MIS LIBROS (Para adquirir cualquiera de mis libros escribir a huellasjudias@gmail.com)

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miércoles, 18 de junio de 2008

INTENSIFICAR LA VIDA (I)

(Fotos: S.Trancón)


La mayor amenaza de la vida es la pérdida de energía. Todo contribuye hoy a que nos quedemos vacíos, sin ánimo ni ánima: la abrumadora presencia de estímulos de todo tipo, agresivos y caóticos, incontrolables, que nos rodea; la renovada frustración que esta sobreexcitación compulsiva provoca; la imposibilidad de cambiar realmente nuestras condiciones de vida, el miedo larvado, la inquietud ante el futuro, la falta de una comunicación placentera con los otros, los riesgos físicos, la enfermedad…
Lo más normal es que la mayoría sucumba y viva en un estado de “depresión ansiosa”, en el que la poca energía de que disponemos se estanca y obliga a encerrarnos en una mayor preocupación por uno mismo.

Cuando se es joven y se experimenta esta pérdida de energía, se siente la imperiosa necesidad de salir de la angustia que provoca, y el camino más fácil es el de las drogas: drogas excitantes y a la vez tranquilizadoras, un círculo infernal. No se puede aceptar la contradicción entre ser joven y sentirse tan débil y abatido, agresivo y ansioso.

Lo cierto es que la vida actual, con su agotadora sobreexcitación inútil, provoca depresión física, el tedio profundo, el mortal aburrimiento a que conduce siempre la falta de energía. El entusiasmo, el interés, la ilusión, la pasión por lo que vemos y hacemos en cada momento, sea lo que sea, es imposible sin una predisposición energética, sin un fondo de sostenida atracción física por el mundo, sus maravillas y misterios.

Sé avaro de la energía, no aceptes perderla sin ton ni son, a tontas y a locas: es algo que me repito con frecuencia. Hay un método infalible para saber si algo o alguien, en lugar de revitalizarnos, nos deprime o nos obliga a despilfarrar estúpidamente la energía: preguntar al cuerpo cómo se siente después de cada encuentro, de cada acto, de cada pensamiento o emoción. ¿Me siento mejor, o peor? ¿Con más o con menos energía, ánimo o entusiasmo?

Aprender a vivir y gozar, es aprender a huir de todo lo que nos degrada o deprime física y orgánicamente, ya sea un amigo, un libro, una película, una calle, una canción, una bebida, un partido de fútbol o una corrida de toros. Y por el contrario: aprender a descubrir y aprovechar un libro, una conversación, un atardecer, un bosque, un silencio, un cuadro, lo que sea, que de verdad nos da ánimo y energía, nos revitaliza, serena y despierta una pasión callada por todo cuanto nos rodea.
(Continuará)

lunes, 16 de junio de 2008

PENSAMIENTO, LENGUAJE Y CUERPO

(Fotos:S.Trancón)




La neurociencia trata de comprender cómo ha surgido el pensamiento y el lenguaje. Una teoría que me gusta dice que el “pensamiento es la interiorización evolutiva del movimiento”. (Rodolfo R. Llinás en El cerebro y el mito del yo, p. 41). Relaciona mente, lenguaje y cuerpo, poniendo el acento en el movimiento corporal y muscular. Al interiorizar los movimientos musculares que generan los estímulos externos, el cerebro acaba creando sustitutos neuronales, o sea, estímulos internos. Las redes y memorias neuronales (patrones de acción fija de origen motor) se convierten así en la base del pensamiento y la conciencia.

El lenguaje tendría, por tanto, un origen motor, y sería una exteriorización sustitutiva de la activación muscular. El pensamiento habría dado lugar al lenguaje, y el lenguaje al pensamiento. Aunque no sean lo mismo, tendrían un origen común y dependiente: la activación muscular que generan los sentidos.

Por tanto, lo decisivo fue nuestra extraordinaria capacidad sensorial, receptiva, perceptiva o sensorial. Esta actividad generaría otra actividad interna igualmente extraordinaria capaz de transformar la estimulación en sensación, y la sensación en percepción y conciencia.

¿Qué ha pasado para que nos hayamos convertidos en seres encapsulados, autistas, encerrados en un yo obsesivo y tímido, estando como estamos tan capacitados para percibir el mundo exterior? Que la estructura cerebral ha absorbido toda nuestra actividad sensorial, limitando la percepción a la repetición de los patrones fijos y automáticos. Así, sólo percibimos lo que hemos aprendido a percibir, sólo pensamos lo que hemos aprendido a pensar, sólo sentimos lo que hemos aprendido a sentir. Es una reacción natural guiada por supervivencia ante la enorme cantidad de estímulos internos y externos que recibimos a cada instante. También, porque el lenguaje y la mente tienen una gran capacidad para llegar allí donde no llegan los sentidos y crear un mundo virtual o interno.

Son muchas las consecuencias de todo esto, si es que ha ocurrido efectivamente así. Lo que más me interesa ahora destacar es ese origen corporal y motor del lenguaje, que me sirve de fundamento para defender lo que he llamado el sentido orgánico de la lengua. Detrás de cada palabra hay un movimiento muscular interiorizado, por eso hablar, escribir y leer no es sólo un pasatiempo, sino una actividad orgánica y, como tal, puede ser saludable o perniciosa. Porque lo que más necesita nuestro cuerpo en una activación muscular y neuronal en la que la energía fluya y no queda bloqueada, estancada, contraída. El origen de toda enfermedad (física y mental) está ese colapso o bloqueo energético. Este principio, base de toda la medicina oriental, es algo que ya no niegan ni nuestros cirujanos.

viernes, 13 de junio de 2008

SOBRE EL SENTIDO MUSICAL DE LA LENGUA

(Foto: R. Esteban)


Todas las lenguas tienen un sentido musical, rítmico, sonoro y fonético propio, que las distingue de otras. Digo sentido para referirme a eso que se siente al oírlas y pronunciarlas. Tiene que ver, sobre todo, con la energía implicada en los ritmos respiratorios, musculares, articulatorios. Toda lengua es orgánica, porque su uso arrastra o exige una actitud corporal determinada.

El español es una lengua orgánicamente impulsiva, pero, al mismo tiempo, quizás como contrapartida a esa extroversión y compulsión fonética y vocálica, también es una lengua fluida, que busca la serenidad del arroyo que baja alegre entre peñascos, desprendiendo un aroma vegetal intenso y subyugante. Se mueve entre esos dos polos, y es buen escritor quien sabe combinarlos armónicamente.

Esta característica del español, tan ligado al cuerpo, la respiración y el oído, es algo que ningún hablante ni escritor puede ignorar o despreciar por capricho. Se nos impone internamente, de tal modo que nuestro cuerpo reacciona de modo inmediato ante una ruptura brusca de esa musicalidad interna de la lengua. Del mismo modo que detectamos una incorrección fonética, morfológica y semántica de forma automática, porque tenemos interiorizadas las leyes de articulación fonética, construcción morfológica y oposición semántica, así detectamos igualmente el sonido cacofónico, el tono inapropiado, el ritmo forzado, asmático o sincopado, la derivación arbitraria, la combinación chirriante de palabras, los sintagmas gramaticalmente correctos pero asemánticos, etc.

Vienen estas reflexiones a propósito de las miembras de la señora ministra, ya comentadas. Argumentan algunas académicas y académicos (los menos) que con el tiempo acaban aceptándose palabras que al principio nos suenan mal. Este relativismo auditivo ignora que precisamente una lengua viva y creativa, como lo es el español, busca siempre soluciones que no rompan nunca esas leyes internas y orgánicas de las que estamos hablando. Nunca introduce ni acepta cuerpos extraños ni agentes patógenos que destruyan la estructura básica y musical en la que se fundamenta. Y siempre encuentra la mejor solución.

Todo esto suponiendo, claro, que el oído, el cuerpo, la actitud orgánica de los hablantes y su sentido de la lengua no estén tan pervertidos que ya les dé lo mismo decir miembros que miembras, pilotos que pilotas, pelotas que pelotos, etc. Escribir es, antes que nada y sobre todo, respetar, revitalizar y dar sentido orgánico a la lengua. Aquí radica la verdadera creatividad.

miércoles, 11 de junio de 2008

MIEMBROS Y MIEMBRAS

(Foto: R.Esteban)
La ministra de Igualdad ha hablado en las Cortes de los “miembros y miembras de esta Cámara”. Desde aquello de “jóvenes y jóvenas” no me habían chirriado tanto los oídos. Es tan obsesiva la militancia feminista en su lucha contra el machismo y la desigualdad, que no para en reparos gramaticales. Hay que desterrar de la sociedad y el lenguaje todo atisbo de discriminación, afirman. Y estoy de acuerdo. Pero ¿tiene esto algo que ver con esos disparates lingüísticos y semánticos de “miembras” y “jóvenas”?

Usar estos términos, y tratar de imponerlos con soberbia mesiánica, arrojando sobre los que se oponen a ello la sospecha de machismo, es algo sencillamente no tolerable ni democrático. Digo no democrático, porque se trata de un tipo de imposición arbitraria y que va contra la estructura y funcionamiento mismo de la lengua, acaso lo más radicalmente democrático que exista, porque es fruto del uso de todos los hablantes de una lengua, sin distinción.

Que la lengua se use para discriminar, dominar y engañar, no quiere decir que la lengua sea discriminatoria, autoritaria y mentirosa. Lo serán los que así la usan, lo mismo que lo son quienes pretenden imponer esa moda de feminización violenta de todos los términos gramaticales masculinos no marcados, como son “miembro” y “joven”. Nadie, al utilizar la palabra “miembros” o “jóvenes”, está pensando en establecer discriminación léxica ni social de ningún tipo. Quienes (quienas) así piensan me recuerdan mucho a esos curas (curos, mejor) que ven en todo sexo y perversión encubierta, pecado de intención y omisión.

Pues no. La lengua tiene sus leyes, basadas en la economía, la oposición y el contraste. Se trata de un asunto gramatical. Los límites los impone la lengua, no la ideología machista. Los límites los impone el uso, la comunicación, la eficacia y la simplicidad. Arrojar sobre la lengua el pecado de la discriminación es como culpar a Dios del cambio climático, por decir algo.
Aceptar estos usos es introducir forzadamente en la lengua una estructura distorsionante, disgregadora, mentalmente confusa, que pretende universalizar una oposición basada en el sexo (so pretexto de combatir los males del mal llamado género), y no en el género gramatical (cosa muy distinta), que lo que la lengua establece. Llevado al extremo, nos impediría hablar. Por ejemplo:

“Miembras y miembros de esta Cámara y este Cámero: estoy aquí para anunciarlas y anunciarlos que desde ahora quedará abolida toda palabra discriminadora y todo palabro discriminador. Debemos desterrar del lenguaje y la lenguaja todo atisbo y abisba de sexismo y sexisma. Sobre todo entre los jóvenes y las jóvenas de nuestra matria, etc.”

P.D. Allí donde la ampliación del lenguaje sea útil y necesaria, el lenguaje la aceptará de forma natural. Ejemplo: ciudadanos y ciudadanas, alcaldes y alcaldesas, ministros y ministras. Pero no médicos y médicas, por ejemplo, o soldados y soldadas. Politizar e ideologizar todo es tan estúpido como ignorar la influencia de la política y la ideología en… casi todo.

sábado, 7 de junio de 2008

ZORRO CON BOCADILLO Y MANZANA EN LA BOCA

(Foto: S.Trancón)
Hoy he visto a un zorro con un bocadillo y una manzana en la boca. Caminaba con el bocadillo atravesado en sus fauces, al mismo tiempo que cogía una manzana con los dientes de su hocico. Para colmo, el bocadillo iba metido en una bolsa de papel blanco. La baguette asomaba por un lado. Lo habíamos visto media hora antes por una ladera de la montaña, caminando en línea recta entre unos robustos castaños. Nos sorprendió y alegró mucho descubrirlo. No siempre se ve a un zorro, uno de los animales más huidizos, al menos hasta ahora. Especulamos sobre qué comería: culebras, pájaros, algún conejo… incluso ranas. Habían empezado a croar en un gran estanque del bosque de la Herrería, en el Escorial, por donde caminábamos. Ya de regreso, al dar la vuelta a un recodo, lo vemos venir por un lado de la carretera. Y traía aquello atrapado entre los dientes. Se paró, alzó la cabeza, nos pusimos con el cuerpo ladeado, sin encararlo, quietos, y continuó su camino. Pasó a nuestro lado y se adentró por una senda hacia la espesura. Era de color marrón claro, con altas orejas y una cola peluda. Tenía una mirada limpia y serena.

¿A quién le había robado la merienda? No vimos a nadie por los alrededores. Estaba claro que había olido aquel bocata desde kilómetros y con la mayor astucia y sigilo se lo había llevado a la boca. ¿Dónde lo encontró? No hay por allí papeleras ni bolsas de basura. ¿Por qué, además, se llevaba también una manzana, colocada en su hocico como la nariz de un payaso? ¿Para equilibrar la dieta?

Soy consciente de que pensarás que me lo estoy inventando sobre la marcha. Pero no, es rigurosamente cierto. ¿Es un signo de decadencia, esto de ver a un zorro tan urbano? No sé, quizás simplemente sea señal del desconcierto de los animales llamados salvajes, cada día más obligados a sobrevivir en medios para ellos extraños. Como esos buitres que empiezan a sobrevolar Madrid. Yo ya los he visto, y no son, tampoco, una leyenda urbana. Que sobrevolaran Bagdad no me extrañaría, ¿pero Madrid? Pues sí. Ya dijo el poeta, hace muchos años, que Madrid era una ciudad de un millón de cadáveres. A lo mejor es por eso.

miércoles, 4 de junio de 2008

EL PENSAMIENTO INÚTIL

(Foto:S.Trancón)
Suelo meditar por la noche, antes de irme a dormir y soñar. Realizo unos cuantos movimientos (tengo “archivados”en mi cuerpo centenares, pues he practicado durante años “tensegridad” y “to-de”) y adopto luego una postura llamada “del árbol”, abrazando la energía que recogen mis brazos. Así paso cerca de media hora. Trato, durante este tiempo de inmovilidad, de darme cuenta del barullo, el revoltijo y el fluir atropellado de imágenes y frases que pasan por mi mente. Digo “mente” porque, aunque todo ocurre “dentro” de mi cabeza (ese constante ir y venir de neurotransmisores por los circuitos cerebrales, descargas eléctricas automáticas), esa actividad o activación mental no puedo percibirla directamente, sino sólo sentirla como algo volátil, inaprensible, una especie de nubecilla que está ahí, en torno de mi cabeza, flotando. (El cerebro es un órgano cerrado, aislado, al que no tenemos acceso directo mediante ninguno de nuestros sentidos, orientados hacia los estímulos exteriores).

Ocurre con frecuencia que esas imágenes y pensamientos verbalizados que “pasan” por mi mente (un diálogo interno ininterrumpido) me absorben, me atrapan, y toda mi conciencia queda “sumergida” en ellos. Es un mecanismo casi automático, sobre el que resulta muy difícil tener control. Puede incluso ocurrir que, después de un rato de estar reviviendo sucesos, proyectando imágenes y farfullando frases inaudibles, vuelva en mí y me diga: ¡vaya, pero si llevo varios minutos dándole vueltas en una historia del pasado o anticipando acciones y sucesos del futuro!

¿Cómo parar esa maquinaria estridente, ese rumiar, ese parloteo, ese agotador asalto de imágenes, pensamientos y preocupaciones?

Yo utilizo tres “técnicas”:

1) Poner la atención en el cuerpo, la respiración, la postura, las sensaciones físicas. Una atención relajada que intenta eliminar toda tensión muscular.

2) No aferrándome a ninguna imagen ni pensamiento, soltándolos, dejándolos ir del mismo modo que vienen, y tratando de observarlos como algo que no es mío, algo que “sucede” en mi cerebro, pero que no son yo, sino algo “instalado” en mi cabeza. No luchando contra ellos ni pretendiendo sustituirlos por otros.

3) Comprobar la inutilidad de toda esa actividad mental y cerebral. Se trata de caer en la cuenta, de modo súbito, de la total inutilidad, de que no sirve realmente para nada ese recordar caras, imágenes y sucesos de algo que ya ha ocurrido, o el estar planificando y anticipando qué vamos a hacer luego, más tarde o mañana. Darse cuenta de que es un enorme despilfarro de atención y de energía que no tiene, en el fondo, ningún sentido práctico, porque ni cambia el pasado ni puede controlar ni asegurarnos nada del futuro. En cambio, el silencio interior, el parar la máquina, ese disco rayado, abre nuestro cuerpo y nuestra mente a otras inesperadas y apasionantes posibilidades.

Vale la pena intentarlo.

lunes, 2 de junio de 2008

EN QUÉ SE PARECE EL LIBRO AL LADRILLO

(Foto: M. Lemos)

1) En que físicamente tienen una forma y un tamaño parecidos.

2) En que con ambos se construyen casas, edificios: un hábitat espacial y un hábitat mental.

3) En que los edificios que se pueden construir con ladrillos o con libros pueden ser de muchos tamaños y cumplir muchas funciones: casas pequeñas y acogedoras, aisladas, altas torres más o menos gemelas, palacios suntuosos y hasta iglesias y templos; para sobrevivir o para el puro disfrute; elegantes o toscos, etc.

4) Los libros, como las construcciones, nos remiten al tiempo y modo de pensar y vivir de quienes los escribieron y leyeron. Pocos libros resisten el paso y la erosión del tiempo.

5) En que decimos “es un ladrillo”, para referirnos a un libro pesado, en los dos sentidos: porque “pesa” (libro grueso) y porque nos “pesa” leerlo (nos aburre, deprime o produce pesar).

6) En que las empresas editoriales se parecen hoy cada vez más a las constructoras e inmobiliarias: editar mucho, vender más y obtener el máximo de beneficios en el menor tiempo posible.

7) En que, lo mismo que las constructoras del ladrillo, invaden todos los espacios culturales con su mercancía, recalifican el terreno cultural de ayuntamientos y ministerios, copan los medios de información y propaganda y buscan el “pelotazo” de un betseller a toda costa y coste.

8) En que, lo mismo que el ladrillo ha degradado el paisaje, el medio natural y la costa, los libros también contaminan, y en dos sentidos: porque la pasta de papel y la química de las tintas son de las industrias más agresivamente contaminantes, y porque la publicación indiscriminada de todo tipo de libros intoxica el ambiente, la cultura y el aire que respira la población lectora de un país.

9) En que el ritmo de publicaciones de nuestro país va en contra de un desarrollo cultural sostenible y sólo deseamos que, lo mismo que ha pasado con el ladrillo, entre en quiebra y se dejen de publicar verdaderas estupideces en pasta dura (el noventa por ciento de lo que ocupa las estanterías de las llamadas grandes superficies), y se promocione la verdadera literatura, el pensamiento crítico, la creación poética, la ciencia iluminadora, el estudio ameno y riguroso.

Que prosiga el lector con las comparaciones. Para inspirarse, puede dar una vuelta por la Feria del Retiro de Madrid.

sábado, 31 de mayo de 2008

ADOS@DOS

(Foto: S. Trancón)
Acaba de publicarse en Huega y Fierro una obra de teatro, Ados@dos, de Juan Margallo y Petra Martínez, de cuya edición soy responsable. El teatro es un arte difícil y escaso, del que uno siempre está a punto de renegar, porque lo que sube a los escenarios oficiales está tan plagado de desvaríos y tonterías, que uno no puede por menos que protegerse ante los efectos tóxicos que produce. Pero, como ocurre con el toreo, una buena faena compensa las tardes de mortal letargo y saltimbanqueo histérico.
Esta obra es tan fresca, estimulante, original y “moderna”, que lo que más llama la atención es la poca atención que le han prestado quienes tienen por profesión hacerlo. Aprovecho la ocasión para reproducir parte del estudio preliminar que aparece en la edición del texto. Entresaco las reflexiones más generales, invitando a cualquier apasionado de este arte a que vea y lea esta obra excepcional.

Que no haya incompatibilidad entre libro y escena, entre el goce directo y colectivo del espectador, y el disfrute privado y diferido del lector, es algo que el buen teatro siempre ha propiciado, en contra de los que han pretendido arrojar el texto a los infiernos, mientras proclamaban que el teatro se valía y sobraba con la actuación, la “performance” del escenario. ¿Por qué separar lo que la historia teatral, desde sus orígenes, ha unido? Ser originales no es ir contra el origen, sino el crecer a partir de él.

El mundo es naturalmente absurdo o absurdamente natural, escriben y nos muestran Petra Martínez y Juan Margallo. La vida es de risa, y nada más natural (y nada más teatral) que reírnos de ella, o sea, de nosotros y de todo el tinglado que hemos montado a nuestro alrededor.

No pasarse es tan difícil como no llegar. Y no llegar, tan inútil como no llegar a tiempo. Petra y Juan han sabido esperar sin estar esperando nada, y les ha llegado la hora, la hora de la verdad, que no es sino la de la madurez, la de la plenitud, la del saber estar sin hacerse notar, sólo porque se es y se sabe estar donde se está.

Al teatro no se va a padecer, sino a disfrutar. No se puede abusar del público, ni sermonearle, ni colocarse por encima de él.

Como en el Quijote, aquí hay historias disparatadas, situaciones inverosímiles que se enlazan y hacen naturales mediante un mecanismo que Cervantes utilizó con eficacia insuperable, como descubrió José Ricardo Morales: la obra que se hace consciente de sí misma. Un libro que se hace a sí mismo, construyendo su realidad sobre la nada, sin dar sustancia alguna al mundo que simula ser su referente, porque sabe que todo es una construcción imaginaria. Paradójicamente, la irrealidad se hace así más real, y la realidad más irreal. Lo más original de Adosados es precisamente la conciencia que los personajes tienen de sí mismos, de ser personajes de teatro, del mismo modo que la obra, como tal, es consciente de sí misma, de ser algo construido con anterioridad sobre la base de un texto que guía la representación y la hace posible. La lucha, el conflicto, reside sobre todo en ese querer salirse los personajes del texto, ese querer irse del papel y ser ellos mismos.

miércoles, 28 de mayo de 2008

EL ARTE DEL ACTOR


(Fotos: S.Trancón)


El teatro es un arte que se fundamenta en el trabajo del actor. Si el actor falla, todo lo demás se viene abajo. Nada más importante, para quien quiera pensar algo sobre el teatro, que entender en qué consiste el trabajo de interpretar un personaje.
Intentaré presentar mis ideas de modo conciso.

1) No hay actor sin personaje. El actor está al servicio del personaje, no al revés.

2) En la escena se nos muestra una persona, actúa un actor y se presenta un personaje: tres niveles interdependientes que han de integrarse en el nivel superior, el del personaje. La persona y el actor (el profesional) han de “disolverse” en el personaje.

3) Para poder asumir la identidad y la forma de otro (el personaje), el actor tiene que aprender a dejar de ser él mismo, abandonar durante cierto tiempo su yo.

4) Durante la interpretación el yo social y personal del actor se borra, pasa al fondo, se retira a la penumbra de la conciencia. En su lugar aparece “otra conciencia”, “otro yo”.

5) Este proceso, sin embargo, no anula “la conciencia de sí mismo”. Si la perdiera, se volvería loco y espantaría a los espectadores.

6) El actor se desprende de sí mismo y se arroja a lo desconocido, pero con control.

7) En escena el actor es, ante todo, “un ser que siente”. Sentir no es lo mismo que emocionarse. El discurso sobre las emociones, como si éstas fueran la esencia del teatro, no tiene en cuenta esta distinción fundamental. Diderot frente a Strasberg. Me quedo con Diderot.

8) Para que un actor pueda ocupar el lugar del personaje tiene que dejar espacio en su mente y en su cuerpo para que ese “ser etéreo” y ficticio se encarne, se haga visible. El personaje viene del “más allá”, es “un aparecido”.

9) Quien en escena tiene problemas con su imagen, con la idea de sí mismo, y es incapaz de alejar de su mente la preocupación por sí mismo, se convierte en un mal actor que incomoda a los espectadores. Los espectadores no quieren enfrentarse a los problemas de un actor, sino a los de un personaje, a los conflictos que atormentan o mueven a un personaje.

10) Para poder encarnar e interpretar a un personaje, el actor ha de tener la capacidad de verse a sí mismo desde fuera, desde la mirada de los otros, los espectadores. Verse a sí mismo como otro.

11) Al desplazar su yo hacia un rincón de la conciencia, algo nuevo e imprevisible surge: la mirada del actor se libera, la voz del actor se libera, el gesto del actor se libera, el cuerpo del actor sigue su propio impulso creativo.

12) Sólo desde el abandono, la serenidad, el desapego y la concentración fluida puede el actor realizar plenamente su papel. La fluidez está relacionada con la superconductividad: cuanto más “frío”está un metal, mejor conduce la electricidad, la energía. Así el actor.

domingo, 25 de mayo de 2008

MISTERIOS DE LA PERCEPCIÓN

(Foto: S. Trancón)

El mayor misterio no es tanto lo que percibimos, sino el hecho mismo de percibir.

No hay observación sin observador: una verdad de Perogrullo de la física cuántica, pero llena de consecuencias inquietantes.
No hay percepción sin perceptor, ni perceptor sin percepción. Esto supone que siempre hay tres elementos implicados e inseparables: el perceptor, la percepción y lo percibido. El mundo es real, absolutamente real, y nosotros somos seres reales de ese mundo real, pero lo que percibimos de esa realidad (su forma, su consistencia, su permanencia espacio-temporal, su esencia) es algo que depende de nuestra propia percepción.

Percibir no es sólo recibir estímulos externos, sino interpretarlos, ordenarlos y darles forma y sentido. Sin la implicación e interpretación del perceptor, no se percibirá nada. Sin una “preparación” para percibir, no se podrá percibir nada.

Hemos aprendido a percibir tal como lo hacemos a partir de nuestra predisposición biológica y genética. Los demás, desde que nacemos, han ido modelando y configurando nuestra forma de percibir el mundo. Hemos creado un consenso perceptivo para poder construir el mundo humano en que vivimos. La percepción es una construcción social.

El mundo que percibimos es tan real para nosotros como lo es para una hormiga, del mismo modo que el mundo que percibe una hormiga es tan real para ella como para nosotros; pero el mundo que percibe una hormiga no es el mismo que nosotros percibimos, y al revés. Ni ella percibe nuestro mundo ni nosotros el suyo.
En conclusión, podemos afirmar que existen tantos mundos reales como perceptores.

Una vez que aprendemos a percibir desechamos todas las posibilidades de percibir de otro modo. Los circuitos cerebrales por donde van a circular los estímulos externos ya están construidos y la información que se escapa o va por otras vías se pierde, se desecha, porque ya no es útil para nuestra supervivencia social. Lo nuevo sólo se asimila si “cae” dentro de los circuitos previamente establecidos. Sólo percibimos así una milésima parte de lo que podríamos percibir, desatendiendo a todo lo demás.

Para poder percibir el mundo de otro modo, es preciso “parar” el proceso de interpretación automática que hemos aprendido a poner en marcha. Esto produce un “vacío” que nos aterra, un instante de pánico: la “parada de la percepción” es como un paro cardíaco. Hay que preparar al cuerpo para que soporte esa “muerte” momentánea de la continuidad de la conciencia que nos proporciona la seguridad de la nuestra identidad. Si el cuerpo no está preparado, no resistiremos esa pérdida del sentido de la realidad y de nuestra continuidad. Como todos sentimos y sabemos que esto nos puede ocurrir, redoblamos nuestro intento para mantener y reforzar la percepción ordinaria que asegura nuestra existencia.

Pero nuestro cuerpo tiene la capacidad de no sucumbir a esa “suspensión” de la percepción ordinaria y generar otro estado, otra reorganización energética y vibratoria, que haga posible otra percepción. Una especie de “cuerpo flotante”, o “cuerpo energético” que “toma el control” y hace posible nuestra conexión con otros mundos menos densos, sin por ello tener que acabar cayendo en el agujero negro de nuestra desintegración. Está dentro de nuestras posibilidades biológicas. Éste es uno de nuestros mayores misterios. Y, como todo lo misterioso, nos atrae tanto como lo tememos. Ya escribió Wilhelm Reich: “Sabemos muy bien que nada aterroriza tanto al hombre como el conocimiento de su naturaleza biológica”.

viernes, 23 de mayo de 2008

¿QUÉ ES EL TEATRO?

(Foto: R. Ferrando)


Malos tiempos para definir nada. La definición, como expresión lógica y científica, goza de poco aprecio. Mucho peor si lo que uno pretende definir tiene que ver con el arte. ¡Vade retro! Y sin embargo, yo creo que el ejercicio de intentar definir algo es de los que más estimulan la mente. Así que, contra esta corriente derrotista y subjetiva, que huye de toda formulación precisa, yo me he atrevido a definir el teatro. Lo he hecho en mi libro Teoría del Teatro (Fundamentos) y nadie hasta ahora me ha replicado, refutado ni controvertido mi definición y teoría. La expongo brevemente, animando a su crítica.

Teatro, digo y argumento en mi libro, es una práctica artística en la que la realidad se hace ficción y la ficción realidad. El teatro es una realidad ficticia y una ficción real. Es un oxímoron, pero no un juego de palabras.

El teatro es real, contiene todos los elementos que caracterizan a un hecho real: concreción espacio-temporal, acción, actores y espectadores reales, de carne y hueso.
El teatro es a la vez ficción, porque nada de lo que vemos y sucede en escena podemos confundirlo con la realidad extrateatral, la de la vida misma. Es como si fuera real, pero sabemos que es ficción, invento artificial, construcción intencional.

Este rasgo esencial de teatro lo distingue del mero espectáculo, de la literatura o de la vida misma. Es espectáculo, pero espectáculo ficticio, no real, como puede serlo una tormenta o una corrida de toros. Necesita de un texto, pero no necesariamente este texto ha de ser literario, aunque tampoco tiene por qué renunciar a serlo. No es sólo literatura, porque la ficción literaria sólo sucede en la mente del lector, no en la realidad. Es vida, pero no como la vida misma, sino vida ficticia, vida “jugada”, “mimetizada”, separada del mundo real por una sutil barrera: la conciencia de los actores y espectadores que saben muy bien que lo que hacen y dicen no tiene un efecto directo sobre la realidad, que nadie va a tomarlo “al pie de la letra”.

Estas ideas, relativamente simples, sirven por sí solas para distinguir entre gato y liebre, y para rechazar esa estúpida idea de que “todo es teatro” y que, por tanto, “todo vale en el teatro”. No basta, por tanto, con que alguien diga “esto es teatro” para serlo. Puede ser cualquier cosa, incluso mucho más interesante que el teatro, pero no es teatro.

A mí no me gusta ser engañado y, sin embargo, cada vez veo menos teatro en los teatros. A veces un poquito, y todo lo demás es otra cosa; otra cosa que ni me interesa ni me estimula, porque sigo pensando que el teatro es siempre superior a esos sustitutos desvaídos, cargados de impostura, de delirios y de desvaríos cercanos a la patología. Cuando Angélica Liddell recibió hace poco un premio millonario, rodeada de la flor y la nata revenida de toda la oficialidad, se puso a gritar como una verdadera loca: nunca vi una imagen más patética de ese teatro que no es teatro, pero que grita que lo es.

miércoles, 21 de mayo de 2008

MUNDO MÁGICO

(Foto: S.Trancón)




“Mágico” es un término hoy muy manoseado. Como ha pasado por tantas cabezas, puede llegar a significar cualquier cosa. Dejando de lado cierta connotación cursi y pseudopoética, sentimental, podemos centrarnos en el aspecto esotérico. Aquí nos encontramos con dos sentidos: uno débil (el sentimiento de extrañeza que produce todo lo incomprensible, lo desconocido, lo que no tiene una clara explicación racional) y otro fuerte (la afirmación de la existencia de mundos paralelos a nuestro alrededor).

Antes de entrar en esa discusión, prefiero analizar “lo mágico” desde el punto de vista de la atención. El sentimiento y la percepción de una realidad “mágica” es, en primer lugar, un fenómeno de atención. Cuanta más atención, cuanto más capaces somos de focalizar la atención en algo, mayor capacidad tenemos de percibir “la magia” de todo cuanto observamos. Pero, y esto es para mí lo más importante, la atención puede pasar de un estado ordinario, a otro estado muy distinto, que podríamos definir como “vacío de pensamientos”. “Vacío” aquí quiere decir, más que ausencia de pensamientos, desapego, no identificación, despojo de toda reacción emocional unida a las imágenes y pensamientos que pasan por nuestra mente.

Esta es la esencia de la meditación: no centrarse en tal o cual pensamiento, en tal o cual visualización, sino el interrumpir el funcionamiento ordinario de la mente, el desprenderse de todo automatismo, juicio, valor o idea preconcebida, para dejarlo todo “en suspensión”, entre paréntesis, de lado. Supone enfriar el cerebro, la activación cerebral, para lo que son muy útiles determinadas posturas y movimientos corporales. Husserl lo planteó de un modo puramente intelectual y habló de la epojé, la reducción fenomenológica, como único medio para acceder al conocimiento de la esencia de las cosas.

Los místicos de todas las épocas y lugares han partido de lo mismo: la quietud de la mente. La diferencia es que la mayoría se ha perdido en cualquiera de los mundos que pasan por nuestra mente cuando se produce en ella el vacío. El error ha sido otorgar a esos mundos mayor realidad de la que tienen, enganchándose a ellos, del mismo modo que la mayoría estamos enganchados al mundo ordinario o cotidiano. Sustituyen este mundo por el mundo mágico que pasa ante sus ojos y ante su mente, y crean religiones, filosofías, sectas, movimientos.

Pero no se trata de sustituir un mundo por otro, sino el llegar al no-mundo, el de la conciencia pura, el de la total presencia, el estar plenamente presentes, ser del todo reales. Pero sólo ante la muerte podemos alcanzar ese estado de total libertad, de atención fría, de desprendimiento. Sólo así podemos llegar a atisbar la infinitud de mundos que nos rodean. Castaneda dijo que la muerte era nuestra mejor consejera, la única de que nos podíamos fiar. Sólo ella nos puede dar ese sutil empujón que hace que la mente (tan alejada del cuerpo) vuelva a él y se aquiete en nuestro interior.

(Miguel de Molinos, ya en el sigo XVII, en su Guía Espiritual, habló de todo esto con una sencillez deslumbrante. Quizás por eso acabó muriendo, después de permanecer encarcelado más de diez años, en uno de los calabozos de la Inquisición).

lunes, 19 de mayo de 2008

LLUVIA DE RANAS Y PECES

(Foto: R. Ferrando)
De pequeño, como a muchos, me impresionó el pasaje bíblico que nos cuenta las siete plagas de Egipto. Especialmente, la lluvia de ranas. De niño uno está abierto a lo extraordinario, porque todavía ni la razón ni la rutina se han apoderado de nuestros ojos y nuestra mente. Lo que no podía imaginar era que un día vería yo precisamente ese milagro, el de la lluvia de ranas y peces.

Fue a finales de mayo de 2003. Ya de noche, regresábamos a Madrid y una tormenta feroz, violentísima, nos obligó a refugiarnos en la plaza mayor de Plasencia. Al cabo de una hora de truenos que hacían retumbar hasta las campazas de una iglesia cercana, subimos al coche para tomar la autovía de Madrid. Son unos treinta kilómetros. Llovía aún, pero ya se había alejado la tormenta. Hacia la mitad del camino comenzamos a ver “cosas” que daban saltos en el asfalto y otras que parecían arrastrase. Empezaron a ser tantas que no había manera de esquivarlas. Al fin nos decidimos a parar, bajar y enfocar las luces del coche para comprobar qué era aquello. Efectivamente, la carretera estaba llena de ranas que saltaban y de otras que habían muerto aplastadas por la rueda de los coches. También descubrimos algunos peces y una especie de babosa-pez, alargada. Olía intensamente, un aire puro y con aromas marinos. Por supuesto, aquello no era que de pronto todas las ranas de las dehesas de alrededor se hubieran puesto a cruzar la carretera. Eran tantas, que eso no tenía ningún sentido. ¿De dónde había salido? Pues del cielo, así de simple y extraño.

Ante la duda consulté informes de todo tipo y, efectivamente, en esa zona no era la primera vez que llovían ranas y peces. La explicación es que se producen pequeños tornados capaces de elevar el agua del mar o de las lagunas y llevarse a todo lo que hay en su superficie, para luego descargarlo al producirse una tormenta.

Así que sí, yo he visto llover ranas, las he cogido con mi mano, las he acariciado y he observado en sus ojos el mismo estupor que en los míos. Después de un incomprensible viaje han vuelto a tierra, lejos de donde estaban. Las ranas y pececillos que yo vi en la carretera de Plasencia podrían haber venido del mar, después de un largo recorrido, o de más cerca, de alguna de las lagunas que abundan por la zona, sobre todo en primavera.

A veces uno desearía ser arrebatado por una fuerza invisible y trasladado a otro mundo. El riesgo sería el encontrarnos en un lugar hostil, donde podíamos perecer aplastados por pies de gigantes, pero también podríamos amanecer en una apacible pradera, rodeados seres amigos.

jueves, 15 de mayo de 2008

DE NOCHE Y DÍA (dos poemas)

(Foto: S. Trancón)

He traído a este bloc ejemplos de mala poesía con el fin de alertar sobre el "todo vale" y la nefasta influencia de las modas y los poetas de relumbrón. Me someto ahora al mismo juicio crítico y doy a la pantalla dos poemas, recién puestos y compuestos. Sin crítica no hay arte y el síntoma más evidente de la decadencia de la poesía es la ausencia de toda crítica. Crítica con criterios, abierta a la discusión y la controversia. Fundamentada, no caprichosa ni extravagante. Crítica, y no glosa, no ditirambo ni vaguedades retóricas. Pues eso, aquí van.

I

Una larga túnica va cubriendo
la piedra verde, los senos donde ardía la luz.
Por qué ahora es más inquieta
la presencia, más honda la pupila que me mira
desde ese abismo donde todo se diluye y calla.
Si un relámpago rasgara el velo,
me cegara un instante y mi ser se expandiera
con la suavidad con que mañana aparecerá
sobre la azulada colina el esplendor dorado,
el rubor que alumbrará el bullicio de los pájaros.
Pero ahora miro y nada veo, agazapado
en la quietud, como un animal asustado
que anhela y teme
ser atravesado por la noche.


II

Se desnuda lenta la rosada aurora e ilumina la cueva
donde traté de refugiarme, sangre pálida de un mar
donde se sacrificaron aves nocturnas.
Un vaho que no nace del fuego ni de la agonía de la noche,
sino del callado crepitar impalpable de la vida.
Pero pronto ese dulce abrazo me ahoga, me arroja
hacia otro turbio presentimiento, y ya no doy alcance
al esplendor del horizonte. El anhelo de ver
se vuelve confuso y ciego, como un pozo
que se abriera al abrazar la inmovilidad.
Pero sigo aquí, esperando beber de la fuente
del darme cuenta,
hasta que las alas del águila
me cubran con su sombra palpitante.

Nota: Según el tipo de pantalla, los versos pueden quedar espaciados, cortados o divididos de forma distinta a como han sido escritos.

miércoles, 14 de mayo de 2008

MÁS SOBRE PREMIOS LITERARIOS

(Foto: S. Trancón)
Leo una entrevista a Ignacio Echevarría (antiguo crítico de El País), de la que extraigo estos párrafos, con los que coincido plenamente:

Los premios literarios son simulacros de ficción con jurados falsos y con una mecánica que se sabe que es corrupta, y que además responde a la ética del comercio y no a los valores de la estética o de la crítica. Pero curiosamente, los medios de comunicación obedecen a la consigna de la industria cultural de dar como noticia cultural premios que son comerciales. Todos los agentes de la industria editorial se suman a ese tinglado montado en torno de los premios; no sólo está la picardía y la audacia de los editores, sino que están involucrados escritores de mucho prestigio, que se prestan a ser jurados de una comedia, y están también los periodistas culturales que aceptan, sin levantar el trapo de la farsa de los premios, publicar esas noticias como noticias culturales, y que terminan participando de una promoción gratuita, haciendo entrevistas al autor ganador.

Es notable que muchos escritores se escandalicen, con razón, y opinen ante distintos casos de corrupción política en sus propios países. ¿Pero por qué muy pocos aceptarían utilizar la palabra fraude o corrupción para referirse a los premios literarios?
Pocos se animan a hablar porque todos esperan que la “lotería” les toque algún día. Todo el elenco de la industria editorial actúa en esta gran farsa y forma parte de un pacto, aunque de vez en cuando se desenmascara, como pasó acá con el premio Planeta. Los premios literarios son tantos y algunos tienen una historia tan larga, y el pastel se ha repartido entre tanta gente, que denunciarlos radicalmente se termina convirtiendo en una especie de anatema.

Bueno, pues siempre viene bien no perder el rumbo y recordar estas cosas. Añado que, pese a todo, la mayoría de los premios “menores” (o sea, la mayoría) no están sometidos a estos trapicheos y corruptelas. Otra cosa es el criterio y la capacidad de los jurados y seleccionadores, donde abunda también el despiste; pero este es otro asunto.
Dedúzcase, por lo tanto, que no estoy en contra de los premios literarios, ya que creo son un buen estímulo para la escritura y la creatividad, sino contra la corrupción, el amiguismo y la mala actuación de los jurados.

lunes, 12 de mayo de 2008

ADIVINA ADIVINANZA

(Fotos: S.Trancón)


A ver si alguien acierta a saber de quién son estos versos. Doy una pista: de un poeta que no ha podido llegar más alto, que ya figura entre los más laureados del Parnaso Hispano.

Tu brazo nada
en el temblor del sucedido.
¿Qué caballos
te recaballan la nación
de las ausencias que buscás
en la ausencia de vos? Es la amistad
del todo con la nada, la
del pecho mismo con
su perdón, sus espejos,
no dormir.

Se los leo a J. M., amigo y buen actor, y empieza a explicármelos:
Sí, mira, los caballos que recaballan son los que se montan unos encima de otros y, entonces, pues galopan, trotan por una gran nación buscando a las ausencias, o sea, no a los ausentes, sino a las cosas ausenciadas. El sucedido es el que se sucede a sí mismo, ¿comprendés? Y la amistad del todo con la nada es una referencia clara a la madre naturaleza, que siempre tiene el perdón en el pecho, por ser madre, y por no dormir. Lo de los espejos, sus espejos, pues puede ser la poesía misma, espejo de espejos. El comienzo, el brazo que nada, pues tiene doble sentido: es nada y nada en la nada de sí mismo, o sea, el temblor.

Me convence, esto debe de ser muy profundo, porque no se entiende y eso estimula mucho la creatividad del lector, que es lo más importante en poesía. El poema lo hace el lector.
-¿Y esos encabalgamientos (nunca mejor dicho) arbitrarios y arrítmicos, los neologismos sin sentido, el retorcimiento y estrangulamiento de la sintaxis y la semántica?
-Eso son los valores más sobresalientes del poema, no lo dudes.
-¿Pero esto no despistará a los jóvenes poetas, que tratarán de imitarlo y se desespeñarán?
-Son los riesgos de la innovación, hermano.

sábado, 10 de mayo de 2008

LO BÉLICO Y LO POLÉMICO. ELOGIO DE LA SERENIDAD



Amo la serenidad, la busco a mi alrededor y deseo que se instale en mi interior y fluya por todo mi cuerpo. Prefiero la palabra serenidad a la de relajación. Serenidad no es sólo ausencia de tensión muscular, sino un estado de vitalidad y tonicidad que permite el flujo armónico de la energía por todas las células del cuerpo. No es debilidad, ni flojera, ni bloqueo y disgregación orgánica, sino capacidad de unificación, de integración, de apertura y disponibilidad energética.

Viene a cuento este preámbulo para justificar mi aversión a todo cuanto suene a bélico y polémico, que es lo opuesto al sosiego y serenidad, interior y exterior. Bélico viene del latín bellum, y polémico del griego polemos, y ambos términos significan guerra. La guerra, en cualquiera de sus manifestaciones (física, de palabras, de gestos y de opiniones) no me gusta, y no por ningún principio moral abstracto, sino por higiene, por salud mental y física. Porque prefiero el bienestar de la serenidad, al malestar de la tensión que todo enfrentamiento supone. Guerra es enfrentamiento, y el enfrentamiento principal del hombre es siempre con los demás, sus semejantes. Y toda guerra exige violencia, o sea, fuerza (vis) para llevar (latus) a alguien hacia donde uno quiere, o sea, para doblegarlo o destruirlo.

Estamos rodeados de violencia, de tensión, siempre dispuestos al ataque o la huida. Es un estado antinatural, agotador, que conduce inevitablemente a la depresión y el deterioro físico. Un estado adictivo, en la medida en que el cuerpo se acostumbra a una excitación permanente del mismo modo que se engancha a cualquier estimulante artificial.

Así que, frente a tanta violencia verbal, de gestos, de actitudes, de opiniones; frente a tanta polémica y enfrentamiento (bélico, político, religioso, literario, partidista, ideológico, económico, familiar, profesional, deportivo, lingüístico, territorial, tribal) yo prefiero inhibirme, distanciarme, alejarme, porque no hay posibilidad alguna (esto lo he aprendido con los años) de tratar de pacificar a quien está convencido de que la polémica y el enfrentamiento es inevitable, justo y necesario, siempre que se trate, claro está, de defender sus opiniones y privilegios o, simplemente, de autoarfirmarse y ser reconocido como superior o más fuerte.

¿Queda algún espacio para el pensamiento, para la discusión de ideas, para la controversia (ir de una idea a otra contraria), sin caer en lo bélico y lo polémico? Yo creo que sí. Por difícil que resulte, es lo único que merece la pena. Pero para eso hay que descubrir y amar la serenidad.

jueves, 8 de mayo de 2008

LA MARIPOSA DE CHUANG TSE

(Foto: S.Trancón)



Mucha gente alude a la cita de Chuang Tse sobre la incertidumbre que provoca el sueño, que borra la conciencia de lo que somos y no somos, pero suele transcribirla e interpretarla de modo incompleto. He encontrado una versión que me satisface:

En cierta ocasión, yo, Chuang Tse, soñé que era una mariposa que volaba y disfrutaba por el cielo. No tenía idea de que fuera Chuang Tse. De golpe, desperté y era Chuang Tse de nuevo. Pero no puedo decir ahora si he sido Chuang Tse soñando que era una mariposa, o soy una mariposa que ahora sueño que es Chuang Tse. No obstante, tiene que haber alguna diferencia entre Chuang Tse y la mariposa. A esto le llamamos la transformación de las cosas.

Chuang Tse no borra la diferencia entre lo real y lo irreal, como suele interpretarse, ni entre lo que somos y no somos, ya que no duda de que existe una diferencia entre Chuang Tse y la mariposa. ¿De qué nos habla, entonces? Pues de la relación entre identidad y conciencia, que el sueño altera, ya que el sueño es un estado de conciencia que puede disolver la conciencia de uno mismo. Al desaparecer el yo, uno puede tomar la conciencia de una mariposa y volar por el cielo. La conciencia sobrepasa la identidad física y las leyes de la continuidad espacio-temporal. De aquí nace la incertidumbre. Pero el mundo físico (real, solemos decir) sigue existiendo, aunque, y esto es otro de los mensajes de texto, esa realidad está en permanente transformación.
Añadiré una experiencia totalmente real:

En una ocasión me perdí por una montaña de Asturias y mientras caminaba por un sendero, a media tarde, descubrí sobre una mata una mariposa que nunca había visto antes, grande, inmóvil (con esa inmovilidad que sólo pueden alcanzar los insectos), bellísima, pero inquietante. Me quedé embelesado durante un largo rato atraído por los colores rojos, blancos y azules de sus alas. Antes de oscurecer subí al coche y regresé a casa, que estaba a más de quince kilómetros. Pues bien, cuál no sería mi sopresa al descubir, posada sobre la puerta, una mariposa idéntica. No puedo decir que fuera la misma mariposa, claro, pero tuve la total certeza de que sí lo era, porque se trataba de una mariposa fuera de lo común, os lo aseguro. ¿Pura coincidencia? Yo me inclino a pensar que hubo una conexión entre su conciencia y la mía, y eso provocó el nuevo encuentro. ¿Entramos en el mismo sueño?





martes, 6 de mayo de 2008

A SUS ÓRDENES, MI PRESIDENTE

(Foto: S. Trancón)



Ha muerto Leopoldo Calvo Sotelo, efímero Presidente del Gobierno después del fallido golpe de estado de Armada, Tejero y Milans del Bosch, entre otros nombres ya felizmente olvidados. Su muerte me ha recordado un episodio que viví por aquellos años (1981). Vivía yo en Barcelona, estaba pendiente de un consejo de guerra y acababa de redactar un “Manifiesto por la igualdad de derechos lingüísticos en Cataluña”, conocido como el Manifiesto de los 2300, que provocaría una reacción inusitada en los medios políticos y culturales de toda España. No voy a hablar de todo lo que entonces ocurrió, sino sólo de una pequeña, pero esclarecedora, derivación de aquellos hechos. Los promotores de la denuncia pensamos que sería bueno crear una fundación o asociación cultural en Barcelona que sirviera de entendimiento y contención a la deriva catalanista, antiespañola y de limpieza lingüística en que podía acabar el proyecto pujolista, al que se estaba entregando el PSC, en abierta contradicción con la tradición del PSOE. Para poner en pie la iniciativa pedimos ayuda al Gobierno, que parecía comprender nuestras inquietudes. El responsable del asunto era entonces Rodolfo Martín Villa, Ministro de Administración Territorial, con sede en la Castellana. Después de muchas gestiones logré una cita con el Ministro. Me atendió su jefe de gabinete, un tipo alto, gordo, un poco amanerado y con la piel color de cera derretida. Después de una larga espera me recibió Martín Villa en uno de esos salones palaciegos con alfombras, grandes lámparas, cortinones y techos escayolados, que así eran entonces los Ministerios (y algunos siguen siendo). Intenté en vano que el ubicuo Ministro se comprometiera en algo, pero no fue posible. Me dijo que estaba pendiente de hablar con el Presidente (Leopoldo Calvo Sotelo), porque la financiación tendría que salir de los fondos de Presidencia (se refería a los “fondos reservados”, sin duda, porque pronto comprendí que no se atreverían a hacer público su apoyo al proyecto). En aquel momento, mira por dónde, le llamó por teléfono el Presidente. No me pidió que me retirara, y oí algo de la conversación, que no voy a revelar. Lo que sí me quedó muy grabada fue la despedida del Ministro: “A sus órdenes, mi Presidente”. No lo dijo en un tono militar, sino de forma muy respetuosa y natural. Me impresionó esto más que todo lo demás. He de confesar que no tengo ninguna animadversión contra Rodolfo Martín Villa, sino más bien lo contrario. Es uno de esos personajes que me hace pensar. Recordaré que fue Jefe Nacional del Sindicato Vertical de Estudiantes entre 1962-1964, en pleno franquismo; Gobernador Civil y Jefe Provincial de Movimiento en Barcelona en 1974; Ministro de Relaciones Sindicales en 1975 con el gobierno del nefasto Arias Navarro, el que proclamó con lagrimones la muerte de Franco; Ministro del Interior (de Gobernación se llamaba entonces) entre 1976-1979 con Adolfo Suárez; Ministro de Administración Territorial de 1980 a 1982 y Vicepresidente Primero con Calvo Sotelo.
Fuera de la política fue presidente de Endesa y ahora lo es de Sogecable. Incombustible, no le ha salpicado para nada su pasado ni su presente, y es respetado y admirado hasta por Santiago Carrillo. Y creo que no hay en este respeto ni impostura ni cinismo. ¿Qué cualidad tiene este personaje para salir indemne de todos esos tinglados políticos y empresariales? Pues eso es lo que me hace reflexionar. Encuentro una leve explicación: no es un tipo engreído, ni exaltado, ni imprudente; todo lo hace con cierta mesura, reserva e incluso amabilidad. Alguien que es capaz de no comprometerse en exceso con nada ni con nadie. Alguien que puede despedirse con un “a sus órdenes, mi presidente”, con toda naturalidad. Algo que casi ninguno sabemos ni podemos hacer, lo que, bien pensado, no es en sí mismo ni mérito ni demérito.

lunes, 5 de mayo de 2008

LOS OJOS DEL SUEÑO

(Foto: S. Trancón)
Aquella noche me había dormido enseguida. Soñaba no sé qué y de pronto miré hacia lo alto de un gran edificio de ladrillo y leí: “Clínica de la Ansiedad”. Quise comprobar más de cerca lo que anunciaba ese letrero y empecé a deslizarme volando por encima de varios edificios: todos mostraban, en grandes letras azules y fluorescentes, títulos parecidos: “Clínica del Miedo”, “Clínica de la Depresión”, “Clínica de la Amargura”, “Clínica de la Desesperación”, etc.
Entonces me acordé de L. y me propuse llegar hasta su casa. Me desplacé por las calles, disfrutando del movimiento y la visión. Pasé por encima de una masa de árboles y supe que era el Parque de la Ciudadela. Cruzó un pequeño pájaro rojo por delante de mí y tuve el deseo de cogerlo con la mano, pero ya estaba demasiado lejos. Sobre una gran bola de piedra, abajo, descubrí otro pájaro, pero ahora era negro, con una cola muy larga. Me posé suavemente sobre la esfera y abrí los brazos para atraparlo, pero en ese momento se escapó volando. Oí el batir seco de sus alas. Pensé que no podría volver a moverme por el aire, que me caería si lo intentaba, así que di un salto y aparecí en el suelo. Había barro. Crucé unas obras y caminé hasta la calle donde vive L. Avanzaba muy contento cuando de pronto oigo un ruido en el suelo, como un chisporroteo.
Miro y descubro una mancha oscura con brillos opacos que se movían y avanzaban en masa compacta hacia mí. Eran como caparazones de cucaracha. Parecían insectos, pero yo sabía que eran algo más, así que, para protegerme, di un rodeo y salí una calle más adelante. Volviendo la vista hacia atrás comprobé sorprendido que la gente que caminaba por las aceras no se percataba de esa masa de seres oscuros que le subía por los pies.
Pronto llegué frente al portal donde vivía L. Conocía la ventana de su piso, que daba a un jardincito. Tuve que reunir toda mi energía para poder trepar y deslizarme con sigilo dentro de su habitación. Allí estaba, tan hermosa que me paralicé de emoción.
Muy despacio, separé la colcha que cubría su cuerpo. El roce de la tela hizo que se despertara. “¡Al fin!”, exclamó. Llevaba un camisón muy ligero, vaporoso, que se pegó a sus pechos. Yo, como a cámara lenta, me acerqué a su cuerpo y la abracé. Nos besamos con pasión. No había célula que no estuviera consciente del roce, del abandono, del contacto, de la fusión de nuestros cuerpos: un deleite supremo.
Pero en una milésima de segundo todo cambió. En medio de aquel delirio táctil yo me había olvidado de mirarle a L. a los ojos. Cuando lo hice, no descubrí sino dos cuencas vacías, sin fondo, y el eco de una sonrisa atroz. Me desperté de golpe en mi cama totalmente destapado y sudoroso. Miré a un lado... ¡y allí estaba L.!, apoyada en la pared, sonriéndome. Sin mirarle a los ojos me tapé con el edredón rápidamente y así permanecí hasta que me serené.
Comprendí entonces lo que me estaba pasando. En mi afán por vivir sueños intensos había convocado a seres extraños junto a mi cama y, en un descuido, se había pegado a mi piel una de esas criaturas, habitantes de un mundo paralelo que, atraídas por el suculento manjar de nuestra energía, no dudan en esperar pacientemente, noche tras noche, a nuestro lado, para colarse en alguno de nuestros sueños y, tomando la forma de nuestros deseos más ocultos, absorber nuestra energía y amamantar así sus frágiles conciencias. Viven parásitos de nuestro mundo, porque un día lograron escapar del inexorable abrazo de la muerte y para mantenerse conscientes necesitan recurrir a una energía extra, sutil y muy nutritiva, como lo es la nuestra.
Las pesadillas nos advierten de esos peligros, siempre que las tomemos en serio, claro. Y también algunos roces, y las sombras pesadas, y los sonidos inesperados. Por más que se camuflen, esos seres inorgánicos y depredadores no pueden evitar el ir dejando por donde pasan las huellas vibratorias y pegajosas de su presencia.
A todos nos ocurre. Sabemos que hay sensaciones físicas inexplicables, que no son para nada fruto de nuestra fantasía o nuestros miedos. Llegan de repente y se van del mismo modo, pero dejan su huella en lo más íntimo de nuestra piel. Casi nunca les hacemos caso, como cuando aparecen y desaparecen sombras fugaces, aleteos negros que se mueven con mucha rapidez por ahí, por aquí, por todos los lados. Pueden adoptar la forma de nuestros miedos o deseos más profundos y penetrar en los sótanos y desvanes de nuestra conciencia y desde allí, secretamente instalados, absorber nuestra energía más valiosa. Como cuando me topé con los ojos de L. Quedé tan vacío, que tardé un par de días en poder levantarme de la cama.