivo, se cerrarán al público sine die las dos sinagogas de la ciudad. Cuidado con la “comunicación” y el conocimiento de la historia. La propaganda a favor de Hamás, en cambio, goza de todas las bendiciones apostólicas. Y lo digo, porque a lo mejor también anda detrás de esta absurda prohibición la Iglesia toledana, todavía trentina y hasta tridentina. De la consejera y su gesto, mejor ni hablar.

viernes, 16 de enero de 2009

LA GUERRA PALESTINO-ISRAELÍ

(Foto: S. Trancón)


Hay hechos sociales ante los que resulta imposible permanecer impasible.
Toda guerra es, seguramente, el fenómeno social y psicológico más complejo, más lleno de contradicciones y de más difícil comprensión intelectual. Cualquier simplificación, cualquier reduccionismo se muestra enseguida carente de sentido. Ante la dificultad de abarcar el fenómeno en toda su complejidad, la salida más fácil, a la que la mayoría se agarra para aplacar la angustia de lo incomprensible o incontrolable, es el dogmatismo, el fanatismo, el fundamentalismo que lleva a dividir todo en dos posiciones antagónicas, excluyentes, irreductibles.

Toda guerra real genera, casi automáticamente, una guerra mental y psicológica que se extiende alrededor y que constituye su prolongación. Hoy, como vivimos en un mundo interdependiente, esa otra guerra, que duplica y extiende simbólica y psicológicamente la guerra real, acaba implicándonos a todos, obligándonos a “tomar partido”. En este caso: pro-israelí/anti-israelí, pro-palestino/ anti-palestino. En medio de esta presión ambiental resulta muy difícil hilvanar un pensamiento mínimamente sensato, no guiado por esa obligada toma de partido. Pero ni ante este hecho ni esta presión el pensamiento racional debe claudicar, porque es el único medio que tenemos de controlar el vértigo de las pasiones, las emociones incontroladas y la pérdida de la razón a que nos conduce la brutalidad, la violencia, la muerte.

Distancia racional no tiene nada que ver con neutralidad, ni siquiera con un pacifismo angélico, santurrón o cínico. Tampoco con la politización absoluta que reduce la guerra a un mero asunto de legitimación de la propia posición, ignorando la dimensión humana, ideológica, religiosa y emocional, que pone de manifiesto el sufrimiento, la angustia, el terror, la muerte de cualquier ser humano, sea del partido que sea, de la religión que sea, del pueblo o nación que sea.

La complejidad de la guerra palestino-israelí, que dura ya más de sesenta años, no permite realizar un diagnóstico simplista y por tanto, tampoco una propuesta de solución milagrosa. Aún a costa de parecer vergonzosamente moderado, suscribo las palabras del judío Amos Oz que transcribo a continuación, pronunciadas en el 2001, pero que siguen plenamente vigentes:

“El conflicto entre israelíes y palestinos es un choque entre lo justo y lo justo, no entre lo justo y lo injusto”. “Toda batalla, toda guerra peleada por cualquier cosa que vaya más allá del derecho a la vida y la libertad es injusta”. “A los palestinos que luchan por la liberación de Palestina yo los respeto” “Con los palestinos que luchan por exterminar a Israel no puedo dialogar, de ellos voy a defenderme”. “La mayoría de la gente tanto en Israel como en Palestina sabe que el país va a ser dividido en dos estados”. “Hay cinco millones y medio de judíos en este país y no van a irse a ningún otro lado. Hay unos cuatro millones de árabes palestinos que tampoco van a hacerlo”. “Árabes y judíos no podemos vivir juntos como una familia feliz, porque no somos una sola familia sino dos, y no estamos felices juntos. Así que necesitamos trazar una línea y dividir el país en dos países. No va a ser fácil, va a doler como el infierno, pero será la solución”.

Esta es mi posición política. Otra cosa en mi opinión personal ante esta guerra concreta, absolutamente injustificada, desproporcionada, cruel y, además, profundamente estúpida. Porque no va a solucionar el problema
Porque lo va a prolongar
Porque ha provocado un dolor atroz y un sufrimiento ilimitado
Porque va a generar un antisemitismo primario
Porque lo confunde todo, el judaísmo con el integrismo religioso, el nacionalismo con el sionismo, la democracia con el terrorismo, el miedo con la libertad, la tolerancia con la debilidad, el respeto con el odio y el desprecio
Porque arrincona y no deja espacio para la acción de quienes deberían dirigir la solución del conflicto, los que piensan como Amos Oz
Porque admite la falacia de que para acabar con los cohetes de Hamás no había otra solución que esta ocupación destructiva, cuando se podían elaborar tantos planes alternativos como letras tiene el alfabeto, incluso desde la perspectiva militar
Porque encubre propósitos tan mezquinos como querer ganar unas elecciones, sostener la industria armamentística, mantener la tensión internacional de la que tanto beneficio sacan los más abyectos criminales.

Yo creo que el pueblo judío, tan perseguido y violentamente exterminado a lo largo de los siglos, no se merece una nación levantada sobre el miedo, el odio, la venganza, la humillación del otro, el fanatismo, la fascinación por el poder de las armas, la superioridad económica y la soberbia intelectual. Poco tiene esto que ver con el sueño de una nación libre, democrática, tolerante y pacífica que tantos judíos de buena voluntad quisieron hacer realidad al volver a Israel.
Arrastrados por la polarización a que esta larguísima guerra les obliga, comprendo que la mayoría se deje engañar por este delirio bélico, pero quiero pensar que un día triunfará lo más noble del judaísmo, su universalismo, su tolerancia, apertura mental e intelectual, su búsqueda espiritual, su creatividad artística.
Ojalá que, como la comunidad judía de Marruecos, los judíos disconformes de todo el mundo levantaran la voz para defender una solución pacífica, racional y equilibrada del conflicto, sin miedo a ser tildados de traidores, renegados o antisemitas. Sin miedo a que caiga sobre ellos ningún “jérem” político que los despoje de su identidad judía. Porque esta solución no es utópica, sino la única realista.

lunes, 12 de enero de 2009

QUÉ HACEN LAS PALABRAS

(Foto: S.Trancón)La palabra es una realidad física y mental a la vez. Su función tiene que ver con esta doble condición.
Por un lado, la palabra señala y sustituye al objeto; por otro, expresa y sustituye al sujeto.
La palabra va del sujeto al objeto, y del objeto al sujeto, pero no es lo uno ni lo otro.
La palabra se sitúa entre el objeto y el sujeto, los une y relaciona.

Como realidad física, la palabra es una articulación de sonidos, o sea, una serie de estímulos fugaces que el cerebro traduce e interpreta. Como realidad mental, es una serie de conexiones o circuitos neurológicos que producen imágenes interiores “abstractas”, o sea, desprovistas de la materialidad o concreción a la que se refieren.

El lenguaje se inicia con la articulación de un sonido que se asocia a un objeto separado del sujeto y sirve para señalarlo desde la distancia. Es un recurso funcional dirigido hacia los otros, una forma de indicar a otros la realidad de un objeto que uno no puede mostrar directamente.
La asociación sonido-objeto se guarda en la memoria y esto permite referirse a una realidad ausente, no visible, mediante la repetición del sonido: pasa a ser una imagen mental.

Sobre la base de la asociación y memorización de la relación sonido-objeto se construye todo el lenguaje, de ahí la tendencia natural a confundir la palabra y la cosa. El resultado es que acabamos identificando toda realidad como un “mundo de objetos”. Lo que es un instrumento útil para movernos por el mundo y relacionarnos con los demás acaba absorbiendo toda nuestra percepción y actividad mental: el lenguaje y las palabras sustituyen a la realidad, no sólo física, sino mental. Todo se convierte en objeto, incluidas las palabras mismas.

Pagamos un precio muy alto por este reduccionismo mental y físico, porque ni el mundo ni nosotros somos un “objeto”, una realidad física con límites precisos y aislados del resto de la realidad. El mundo y nosotros somos, antes que nada, una realidad y un hecho energético.

Podemos sacar muchas consecuencias de este modo de entender las palabras y la actividad mental.

Primero, evitar otorgar a las palabras un poder que no tienen: no son la realidad, ni la realidad del mundo exterior ni la realidad de nuestro mundo interior; son un sustituto de la realidad, y la realidad es siempre mucho más y algo distinto de aquello que las palabras dicen y hacen. Cuando las palabras no se acomodan a la realidad, es inútil y un error que nos aferremos a ellas.

Segundo, descubrir, reconocer y otorgar a las palabras el poder que tienen: construyen la realidad que percibimos, dan consistencia y continuidad al mundo exterior, nos permiten relacionarnos con los demás y nos ayudan a tomar conciencia de nosotros mismos.

Tercero, ser conscientes de lo que las palabras dicen y hacen, pero también:
de lo que no dicen ni hacen
de lo que no pueden decir ni hacer
de lo que nos impiden hacer y decir

La palabra es libertad y es cárcel.
Podemos percibir más que aquello que las palabras nos dicen que podemos percibir.
Podemos sentir más que aquello que las palabras nos dicen que sintamos.
Podemos pensar mucho más que aquello que las palabras nos limitan a pensar.
Podemos hacer mucho más que aquello que las palabras nos dicen que podemos hacer.
Podemos dejar de sentir, de pensar y de hacer aquello que las palabras nos inducen a sentir, hacer y pensar.

La palabra sostiene y da vida al mundo y a nosotros mismos, pero la realidad, el mundo y nosotros mismos, somos mucho más. En lugar de cosificar el mundo, a nosotros y a las palabras mismas, podemos transformar la palabra en fuente de vida, de misterio, de conciencia y conocimiento. Las palabras son un impulso para sentir, experimentar y conocer aquello que está más acá y más allá del lenguaje.

miércoles, 7 de enero de 2009

CAE LA HOJA

Foto: Agustín Galisteo


Estoy esperando a alguien en el coche. Ha salido el sol. El cielo resplandece con un azul intenso. Bajo la ventanilla del coche y respiro el aire tibio de la mañana. A mi lado se alza un plátano de hojas amarillas. Del tronco pálido se van desprendiendo trozos de corteza, como escamas. Se renueva. De pronto cae una hoja, penetra por la ventanilla y se queda a mis pies. Al posarse produce un leve ruido seco. Digo “ruido seco”; construyo una sinestesia para expresar ese sonido casi imperceptible. Como la hoja está seca, traslado la percepción visual a la sensación acústica. La hoja, que fue verde, suave y maleable, se ha vuelto marrón, frágil y quebradiza. Al romperse cruje y se desmorona. Trato así de describir lo indescriptible: el sonido. El sonido es lo más indescriptible que existe. Tienes que echar mano de otros sentidos para hablar de él. El sonido es esencialmente impermanente: el puro instante. En cuanto lo oyes, desaparece. Puedo dar cierta permanencia a lo que veo y a lo que toco, pero no a lo que oigo. Se va, vuela. Un sonido prolongado es una sucesión de sonidos. El sonido es una vibración del aire que llega a nuestro tímpano y ahí produce un estímulo que luego el cerebro transforma en sonido. Se produce al chocar una materia con otra, se desprende de ese choque y llega, como una sucesión de ondas, a nuestro nervio acústico. En realidad es una sensación táctil. Cómo convierte nuestro cerebro esa sensación física en sonido es algo inexplicable. ¿Y todos los matices, intensidades, tonos, alturas, timbres..., que podemos llegar a distinguir? ¿Todo basado en la simple vibración del aire bajo la forma de ondas? El sonido es totalmente invisible, impalpable y fugaz, sin embargo, ahí está. El sonido es el vacío puro, la nada más real. Cojo la hoja por el rabillo y la observo: tiene forma de corazón, por el envés está llena de venas, finísimos surcos que puedo palpar con la yema de mis dedos. Hay una línea más saliente que divide la hoja en dos partes simétricas. De ella parten muchas ramificaciones hacia los lados y bordes, que a su vez se van dividiendo en venas más finas hasta cubrir la hoja entera. Descubro que todos estos canalillos están interconectados: puedo empezar en cualquier punto y recorrer todos los surcos de la hoja entera. Una molécula, un electrón, podría recorrer toda la hoja siguiendo estos caminos. Todo está conectado con todo. Así nuestro cuerpo. La vida es ese flujo constante de energía que circula por todo nuestro ser recorriendo circuitos que van de lo más grande a lo más pequeño e invisible. Si se obstruye ese flujo en un punto, la energía se para, tiene que dar un rodeo, y allí donde no llega, esa zona acaba muriendo. La serenidad, la ausencia de tensión, es el secreto de la salud. La preocupación, la ansiedad, el miedo cierran el flujo de la energía, bloquean, obstaculizan el paso de la energía vital. Provocan una muerte no natural. La otra muerte es la de la hoja, la que se produce cuando se agota la fuente de la energía que la sostiene, la de la tierra, la del universo entero al que estamos conectados. Invisible, como el sonido, pero tan real e incomprensible como el leve crujido de la hoja que acaba de caer a mis pies.

sábado, 3 de enero de 2009

SUFRIR O NO SUFRIR



El dolor físico es inevitable e imprescindible para la supervivencia.
El dolor psíquico o sufrimiento cumple también una función de alerta y prevención.
Digamos que todo esto, dentro de ciertos límites, es natural.

Pero no es este dolor el que nos hace infelices, sino otro, mental, que empieza y acaba en nuestro cerebro, aunque se traslade inevitablemente al cuerpo. Me refiero a todo el sufrimiento que nos produce la preocupación, el miedo en sus infinitas manifestaciones: miedo a la desgracia, a la enfermedad, a un accidente, a una agresión, a la pobreza, la humillación, el desprecio, la separación, la vejez, la muerte, etc.

La preocupación es el temor al futuro, la angustia ante una amenaza imaginada, anticipada, prefigurada. Detrás de toda preocupación siempre está la preocupación por uno mismo, por la imagen de sí, por su yo. El yo se alimenta de la preocupación por uno mismo. El sufrimiento, la preocupación, sostiene al yo. Me preocupo, sufro con esa preocupación, y esto me da la sensación de que existo, de que tengo continuidad. Estoy ansioso, preocupado, sufro, luego existo.

Este sufrimiento es un engaño, porque no sirve para nada. No estamos mejor preparados ante lo inesperado, lo imprevisible, la amenaza, cuando nos preocupamos, nos angustiamos e imaginamos la desgracia anticipándola en nuestra mente. Es un mecanismo equivocado por ineficaz.

El presente es también otra fuente de sufrimiento mental. Todo lo que no nos gusta de nuestro presente nos produce malestar, angustia. Quisiéramos destruirlo violentamente para alejarlo de nosotros. La agresividad reprimida engendra sufrimiento. Pero ante el presente inevitable la actitud más racional es la aceptación consciente, no el impulso infantil de la rabia destructiva.

El pasado es también otro pozo del que extraemos sufrimiento mental, autocentrado, ensimismado. Todo lo que no hicimos o hicimos mal nos causa dolor, angustia. Y nos enredamos en ello constantemente.

Insisto: todo este sufrimiento por el futuro, el presente y el pasado, no es más que una construcción mental, algo que hemos aprendido y que ha acabado convirtiéndose en un hábito psicofisiológico, un estado de ser que se ha instalado en nuestro cuerpo produciendo agitación, angustia, preocupación y ansiedad permanentes.

Pero podemos modificar esta necia actitud, este despilfarro de energía y atención. Podíamos resumirlo en algunos principios generales:

-Aceptación total y consciente de todo.
-El enfado, la rabia, la violencia no son más que reacciones infantiles, una pérdida estúpida de energía, un mecanismo perverso y autodestructivo.
-No engancharse a la preocupación, sea del tipo que sea. La preocupación es adictiva, no te agarres a ella, déjala fluir, suéltala.
-Actúa. La acción exige la atención inmediata a lo que se está haciendo. Actúa constantemente. Pensar es también actuar. No te quedes parado, paralizado, absorto en el pasado o el futuro.
-No trates de controlar todo, y menos el futuro. La única forma de influir sobre el futuro es actuando sobre el presente.
-Dale la vuelta al sufrimiento: cuesta más alimentar el sufrimiento que colocar en su lugar la aceptación, la serenidad, la confianza y el disfrute de todo lo que te rodea, que es infinito.

Ser o no ser, sufrir o no sufrir. No te engañes. No por sufrir eres más, eres tú. Tu continuidad no necesita asentarse sobre el sufrimiento; también puede basarse en el disfrute, el goce silencioso de todo.

domingo, 28 de diciembre de 2008

¿PODEMOS CAMBIAR?

(Foto: Carlos Guzmán)

Acaba de pasar el solsticio de invierno, la noche más larga del año. La luz empieza a vencer a las tinieblas. Sigamos el ritmo de la naturaleza que nos invita a renacer, a un proceso general de renovación. ¿Es posible? Lo hace nuestro cuerpo, que renueva constantemente todas sus células. Hasta las neuronas, en contra de lo que antes se afirmaba, pueden hacerlo.

La fuerza de la repetición es, sin embargo, muy poderosa. ¿Podemos cambiar?
Para cambiar, primero hay que estar convencido de que necesitamos cambiar, evolucionar. Siempre, en todo momento, podemos y necesitamos cambiar. No somos seres acabados, cerrados, hechos, sino cambiantes, evolutivos.

El intento es la fuera que nos permite cambiar. Intentar lo que deseamos. Intentar actuar, pensar y sentir de modo distinto, más libre, más consciente, menos rígido, menos previsible, menos programado, más abierto a todo lo que ocurre a nuestro alrededor, que siempre está cambiando, aunque nos neguemos a verlo y aceptarlo.

Intentar es “poner en foco”, enfocar en algo toda la atención y dejar que nuestra energía se dirija hacia ello. Más que voluntarismo o sobresfuerzo, es concentración y persistencia, un desear sin desear, un actuar con total determinación y abandono al mismo tiempo, pensando en lo que hacemos más que en los resultados.

El intento no se centra en uno mismo, sino en lo que se intenta. Más que sacar fuerzas de uno mismo, lo que busca es conectar con algo que preexiste fuera, una fuerza que contiene todas las formas y posibilidades de existencia. Intentar es conectar con esa fuerza que hace posible el paso de lo posible a lo real. El intento es conciencia pura, la fuerza que sostiene todo lo que existe y todo lo que puede existir. No una ilusión, sino una prefiguración.

El verdadero arte nace de una conexión invisible e inexplicable con esa fuerza. El verdadero artista lo sabe, y por eso no se deja atrapar por un arte egocéntrico o egomaníaco, sino objetivo, expresión de algo impersonal y universal.

La obra de arte más importante es uno mismo. Intentar llegar a ser la obra de arte que esa fuerza del intento, nuestro destino, contiene como prefiguración o posibilidad. Conectar con eso que podemos llegar a ser. Intentar cambiar para perfeccionar la obra de arte que somos.

No caminamos hacia la decadencia, sino hacia la perfección. Es otra forma de entender el paso inexorable del tiempo.

lunes, 22 de diciembre de 2008

ORIGINALIDAD DE EL QUIJOTE

(Foto: S.Trancón

Alguna vez leí que Dios creó al hombre para que le contara historias.
Cuando leo el Quijote siempre me acuerdo de ello.

Porque el Quijote es una historia de historias, un cuento de cuentos, las mil y una historias. Todos los personajes del Quijote cuentan algo, se pasan el rato contando historias: lo que han visto y oído, lo que han creído ver y oír, y lo que otros dicen que han visto y oído. Muchos cuentan lo que otros cuentan, y con frecuencia remiten a lo que unos y otros han leído. Cuentan, comentan, interpretan y discuten sobre esas historias, si son o no son verdad, ficción, invención, engaño o encantamiento.

Cervantes quiere transmitir al lector la idea de que hay dos formas de contar los hechos: una, puramente fantástica e inverosímil, y otra, verdadera y verosímil, porque se ajusta a los hechos. Pero ¿cómo distinguir entre una y otra? Aquí es donde Cervantes nos enreda hasta confundirnos por completo, porque sólo puede apelar a un criterio: la fiabilidad de las fuentes. Como todo es un cuento de cuentos, el único que puede distinguir la verdad de la ficción es el autor, el propio autor de la historia. Pero aquí viene el problema, porque ¿quién es el “autor” del Quijote?

El principal autor (ficticio) es Cide Hamete Benengeli, pero Cervantes se olvida con frecuencia de él y habla de “autores”. También, cuando le conviene, atribuye a los “traductores” algunas discrepancias del texto. Y cuando un hecho le parece demasiado inverosímil acude a un “yo” que se supone es el responsable último del texto, pero en realidad no lo es, sino sólo quien ha hallado el manuscrito o manuscritos originales y los ha mandado traducir. Con esta maraña de “autores” el verdadero autor-narrador se camufla, se disuelve, se esfuma. La supuesta fuente que da autoridad a todo, se escapa, porque no hay forma de remitir a un autor o una voz exterior al texto la responsabilidad del mismo. Así que el mecanismo inventado para distinguir entre verdad y ficción es una trampa, el texto sólo se puede fundamentar en sí mismo. El criterio de verdad remite al propio texto, que sabemos es ficción.

Sólo hay una forma de entender todo este maravilloso lío: el Quijote es una historia que se cuenta a sí misma, incluso que se lee a sí misma. No remite a una sustancia externa (la verdad de los hechos), porque esa sustancia es parte de la propia historia, del propio cuento. El mundo no es más que un cuento contado por todos para el disfrute de todos. No tiene otra sustancia que la que la palabra le otorga. ¿Cómo es posible esto, si los propios narradores son parte de la historia contada, están dentro del cuento?

Es aquí donde el Quijote adquiere para mí el mayor interés, porque es una manifestación del mayor atributo de la divinidad: la conciencia de sí mismo. La realidad última, la sustancia última de todas las historias, hechos y cuentos en que consiste nuestra vida no es más que una creación de la conciencia, un juego de la pura conciencia de sí mismo.

Tomando una frase del propio libro, podemos decir que el Quijote es una historia de “sueños contados por hombres despiertos”. Lo único real son esos hombres despiertos que cuentan sus sueños, sus fantasías, sus locuras, y las de otros. Sueños que algunos pretenden hacer realidad, como don Quijote y Sancho, o simplemente divertirse y disfrutar con ellos, como los duques y hasta el cura y el barbero. En último término, la locura sui generis de don Quijote (que sólo lo es en parte) no tiene más que causas orgánicas, pues todos los disparates son producto de “estómagos vacíos y cerebros llenos de aire”. Lo único real es nuestro cuerpo, que es puro misterio.

jueves, 18 de diciembre de 2008

UN POEMA DE FELICITACIÓN

(Foto: Agustín Galisteo)

Mis mejores deseos de bienestar, energía, conciencia y serenidad, para estos días, y para todos los que el destino nos depare.

Un poema de mi libro inédito DE NOCHE Y DÍA EL PEREGRINO


Era una luminosa mañana de noviembre,
tan suave la luz y la ternura púrpura de las hojas,
como plumas de una purísima garza,
que el peregrino alza la vista
a la más alta rama del árbol del mundo
en que anidan todos sus anhelos,
empujado, movido por un viento
que viene de la eternidad.
Sólo en esos momentos sabe
que aún no está perdido.

domingo, 14 de diciembre de 2008

FELIZ PRESENTE

(Foto: Agustín Galisteo)



Eckart Toole escribió un eficaz libro titulado “El poder al ahora”, que recomiendo especialmente en estas fechas en que ritualizamos el paso del tiempo. Nos recuerda cosas que todos sabemos, pero que conviene repetirnos de vez en cuando.

El futuro es una construcción mental. También lo es el pasado. En el mundo real sólo existe el ahora. Y el ahora es el instante. Imaginamos la continuidad y a eso le llamamos tiempo. El tiempo es la continuidad del instante y, como tal, lo consideramos infinito, eterno. Como recordamos el pasado y podemos imaginar el futuro, caemos en la trampa de que ese pasado y ese futuro existen fuera de nuestra mente.

Nada tendría de malo este modo de proceder si no nos alejara del ahora, si no nos dejáramos absorber por lo que recordamos del pasado y por lo que prefiguramos del futuro. Dejamos atrapada ahí, en lo que ya no existe y en lo que todavía no ha llegado, toda nuestra energía y atención. Dejamos de estar presentes, dejamos de ser reales para convertirnos en seres del pasado o seres virtuales.

Pero sólo podemos actuar ahora, nada podemos hacer fuera del presente. Puedes traer el pasado al presente para desengancharte de él, nada más; para no dejarte absorber por él, por esos recuerdos que quieren existir más allá del ahora en que ocurrieron. Puedes imaginar el futuro para intentarlo ahora, para hacer ahora algo que pueda hacer posible ese futuro imaginado, pero no para hundirte en él, no para evadirte del ahora.

El ahora es todo lo que tienes y todo lo que eres. No hay nada fuera del ahora. No hay ninguna posibilidad de actuar sobre el pasado ni sobre el futuro. El ahora es completo, inabarcable, infinito. En el ahora está todo lo que necesitas. ¿Por qué nos resulta tan difícil anclarnos en el ahora? Porque nos creemos eternos, porque quisiéramos ser eternos.

Quien se considera eterno puede permitirse el lujo de despreciar el ahora. Pero el ahora es todo y lo único que tenemos. Un instante, y nada nos asegura que seguiremos vivos al instante siguiente. Un instante es nada. El ahora es la muerte, el vacío. Sólo podemos aceptar el instante, la nada, pero al hacernos conscientes de él, nos volvernos todo lo reales que somos, nos hacemos realmente presentes en cada momento.

Quien así es consciente actúa sin miedo, sin dudas, sin reservas, y aprovecha todos los momentos de su vida, los dilata, los llena de intensidad, la única forma que tenemos de vencer al tiempo.

martes, 9 de diciembre de 2008

ENERGÍA Y PERCEPCIÓN

(Foto: Agustín Galisteo)

La definición de energía de Einstein solemos entenderla en sentido cósmico o macrocósmico. Vemos una masa moviéndose a una velocidad inconcebible y de ahí sale la energía. Pero también vale para lo más cercano, para entender lo que ocurre en nuestro cuerpo, que es una masa que produce energía y que, por tanto, también algo en nuestros átomos y moléculas se mueve a esa inconcebible velocidad. Puro enigma, como la fórmula de Einstein, ya lo dije.

Pero si es así, pues yo veo que la energía, lo mismo que produce calor, puede producir conciencia. Al fin y al cabo, el calor es algo tan abstracto como la conciencia. Yo noto el calor gracias a mi piel, pero del mismo modo noto que me estoy dando cuenta de lo que siento o percibo gracias a mi cerebro.

El asunto complicado es comprender cómo esa energía percibe y se da cuenta de que percibe. Tiene que haber una explicación del mismo nivel que todo lo anterior, más o menos “física”. Me explico.

Si somos un conglomerado de campos de energía “organizada” a modo de filamentos, ondas o “cuerdas”, autocontenida, pues en alguna parte de esa esfera tiene que haber una zona de contacto con el mundo exterior, con la energía que nos rodea y que constituye el mundo, y ese contacto es lo que produce la percepción. Hay un punto, una abertura, que nos permite “encajar” nuestra energía con la energía exterior. A esto le podemos llamar “alineamiento” de fibras energéticas o filamentos. El “chispazo”, el contacto es lo que produce la percepción, el darnos cuenta, como si se tratara de una sinapsis que permite el paso de la energía por un circuito neuronal.

Lo que más me interesa de todo esto, es comprobar que esta explicación permite entender por qué pasamos de un estado de conciencia a otro, de un estado de ánimo a otro, de un modo de percibir la realidad a otro, y aquí caben todos los modos extraños de percibir, de sentir y de actuar, incluidos los que juzgamos patológicos o místicos, cotidianos o extraordinarios, delirantes o depresivos, altruistas o mezquinos.

Al cambiar el lugar en el que se produce ese contacto, ese encaje de la percepción, pues lo que vemos y sentimos es un mundo diferente, porque la energía alineada es diferente.
Y son casi infinitos los lugares a los que se puede “mover” ese punto luminoso, donde se concentra nuestra energía para producir la percepción consciente. Tan infinitos como los mundos que podemos percibir, todos igualmente reales, tan reales como el mundo de todos los días, ése que hemos aprendido a percibir de modo estable al fijar nuestro “punto de encaje”, todos, en el mismo lugar.

Hay muchos “lugares”, dentro de nuestra esfera energética, a los que se puede desplazar esa abertura que nos hace percibir. Señalaré algunos:

-El de la preocupación por uno mismo (el más común).
-El de la razón (mucho menos común de lo que suponemos)
-El del conocimiento directo o la conciencia pura (sólo lo podemos mantener durante un tiempo muy limitado)
-El de la atracción por la materia y los objetos (origen del materialismo capitalista)
-El del sexo (el placer del cuerpo).

Todos estos centros de la percepción producen a su alrededor una constelación de pequeños desplazamientos que explicarían la infinidad de conductas, sentimientos y percepciones que podemos experimentar. También se pueden producir “saltos” de un lugar a otro. La conciencia es ese darnos cuenta de dónde se sitúa en cada momento nuestra percepción, dónde se fija y hacia dónde se desplaza. La conciencia nos permite hablar de la “relatividad de la percepción”.

A todo esto yo lo llamo “teoría de la relatividad de la percepción”. En el fondo no es más que una consecuencia de la teoría einsteiniana.

viernes, 5 de diciembre de 2008

ENERGÍA Y CONCIENCIA

(Foto: S.Trancón)
La conciencia depende de la energía.
La conciencia emerge de la energía, como los colores de la materia al ser atravesada por la luz.
El color “emana” de la materia al absorber las ondas y partículas de la luz.
Nuestro cuerpo absorbe la energía que llega del universo y de él “emana” la conciencia.

Los diversos niveles de conciencia dependen de la cantidad de luz y energía que recibimos del cosmos y de la absorción que de ella realiza nuestro ser.
Según el tipo de energía que recibimos, absorbemos o dejamos que nos traspase, así nuestro nivel y tipo de conciencia. Quien está encerrado en sí mismo y construye un escudo, una pantalla para protegerse, acaba ahogándose dentro de su propia coraza, como el coleóptero Gregorio Samsa.

La conciencia es el color, algo que no existe en la materia, pero que emana de ella.
Viene del vacío. Dice el budismo: “El color es lo vacío y lo vacío el color”.
La conciencia es una vibración, una tonalidad de energía.
Estamos rodeados de conciencia, de vibraciones de energía.

Somos receptores y repetidores de energía. Difundimos a nuestro alrededor las vibraciones de la energía que en cada momento absorbemos, nos agita y traspasa.

La energía es algo más que la materia o la masa. La materia es energía compacta, pero la energía es mucho más que materia. Es también la antimateria, la materia oscura y la energía oscura, ese mundo del que empezamos a saber algo, pero que sólo podemos expresar mediante metáforas y números.

E=mc2: No hay fórmula matemática más mística, esotérica o cabalística, porque no hay modo de definir ninguno de sus términos. La energía es la masa a la velocidad de la luz al cuadrado. ¿Dónde acaba la masa y empieza a transformarse en energía? ¿Cómo lo hace, como se transforma, y en qué? ¿Y la luz? Es onda y partícula… ¿Y cómo puede eso ir a velocidad alguna? Pero podemos traducirlo en números, y entonces pues sí, hacemos predicciones y se cumplen. Eso es todo. Pero no hay modo de saber “realmente” qué es eso de la energía, la luz, la masa, la materia, la materia oscura, la antimateria y la energía oscura.
Si miramos con un microscopio potentísimo acabamos descubriendo la nada, el vacío. Este es nuestro lenguaje, el de hoy, el que sustituye a otros del pasado que quisieron decir lo mismo. Parece frío y objetivo, pero no es nada si no nos lleva hacia ese lugar de la conciencia que todo lo ilumina y da sentido. El lugar del “conocimiento sin palabras”, porque también se puede pensar y conocer sin palabras. Parece difícil, pero es algo de lo que todos tenemos experiencia.
Recuérdalo, amigo, e inténtalo.

lunes, 1 de diciembre de 2008

ALGO SOBRE EL JUDAÍSMO HISPANO

(Foto: S. Trancón)

Confieso que cada día me apasiona más el tema del judaísmo hispano. La historia que hemos aprendido en el bachillerato es una perversa inducción a la anorexia mental, o sea, que promueve la amnesia de lo que históricamente hemos sido.

Como viajero curioso, en mi veraniego paseo por tierras leridanas descubrí hace dos años el nombre de tres pueblos que llamaron mi atención: Torá, Osso de Sió y Guimera. Cada día aparecen restos de nuevas aljamas o juderías en nuestro país. Hasta en mi pueblo, Valderas, me acabo de enterar que existió un aljama con sinagoga. Por eso no me ha extrañado que estos tres nombres todavía no figuren en la lista de posibles juderías olvidadas.

El nombre de Torá parece claro que se refiere a la Torá judía, el texto sagrado sobre el que se asienta el judaísmo. El pueblo me llamó mucho la atención. Mantiene un casco antiguo lleno de arcos, calles estrechas y laberintos, a pesar de tener poco más de trescientos habitantes. Al contrario de todos los pueblos de la zona, no está enclavado en lo alto de un cerro, sino al fondo de un pequeño valle, rodado de altas montañas, como camuflado en el paisaje. Las callejuelas dan a una plaza donde mana una fuente, con un gran pilón que servía de lavadero, y unos castaños altísimos, robustos y frondosos alrededor. En dos puntos distintos se pueden leer estas inscripciones: “Plaza de la República, 1931-1939”, y “En recuerdo de la visita de Alfonso XIII en 1907 con motivo de la gran inundación”. Yo no sé cómo cayó por aquellos inhóspitos contornos Alfonso XIII, pero su visita, que debió impresionar a los vecinos, no dejó huella suficiente como para impedir el activo republicanismo de toda la zona. Por un castillo cercano, el de Vicfred, pasaron también y durmieron Felipe V, el borbónico Carlos de las guerras carlistas y hasta el fugaz Amadeo de Saboya, camino del exilio, aunque más bien se iba para su casa.

No visité el pueblo de Osso de Sió, pero Sió no puede referirse, creo yo, más que a Sión, la tierra prometida del sionismo. Y Guimera, otro pueblo sorprendente, igualmente laberíntico, lleno de casas con intricadas cuevas en su interior, ocultas en las profundidades de la ladera rocosa, pienso que se relaciona con la Guemerá, otro libro judío que, junto con la Mishná dará lugar al Talmud, otro de los fundamentos del judaísmo.

El judaísmo alcanzó su edad de oro en Sefarad, España, entre los siglos X y XIII. Todo lo que aquí dejó todavía no ha sido reconocido y permanece en gran parte ignorado y activamente silenciado. A mí me parece un olvido tan empobrecedor que no quiero pasarme ni un día más sin intentar repararlo. Ya sé, por ejemplo, que en mi tierra, León, vivió el gran Moisés de León, que escribió uno de los tratados de la Cábala más importantes, el Zóhar (el Resplandor), libro, por desgracia, prácticamente inaccesible. O curiosidades, como una relacionada con los nombres de Dios, a que hice referencia en una entrada anterior. Los judíos no podían (ni pueden) pronunciar el nombre de Dios, pero una vez al año, el Día de la Expiación, creo que el sumo sacerdote, cuando aún existía el templo de Salomón, podía entonar los 72 nombres secretos de Yahvé, pero para que el pueblo no lo oyera, se hacía un gran ruido alrededor del templo con cacerolas y escudos. Decían que de este modo ayudaban a Dios a crear otros mundos.