MIS LIBROS (Para adquirir cualquiera de mis libros escribir a huellasjudias@gmail.com)

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miércoles, 30 de abril de 2008

ÁRBOLES Y PÁJAROS

(Foto: J.Lado)
Le digo a mi amigo Evelio: los árboles y los pájaros son los seres de esta Tierra que más se resisten a la derrota, que mantienen su propósito, que luchan por sostener su conciencia y su libertad. En ellos se manifiesta hoy la determinación inflexible de la vida y la conciencia, el intento de sobrevivir y no dejarse absorber por el desvarío de la mente humana, por la presión depredadora del hombre y el mundo tecnificado y artificial que ha extendido su contaminación energética por todos los rincones del planeta. Los árboles sobreviven afincándose a la tierra, brotando incluso entre rocas y peñascos, extendiendo sus brazos hacia lo alto, buscando la luz. Los pájaros sobrevuelan y extienden sus alas por el aire infinito. Las plantas silvestres, los árboles y los pájaros son por eso los mejores vehículos que el hombre tiene para conectarse con el espíritu y la conciencia de la Tierra y, a través de ella, con la conciencia y el espíritu del Universo.
No puedo imaginarme un mundo sin pájaros ni árboles, que son los seres de esta Tierra con los que me mejor me entiendo. Por eso necesito cada poco ir a tumbarme bajo las ramas de una encina, un fresno, un roble, un abedul, un álamo, un chopo, un castaño, un aliso, una higuera. Sobre sus ramas siempre acaba posándose algún pájaro, algún ave solitaria, un verdecillo, o un mirlo, una urraca, un tordo, un mochuelo. En esta época me gusta oír el chiar de los vencejos y observar su vuelo incansable, a veces tan alto que apenas se distinguen entre las nubes.
El hombre ha roto su relación con todos los seres vivos de este mundo, no tiene ya aliados, aislado en su propio caparazón opaco, en el mundo virtual y autorreferencial en que se ha encerrado. Pero aún nos queda la posibilidad de penetrar en esa franja de conciencia en que habitan los árboles y los pájaros, esa banda de emanaciones en la que vibra y se sostiene el misterio de ser. Sólo a través de ellos podemos conectar con la fuente, alcanzar ese ver y sentir cuyo resplandor verde claro desprenden las hojas, las alas, los ojos, los hilos del viento y el canto de los pájaros.

lunes, 28 de abril de 2008

TIERRAS DE VALLFEROSA

(Foto: Saúl Santos)
Es uno de los lugares más apartados del mundo. Es difícil llegar, pero vale la pena. Piedras ciclópeas, aras, altares, tumbas de quienes vivieron en otro tiempo y recorrieron, colmados, atravesados de luz, estos bosques de robles primigenios. En medio del valle abrupto, feroz, medio oculta, surge de pronto una torre de piedra, redonda, abombada en su centro y estrechándose hacia la cima, altísima, sin ventanas, poderosa y desafiante, vigilando el horizonte. La torre defensiva más alta de Europa, con más de diez siglos atisbando un mar de piedra y ramas, guardando la presencia, el presente que respira. Una quietud en la que sólo se oye el rumor invisible del viento acariciando las hojas. Revolotean pájaros, aves pequeñas que cantan con un gorjeo tierno y escondido. Llega la noche y cruzan la suave negrura búhos y mochuelos y, alrededor de la imponente torre, murciélagos de grandes alas zigzagueando, tan silenciosos.
En otro tiempo, fieras, animales feroces, y sólo la astucia y el acecho evitaba el sacrificio. Guerreros de mirada asombrada, absorbidos por el fulgor de la presencia. Estuvieron, ya no están. Todos se han ido. Pasaron. De viaje hacia el infinito. De paso yo también. Y para siempre también me iré.
Llenar los ojos de todo esto. Aquí la Tierra me acoge y ofrece todo su ser, la esencia de su ser, la semilla del darse cuenta.
Quiero el abrazo de su presencia. Amada mía, déjame sentir tu aliento. Rodéame con tu estar aquí y ahora y que todas las células de mi cuerpo estallen en una dulce vibración. Atisbar en un instante la esencia de todo. Reunir mi totalidad una milésima de segundo y conocer el no-tiempo, el no-espacio, el no-ser. Quedar impregnado de este aroma y ver en todo, hasta en lo más simple, lo extraordinario. Saborear cada instante sabiendo que siempre es ya la última vez. Porque aquí está la muerte, respirando a cada instante, acechante. Ahora es ya el final, y cada final, un anticipo del último final. El final definitivo, inevitable; un encuentro, cara a cara, con el infinito.

viernes, 18 de abril de 2008

ESCENA MÍSTICA CON RETABLO AL FONDO

(Foto: L.Antonio Gil)

Un retablo barroco deslumbrante, inmenso, escenificación pura del horror vacui. Columnas recargadas de hojas, flores y frutos de toda especie. Ángeles y arcángeles, serafines y querubines sonrosados, grandes, medianos y chicos, cubriéndolo todo, mirando en todas direcciones y mostrando impúdicamente sus rollizos brazos y cortas pantorrillas, sus ricitos de oro. Santos, mártires y apóstoles con largas y pesadas vestimentas simétricamente colocados en hornacinas y delante de las fustas salomónicas. En sus manos huesudas, llaves, custodias, libros, espadas, cetros, cruces. No presentan actitudes hieráticas, sino violentas, retorcidas, poderosas. Para llegar al altar hay que subir una empinada escalinata que todo lo eleva majestuosamente. Sobre el sagrario dorado, sobre el cofre de oro que guarda el sancta sanctorum, la sagrada forma, el Cuerpo de Cristo hecho pan, una Virgen Niña. Más arriba, la Virgen Madre que llaman del Miracle, sobre un pedestal y, detrás de un árbol con ramas de palmera, un soberbio camerino de columnas de alabastro incrustado en el ábside románico El imponente edificio fue construido en el siglo XVI sobre una iglesia que conmemoraba la aparición de la Virgen a unos niños pastores. El conjunto es siniestro e impresionante, tan abigarrado y colosal que fascina. Dentro de este delirio ornamental todo parece haber encontrado su lugar, todo es simétrico, equilibrado, preparado para verse desde abajo siguiendo una perspectiva de lejanía ascendente. Adosado a sus muros, un monasterio regentado por media docena de monjes benedictinos. Hablo del Santuario del Miracle, situado en la comarca de Solsona, en Lérida, solitario en medio de esas altas tierras rojas donde crecen viejos robles que ocultan piedras milenarias, decenas de monumentos megalitos.

Sube al camerino de la Virgen Madre. Abraza una fría columna de alabastro. El Espíritu Santo, con sus rayos de plata y sus alas extendidas, recoge sus patitas. Está en lo alto, cubriendo el cielo de la pequeña cúpula azul. Tiembla, siente escalofríos, una contenida excitación recorre su piel y sus músculos. Baja lentamente las escalerillas y camina como sonámbulo por la iglesia solitaria. Resuenan opacamente sus pasos. Un rayo de sol ilumina los verdes, dorados, rojos y amarillos del retablo, que deslumbra con irisaciones que poco a poco se apagan. Gira hacia atrás. En lo más alto, Dios Padre le mira amenazante. Lleno de anhelos, penetra en una sombría capilla lateral. Palpa la pared, arrastra su mano por los bancos de madera, se acerca al altar donde parpadean velas que han formado pequeños volcanes con la lava derretida. Mira a un lado. ¡Oh, los exvotos de cera blanca colgados sobre el muro! Coge una mano medio abierta y coloca en ella un cirio rojo. ¡La excitación de la luz en medio de las tinieblas! Ve entonces una cabecita, también de cera inmaculada, hueca. El cirio penetra el cuello y empieza a brotar sangre. La cabecita tiene un alfiler clavado en medio de la garganta. Caen gotas rojas sobre el suelo de piedra. La blanca mano de cera se tiñe de sangre. Una cabeza decapitada, una mano cercenada. La resurrección de la carne. El deseo penetra el símbolo, el fuego derrite la cera, el rayo atraviesa la garganta y brota la fuente que vivifica. Fuente de agua roja, agua penetrada por el fuego. Pasa la mano ensangrentada por sus labios, bebe su propia sangre. Todo le empuja hacia el éxtasis, hacia la fuente del darse cuenta. Dios Padre ríe en lo alto.

jueves, 17 de abril de 2008

DIME LO QUE PIENSAS



(Fotos: Beatriz Moreno)



Lo que más hacemos en la vida es pensar. El cerebro consume la mayor parte de nuestra energía (glucosa). Al día podemos llegar a activar más de 60.000 pensamientos. Calculad el número de pensamientos que caben en un año, en diez, en una vida. La vida es larga, si la medimos en número de pensamientos. El cálculo es difícil, porque los pensamientos se entrelazan, se fragmentan, quedan inacabados, se bifurcan y no tienen límites precisos. Pero también es cierto que tienden a emerger como proposiciones categóricas.

La mayoría de nuestros pensamientos son automáticos, incontrolados, repetitivos. Muchos de ellos giran en torno al yo: a la idea, la imagen y la preocupación por uno mismo. Su función principal es alimentar y sostener al yo, ese ser que crece en nuestro interior para acabar ahogando al ser.

Para tomar conciencia de nuestros pensamientos hay que realizar un ejercicio paradójico: observarlos como si no fueran nuestros, distanciarlos, no identificarnos con su contenido, separarnos de ellos. Es un pensar sin pensar. A eso Carlos Castaneda le llama acecho. Lo mismo que un animal o un cazador acecha a su presa desde un “no lugar” (no visible para el observado), así observar a los pensamientos que pasan por nuestra mente.

Comprobamos entonces que casi todos van a parar al mismo lugar, a las mismas obsesiones, a una serie de proposiciones que nos repetimos hasta la saciedad: “qué mala suerte tengo”, “no me merezco esto”, “yo soy distinto”, “quién se habrá creído que soy yo”, “nadie me comprende”, “yo valgo mucho más que todo eso”, “¿por qué me tiene que pasar esto a mí?”, “yo soy así, no puedo evitarlo”, etc.

Lo malo de estos pensamientos es que son debilitantes y absorbentes: no dejan energía ni espacio para otros pensamientos vivificadores. Son pensamientos emocionales, dominados por la activación límbica. Por eso como mejor se controlan los pensamientos es con desapego, no aferrándonos a ellos, no identificándonos con ellos. Estando siempre dispuestos a no darlos por hechos, a cambiarlos, a relativizarlos, a no otorgarles un poder que no tienen.
Resumiendo de modo aforístico, heurístico o proverbial:

Dime lo que piensas, y te diré qué sientes.
Dime lo que sientes, y te diré qué haces.
Dime lo que haces, y te diré quién eres.
Es más fácil controlar los pensamientos que las emociones.
Si controlas tus pensamientos, controlarás tu vida.
O dominas tus pensamientos, o tus pensamientos te dominan a ti.

miércoles, 16 de abril de 2008

¿INTERPRETAR LOS SUEÑOS?

(Foto: Manuel Lemos)




Soñamos siempre, pero olvidamos casi todo lo que soñamos. De vez cuando, un sueño nos llama la atención y lo recordamos con nitidez.

Viajaba en coche, giré y me metí por un sendero de tierra que no tenía salida. Bajo, camino un rato y al llegar a la cima de una colina veo un conejo blanco. Corro tras él y lo cojo. Aparece otro y lo atrapo también con facilidad. Los suelto enseguida y escapan dando brincos. De pronto se posa un pájaro en mi espalda. Giro la cabeza como un búho y veo que se está moviendo por detrás de mi cuello. Es una oropéndola, me digo en voz alta. Tiene una cola larga azul y verde, el pecho amarillo y la cabeza clara. Me produce mucha alegría tenerla tan cerca. Sigo hasta una cueva. Penetro y veo en las paredes unos pequeños seres blancos, hechos de escayola, pero no lisos, sino como si llevaran una capa con picos. Uno de esos seres me sigue. Camina deslizándose por el suelo. Paso por una puerta angosta y me encuentro con otro ser, que permanece inmóvil. Trato de comunicarme con él. Se mueve ligeramente y me dice, sin hablar, que ellos, los seres de escayola vaporosa, sólo pueden expresarse a través de mito-palabras. Me quedo muy sorprendido y le pido que me dé un ejemplo de mito-palabra. “Palabra”, me responde. Me despierto tratando de entender que la palabra “palabra” es una “mito-palabra”.

De los sueños no me interesa la interpretación, freudiana, junguiana o del tipo que sea. Ya dijo Calderón que los sueños, sueños son. No me gusta despojarles del contenido, las imágenes y la atmósfera de realidad suprarreal o irreal que crean. Tratar de “meterlos en razón” es desvirtuarlos, convertirlos en lo que no son. Si algo tienen de interés, es precisamente porque rompen la rigidez de la mente y la lógica de la conciencia ordinaria. Prefiero quedarme con la sugestión que producen y la conciencia de misterio que despiertan.

Así que me digo: todas las palabras son mito-palabras. Descubre su fulgor blanco, su no-decir, el misterio que ocultan bajo su capa de escayola o su correteo por los montes. Las puedes atrapar, pero suéltalas enseguida, no te aferres a ellas. A veces se ocultan en cuevas oscuras: atrévete a cruzar por los pasos más angostos y pregunta por su nombre. En ocasiones llegan como pájaros y se posan en tu espalda. Obsérvalas y déjate seducir por sus colores de oro.

domingo, 13 de abril de 2008

¿SER FELIZ O SER LIBRE?

(Foto: R.Ferrando)
A la pregunta de “¿qué es lo que más importa en esta vida?”, el 99% responde sin titubeos: “Ser feliz”. Como me encuentro entre el 1% que no respondería con ese tópico, voy a explicarme.

Parece obvio que el mejor propósito de esta vida, lo que nos mueve a todos, es lograr ser lo más felices que podamos. Pero ¿qué significa ser felices? Para Francisco Mora, ni padecer dolor, ni sentir placer y, como nuestro cerebro está diseñado precisamente para eso, para sentir dolor y placer, pues en conclusión, no es posible la felicidad.

El razonamiento parte de una premisa falsa: la felicidad es no sentir. Mora no distingue entre emoción, impulso, estímulo, dolor, placer. Dice que todo esto pasa por la amígdala y que, por lo mismo, es fuente de infelicidad. Que, por tanto, lo mejor es aislarse, no recibir estímulos, no desear, no buscar ningún placer. Filosofía oriental, pero de la que se compra en rebajas. Los estoicos y senequistas se esforzaron un poco más. Hablaron de “dominar las pasiones”, de aceptar el dolor, la muerte y el destino con serenidad, pero sin tener que renunciar por ello al placer.

El planteamiento huele también a platonismo cristiano. El cuerpo es nuestro enemigo, la fuente de nuestra infelicidad. Cuanto menos cuerpo, más felices. Ya se sabe que en el Tercer Mundo todos los pobres son muy felices.

Dejemos de lado la otra cara del asunto, la cursilería sentimental, la (mala) literatura de folletín, las películas relamidas, la beatería angelical (el paraíso que espera a los buenos y a los mártires), en fin, todos esos modelos de felicidad más o menos empalagosa e inverosímil. Ensayemos una definición más realista: “sentirse satisfechos con lo que hacemos y con lo que somos”. Satisfechos, confiados. Un placer sostenido. Una mezcla de conocimiento, aceptación, serenidad y disfrute, pero también un impulso de perfección, de superación de límites, de búsqueda, de creatividad constante.

Algunas conclusiones:
1) La felicidad no es ningún objetivo, no es algo que podamos alcanzar. Es una consecuencia, algo inseparable del hacer y el sentir.
2) Nuestro cerebro ni está diseñado para la felicidad ni para la infelicidad, sino para hacer, pensar y sentir. Además de la actividad del sistema límbico, está la actividad prefrontal, que puede controlar las emociones, canalizarlas y hasta sublimarlas. La felicidad no es un asunto meramente emocional.
3) No es posible ni necesario ni útil el sentirse siempre felices.
4) Más importante que ser o no ser feliz, es ser libre. No me refiero a la libertad política, a las libertades ciudadanas. Me refiero a ser libre de todo lo que nos ata, nos esclaviza, nos preocupa, nos vuelve rígidos, rutinarios, tímidos, ansiosos, complacientes, resignados, consumidores, pesimistas, apáticos, engreídos (cada uno puede prolongar la lista). A todo lo que nos limita y encierra en un yo obsesivo, a lo que nos impide ver y sentir el misterio de todo lo que nos rodea, a todo cuanto debilita y adormece nuestra conciencia.
5) Cuanto más libres, más capaces de gozar y disfrutar calladamente de todo.

jueves, 10 de abril de 2008

A VUELTAS CON EL YO


Estoy convencido de que el yo es siempre nuestro principal problema, la fuente de nuestra infelicidad. Quien no encara su yo, la idea que tiene de sí mismo, queda atrapado en un laberinto absurdo. Como eso de “renunciar al yo” suena a máxima ignaciana, voy a aclararlo.

El yo no es ninguna esencia, sino una construcción mental. El yo es todo lo que ocurre en nuestro cuerpo y en nuestro cerebro cuando decimos “yo”. La palabra es fundamental, porque es la que sostiene una imagen difusa, un conglomerado de ideas y un automatismo emocional.

Quizás todo tiene su origen en un problema perceptivo: no podemos vernos a nosotros mismos si no es a través de un espejo. Pero esta percepción es siempre parcial, invertida e inestable. Por eso siempre nos resulta extraña. No podemos de verdad apropiárnosla, identificarnos por completo con ella. Por un lado, destacamos el rostro, fragmentando así la totalidad del cuerpo. Del rostro nos atraen los ojos, pero mirarse a sí mismo a los ojos es de lo más inquietante. ¿Quién mira a quién? Tampoco podemos ver el cuerpo como totalidad. Nuestra espalda es invisible. Además, en un sentido somos simétricos, más o menos (derecha/izquierda), pero asimétricos en otro (delante/atrás). Para colmo, nuestra idea de la perfección corporal resulta muy difícil verla reflejada en nosotros mismos. Todos tenemos partes de nuestro cuerpo que no responden a nuestro propio canon de belleza. Tendemos a no mirar esas partes o a obsesionarnos con ellas. Además, cambiamos mucho, de niños a jóvenes, de jóvenes a viejos.

El hecho es que, acaso como resultado de esta percepción problemática de nuestro cuerpo, no tenemos una imagen estable, aceptable, completa y objetiva de nuestro cuerpo, por más que lo intentemos.

Pero hay más: es una imagen fugaz. Las imágenes no se fijan más que momentáneamente en nuestro cerebro. No podemos dar a la “pausa”. Así que la imagen de nosotros mismos, de nuestro cuerpo y nuestro rostro, es volátil. Como referente acaba siendo más bien un hueco, el vacío que dejan unas imágenes imposibles de atrapar y mantener fijas en nuestro cerebro. Esto produce, creo yo, una angustia inevitable. Nadie, en el fondo, puede estar seguro de sí mismo, porque el modo como construimos la imagen de nosotros mismos es de naturaleza efímera, discontinua. Aunque nos pasemos horas y horas ante el espejo, en cuanto nos damos la vuelta esa imagen que tratamos de esculpir en nuestro cerebro va y se esfuma.

Recurrimos entonces, y por pura necesidad de acallar la angustia que engendra nuestra falta de continuidad visual, a un mecanismo mental más fiable: hacernos una idea estable de nosotros mismos. Digo una idea, por simplificar. En realidad son frases, pensamientos, mensajes que nos enviamos constantemente a nosotros mismos sobre quiénes somos, cómo somos, cuánto valemos y qué es lo que nos espera en la vida. Con retales del pasado y con proyecciones hacia el futuro, tratamos de dar continuidad a nuestro ser en sustitución de la fugacidad imaginaria que nos proporcionan los ojos.

Pero el pensamiento es también inestable, un fluir imparable. ¿Cómo dar consistencia a la idea de nosotros mismos? Pues de modo compulsivo, automático y obsesivo: mediante un diálogo interno casi ininterrumpido en el que nos repetimos hasta la saciedad frases sobre quiénes somos, cómo somos, cuánto valemos, etc. En general, este diálogo es casi igual en todos nosotros: necesitamos considerarnos seres singulares, especiales, importantes. Como resulta muy difícil mantener esta idea exaltada de nosotros mismos, ya que la vida se encarga a cada paso de demostrarnos lo contrario, no tenemos más remedio que afirmar nuestro yo compulsivamente, tratando de tapar todos los agujeros. Así el yo se convierte en un automatismo emocional siempre a la defensiva.

Bueno, pues a mí me parece que esta idea del yo, con el que acabamos identificándonos, partiendo de un hecho casi biológico, nos conduce, sin embargo, a un engaño, una trampa en la que caemos y de la que sólo de modo consciente y esforzado podemos salir, y nunca del todo. Vivir sólo para mantener nuestro yo es uno de los despilfarros de energía más desoladores. No sólo es una fuente permanente de tensión y angustia, sino de aburrimiento y dolor innecesario. Pero somos algo más que un yo, afortunadamente.

domingo, 6 de abril de 2008

HUNDIRSE, LLEGAR AL FONDO

(Foto: Angela Galisteo)
Hundirse. Llegar al fondo. Comprobar que uno no es nada. La doble negación, aquí, no afirma, sino que vacía a la nada de todo, hasta de sí misma. Ni siquiera somos nada. El español, nuestra lengua, con la que pensamos y sentimos, tiende a los extremos. Se puede negar “absolutamente todo” o no tener “nada de nada”. Una lengua conceptual, sintáctica y fonéticamente impulsiva. Muy física, muy corporal, en la que las palabras parecen ser una prolongación de las manos, los ojos, los dientes. Por eso necesita tanto del remanso, de la fluidez, de la melodía. El primero que logró dominarla, mandarla por derecho (por la buena senda) con suavidad y maestría, fue Garcilaso. Cervantes la llenó luego de vida y la empujó hacia la perfección rítmica y sonora.

Pero no quería hablar de la lengua, sino de ese hundirse uno de repente, ese echársenos el mundo encima y venirnos nosotros abajo con él. Dejamos de ser todo lo que creíamos ser y nos sentimos nada. Todo lo que pacientemente habíamos ido construyendo, ese yo que creíamos resguardado, seguro, resulta que no se sostiene en pie y se desmorona. Puede ocurrir de repente (algo nos golpea sin piedad), o despacio, como quien cae en arenas movedizas y sabe que va hacia el fondo y nada puede hacer para evitarlo. El yo, la idea de uno mismo, los hilos que sostenían la marioneta, se cortan, como si el titiritero que los movía diera por terminada la función.

De muy pequeño conocí un juego brutal. Se llamaba “roer la estaca”. Era juego de invierno, cuando se hacía barro en las calles y las eras. Se jugaba con navaja. Sobre un gran cuadrado de tierra húmeda, cada jugador lanzaba la navaja, y si la clavaba, trazaba una línea recta siguiendo el filo de la hoja para ir ganando terreno al adversario. El que se quedaba antes sin terreno perdía. Lo terrible venía luego. El ganador hundía todo lo que podía en el suelo una pequeña estaca golpeando con el mango de la navaja, y el perdedor tenía que arrancarla con la boca. Me tocó una vez perder, así que lo recuerdo bien.

A veces uno se hunde en tierra y tiene que morder el polvo antes de intentar levantarse. Y casi siempre andan los demás por medio. Dependemos tanto de la consideración de los otros, que sólo nos damos cuenta de ello cuando algo falla, cuando alguien nos da la espalda, casi siempre sin motivo alguno. La vida es elevación, un caminar erguido, un mantenerse en pie, porque la gravedad de la vida nos empuja hacia el suelo, que deja de ser sólido y amenaza con tragarnos. Lo que nos permite caminar, la tierra firme, es lo que nos atrae hacia sí y nos tumba. La vida, decimos, se nos hace demasiado cuesta arriba.

Según los datos de la Encuesta Nacional de la Salud, el 21,3% de la población de más de 16 años presenta riesgo de mala salud mental. En España sufren depresión casi cuatro millones de personas, aproximadamente un 10% de la población, siendo los más afectados los adultos de hasta 44 años, especialmente mujeres. Se refiere a la depresión diagnosticada. La depresión larvada, transitoria, debe de ser por lo menos el doble.

Vivir es vencer a cada instante la depresión, la fatiga, el desánimo. Necesitamos autosugestionarnos, autohipnotizarnos para mantener la ilusión de vivir. Todo cuanto hacemos se sostiene frágilmente. La literatura, el arte, es uno de los medios que tenemos para no caer en el agujero, para sostener el ánimo, para mantener el tipo. Es preferible a los fármacos, las drogas, la televisión, el fútbol, la búsqueda compulsiva de cualquier excitación.

Coda final: Compruébese que casi todos los términos que he usado se refieren a nuestra condición física. El lenguaje nace del cuerpo y nos remite siempre a él.

jueves, 3 de abril de 2008

A LA CUESTA DE MOYANO

(Foto: S.Trancón)
El lector de estas páginas volanderas (son más volátiles que las de papel, aunque permanezcan en la pantalla, pues se leen sin la fijeza y atención que propicia la materialidad física del libro) se habrá percatado de que hablo poco de mí mismo, al menos directamente. Huyo del diario, porque esto del bloc es otra cosa, nuevo género, más libre acaso que cualquier otro, ya que cada uno le puede dar el tono y el contenido que quiera. Aunque tiene entidad propia, para mí es un intermediario entre el montón de papeles que tengo escritos y medio perdidos, y lo que luego puedan llegar ser textos literarios destinados a una posible publicación. Es también un modo de recapitular ideas y experiencias con voluntad reflexiva y aclarativa, no sólo comunicativa.
Me mueve ahora otro impulso, otro intento, que es el de atreverme a poner por escrito algunas cosas de mi vida y de tantísimos personajes a los que he ido conociendo a lo largo, ancho y alto de mi vida, breve, como todas, pero ya bastante cargada de recuerdos. Vaya una, para explicar lo que quiero decir.

Un año di clases en el Instituto Cervantes de Madrid. Allí, un profesor amigo me contó que había pasado por el centro, como profesor, Carlos Sahagún, premio nacional de poesía en 1982, que fue el año en que yo tuve que salir casi por piernas de Barcelona (acaso lo cuente un día). A Carlos Sahagún lo conocí en Barcelona y también se vino a Madrid el mismo año que yo, y por el mismo motivo. Bien, pues me contaba mi amigo que por aquel tiempo era frecuente que en los institutos cundiera de pronto el pánico cuando se producía una amenaza de bomba. Así ocurrió una vez en el Cervantes, y entonces, Carlos Sahagún se puso a correr por los pasillos al grito de “¡A la cuesta de Moyano, a la cuesta de Moyano, todos a la cuesta de Moyano!”

Para quien no lo sepa, la cuesta de Moyano de Madrid es la calle de puestos de libros más entrañable y antigua de la ciudad, a la que ahora han peatonalizado con un gusto pésimo (¡viva el cemento!). Está a más de dos kilómetros del Instituto Cervantes. Pues a mí esto de que para huir de una bomba, Carlos Sahagún propusiera ir a buscar refugio en la Cuesta de Moyano, entre las casetas y puestos de libros, me parece una genialidad.

A Carlos le he perdido la pista. Tengo de él una imagen enternecedora, con su dogmatismo leninista y sus magníficas fobias. Lo último que recuerdo es su exaltación de El Cojo Manteca, aquel personaje que se hizo famoso por romper farolas con una de sus muletas en las manifestaciones estudiantiles. Lo consideraba un verdadero revolucionario.

martes, 1 de abril de 2008

ESCRITURA SEMIAUTOMÁTICA

(Foto: Ángela Galisteo)


Lame el cuenco de la noche el zumbido de las estrellas,
un abrir y cerrar de ojos ciegos sepultados en un barro de partículas atómicas.
Es de noche porque los ojos son agujas clavadas en la pupila de la cueva del cielo.
Escarba la pata del gallo en la sangre del atardecer que se coagula entre nubes de langostas
azuzadas por un viento de lanzas que se alargan hasta tocar la retina de las nubes.
El día se hizo noche porque ululaban perros blancos alrededor de las catacumbas descarnadas de la montaña
que se precipitaba con un silencio de huracanes sobre el mar.
Descríbeme la dulzura con que colocabas sobre tu mano los lagartos que acabaron ardiendo junto a tu boca.

Estos “versos” los he escrito a vuela tecla, sin pensar ni saber de dónde me salían las palabras. Es una especie de escritura automática, pero sin pretensión alguna de llegar a ningún inconsciente sepultado en mi memoria. Los transcribo (un poco retocados para darles continuidad sintáctica) para poner de manifiesto que es relativamente fácil dar gato por liebre en esto de la poesía. Parece que suenan bastante bien, dejan incluso una atmósfera de misterio y desconcierto en la mente del lector. Pero no se me ocurriría nunca el publicarlos como poesía, ni automática, ni deconstruida, ni nada de nada. Esta forma de escribir, sin embargo, es un buen ejercicio para vaciar la mente de ideas preconcebidas, para dejarse llevar por cierto flujo de imágenes y ritmos, imprescindible para escribir poesía.

domingo, 30 de marzo de 2008

EVOLUCIÓN DE LA CONCIENCIA

(Foto: PortfolioNatural)

He experimentado en mi vida que la conciencia puede acrecentarse. Creo que es uno de los imperativos evolutivos del hombre, un impulso que nos mueve a ir más allá de nuestros límites perceptivos. La conciencia humana es percepción. Aspiramos a cambiar nuestro nivel de percepcion del mundo para verlo, no de modo rutinario y dándolo por hecho, sino como en realidad es, poderosa y maravillosamente extraño e inexplicable. Como no quiero parecer un místico extemporáneo ni un iluminado, propongo una hipótesis evolutiva para explicar esta necesidad de alterar e incrementar nuestra conciencia y dar entrada a esa percepción que intensifica lo real y nos hace sentir todo lo que nos rodea como un misterio pavoroso, pero fascinante.


Si existe una evolución cósmica, física y biológica, ¿por qué no también una evolución de la conciencia? La conciencia, una vez que emerge o surge de la evolución cósmica, física y biológica, puede evolucionar hasta hacerse cada vez más consciente del mundo y de sí misma. Dentro de esa evolución podríamos estar nosotros, los seres humanos. En otras partes del universo, del mismo modo que pueden haberse producidos evoluciones físicas, biológicas y de otro tipo, puede también haber evolucionado la conciencia. No somos los únicos seres conscientes del universo. Del mismo modo que lo cósmico, lo físico y lo biológico forman parte del proceso evolutivo general desde los inicios del universo, desde los comienzos de la evolución de la energía originaria o primordial, también debemos suponer que lo consciente, el impulso hacia la conciencia, forma parte del programa inicial del universo.

jueves, 27 de marzo de 2008

DECONSTRUCCIÓN ESCÉNICA

(Foto: J. Rodríguez)



-Me siento muerta. Se está desmoronando mi ser, Marco Antonio. Me miras como si no existiera.
-No, Cleopatra, querida mía. Tienes un nombre, un nombre histórico.
-Tú también.
-Los dos, porque uno sin el otro no habríamos pasado a la historia. Tenemos nombre, somos.
-Pero necesitamos fingir que existimos.
-Fingimos, pero para venir de la nada al ser, ya somos algo. Salimos a escena.
-Somos algo, no alguien.
-Pero tenemos carne y huesos.
-Dices bien, carne y huesos, porque no existe ninguna mujer de carne y un solo hueso.
-Huesos duros de roer, huesos perdurables. Los huesos, si no se los maltrata, duran más que el bronce. Fíjate en los dinosaurios. ¡Qué grandes proporciones tenían esos bichos! ¡Temibles! Toda la fantasía de nuestros contemporáneos griegos no llegó a tanto. El mundo fue fantástico. Y nosotros lo conocimos, conocimos a los dinosaurios bañándose en el Nilo.
-Ahora todo es tan pequeño… Nos han reducido de la cabeza a los pies. Vamos hacia los insectos. Ellos sí que perduran. ¿Dónde queda la belleza terrible de los dinosaurios? Prefería no ser, no ser, ya que no puedo ser lo que fui, tu amante desnuda sobre la arena roja, junto a los cocodrilos.
-Pero ahora somos nosotros los perdurables, no los dinosaurios.
-Hecho de menos las olas del Nilo acariciando mis pies, preferiría no fingir más que soy Cleopatra.
-Pero estamos casi vivos, somos de carne y huesos, tenemos un nombre. Yo, latino, tú egipcio. No se puede pedir más. Y te puedo mirar y tocar.
-Convénceme de que esto es mejor que contemplar a Orión desde la pirámide de Keops. Preferiría no tener que fingir para ser Cleopatra.
-Pues yo preferiría no haber pasado a la historia. No quiero ser Marco Antonio para toda la eternidad.
(Un trueno atraviesa la escena y retumba por toda la sala)

domingo, 23 de marzo de 2008

CONCIENCIA DEL INFINITO

(Sé que los temas que voy metiendo, entre cuento y cuento, en este bloc, son muchas veces incómodos. No busco complacer ni convencer a nadie. No calculo lo que puede o no puede gustar. Escribo para aclararme yo y, de paso, si a alguien le sirve para algo, pues que lo aproveche como quiera).

El infinito es un concepto irreductible. No podemos ir más allá. Podemos aproximarnos a su contenido mediante imágenes, razonamientos, aproximaciones, pero no podemos definirlo ni ir más allá que lo que el término en sí mismo contiene. Todas las filosofías y religiones, sin embargo, han intentado reducirlo para meterlo en nuestra cabeza. Le han puesto multitud de nombres. El que más fortuna ha tenido es el de Dios.
Distinguir entre el concepto de Dios y el de infinito me parece una tarea imprescindible para quienes queremos integrar en nuestra concepción del mundo, esa realidad del infinito.

Más que lo que es, podemos intentar explicar lo que no es. La primera discrepancia con casi todas las interpretaciones religiosas, es que el infinito no es algo personal, sino impersonal. Nos cuesta aceptar que exista algo en el universo que no sea personal. El niño, en sus primeras fases, no distingue su ser del mundo, y todo lo anima, lo hace vivo y personal. Animismo y egocentrismo, le llaman los psicólogos. De adultos, no concebimos la conciencia y la inteligencia sin un sujeto personal al que atribuirle esa actividad o cualidad. Dios, por consiguiente, no puede ser algo impersonal. Pero el infinito lo es, no puede ser algo personal. Lo personal sólo puede ser limitado, y desde su limitación, no puede concebir lo infinito impersonal.

El infinito tampoco puede ser algo separado del mundo, distinto del mundo mismo. El infinito es todo lo que existe. El infinito es todo lo que está ahí, desde mí mismo y cuanto veo a mi alrededor, hasta todo lo que hay y se mueve y existe en todas las direcciones. Su límite es inimaginable, porque en realidad no lo tiene. Existen mundos, formas y conglomerados de energía, visibles e invisibles, finitos, pero el infinito es el todo, la totalidad de todo, que es algo más que la suma o acumulación de partes o mundos.
Como somos seres limitados por nuestra condición física y corporal, sólo podemos pensar a partir del cuerpo, de la realidad material de los objetos y la sucesión, tal y como nuestros sentidos construyen en el mundo para poder movernos y sobrevivir en él. No podemos concebir el todo, siempre imaginamos que puede haber otro todo anterior o mayor.

Pensamos en el infinito a partir del tiempo y el espacio, porque no podemos hacerlo de otro modo. Pero nuestra idea del tiempo y del espacio encierra una contradicción insoluble: para existir han de ser finitos, pero por su propia naturaleza, pueden ser infinitos. Nada impide que el tiempo y el espacio sean infinitos, lo que pasa en que no podemos ni concebirlo ni imaginarlo, porque el tiempo y el espacio siempre son relativos a algo; más aún, son relaciones construidas por nuestra mente. Al darse cuenta de que no son más que relaciones, Einstein concibió su teoría de la relatividad universal.

Pero el infinito tampoco es una prolongación ilimitada del tiempo y el espacio, porque es una totalidad, y la totalidad no puede ser simplemente el ensanchamiento de una parte, como lo son el tiempo y el espacio. Como tampoco puede ser un agrandamiento del hombre, una expansión ilimitada de lo que es el hombre, o sea, Dios.

El infinito tampoco es algo estático ni siempre igual a sí mismo, sino un movimiento, un flujo y un cambio constante de todo. El universo nunca es igual, miremos hacia donde miremos. No podemos parar el proceso infinito de su constante transformación.

Así que el infinito no es algo personal, ni es sólo lo que vemos, ni lo que podemos imaginar o concebir, ni alguien que lo ve todo desde un lugar privilegiado, ni el universo finito que conocemos y en el que vivimos, que tuvo un big bang y llegará en algún momento a su colapso y desaparición. El infinito es algo más, es un todo sobre el que apenas podemos pensar, lo absolutamente real, de donde proviene todo, lo que hace que todo lo que existe exista, lo que me sostiene a mí y a estas teclas, y a las frases que mis manos y mi mente construyen sobre esta pantalla, y mis frágiles intentos de ser consciente de esa totalidad, de sentirla de algún modo aunque no la comprenda, no la abarque ni sepa explicar.

Mi mejor manera de concebir el infinito, la totalidad, es pensándola en términos de energía, tal y como la ciencia de mi tiempo me induce a imaginar. Lo que añado, y es totalmente racional y coherente con esa concepción científica básica, es que esa energía tiene que ser consciente de sí misma -o que intenta cada vez ser más consciente de sí misma- y es por lo que el universo existe y se crean o aparecen en él infinitas formas y seres en permanente cambio. Yo, una y uno de ellos.

jueves, 20 de marzo de 2008

LA BACTERIA Y LA MITOCONDRIA

(Foto: Estromatolitos)


Anoche dormía en mi cama cuando me di cuenta de que algo permanecía a mi lado, bajo el edredón, como un bulto. De pronto noté que se movía, se deslizaba y se pegaba a mi abdomen. Era una masa-monstruo, como un armadillo, que empezó a hincharse haciendo un ruido oscuro, como un crujido de tierra negra, que yo nunca había oído. Reaccioné de inmediato y golpeé fuertemente con las dos manos a la vez contra aquella especie de sapo grande e informe. Los manotazos fueron secos, levantando bien los brazos hacia atrás para coger más fuerza. Quería aplastar aquello, separarlo de mi piel y matarlo como fuera. Actué con total determinación, sin dudar un segundo, sintiendo que era cuestión de vida o muerte. Me desperté del todo al golpear contra el frontal de la cama, que es de madera maciza. Sudaba.

Ahora, doce horas después, todavía no logro quitarme del pecho y el abdomen la sensación de viscosidad y presión, como una masa esponjosa de aire denso, que está viva y consciente y flota y merodea a mi alrededor a la espera de un descuido, que me duerma o que me deje absorber por una preocupación, la de un posible cáncer estomacal, por ejemplo. En un instante me ha venido a la mente le imagen de una bacteria aburrida y otra de una especie distinta, la mitocondria, que se le acerca. Tienen una amigable charla, y la bacteria anaeróbica (la mitocondria) se introduce en el interior de la otra, la aeróbica. Se entienden tan bien y simbióticamente que ya no se separan más: así comenzó, según Lynn Margulis, la vida, la primera célula eucariótica de la que procedemos los homínidos más o menos humanos. Así parece que fue, más o menos.
O sea, me digo, que el secreto de la vida está en el acuerdo entre dos depredadores que llegan a un intercambio de energía ventajoso para la supervivencia de ambos. Endosimbiosis, se llama. Y este entendimiento va y lo cambia todo, hasta la composición física y química de la Tierra (la Hipótesis Gaia, o Gea, de James Lovelock).

Si conciencia es energía (no lo dudo), la conciencia ya está en el origen de la vida misma. Al igual que existe un intercambio de masa y energía, que es lo que sostiene la vida, ¿por qué no un intercambio de esa otra energía, la de la conciencia? Bien, pues ahí va mi hipótesis. Lo que anoche experimenté no fue más que un intercambio de energía. Una masa o un ser compuesto por esa energía de la conciencia, se intentó colar dentro de mí (el lugar elegido era el hara o dantián, el centro de nuestro equilibrio energético) para realizar un intercambio, como la primera bacteria y la mitocondria seductora. ¿Y por qué reaccioné tan violentamente? Pues sencillamente, porque no me gustó aquello, y no me pareció bueno el trato.

Si Castaneda tiene razón (leer El lado activo del infinito, a pesar de la pésima traducción), pues existirían lo que él llama los voladores, seres inorgánicos que se alimentan de la energía de la conciencia. A cambio de darnos conocimientos sobre la manipulación de la materia (base de la revolución industrial y tecnológica) se adueñan de nuestra energía más valiosa, la de la conciencia, dejándonos la imprescindible para seguir vivos, encapsulados en el yo y el autorreflejo (como si quedáramos encerrados en una burbuja especular y miráramos donde miráramos siempre nos veríamos a nosotros mismos). Si don Juan y Castaneda tienen razón, la influencia de estos bichos (algo así como Matrix) explicaría, entre otras cosas, las enormes estupideces que, a causa de esa merma general de conciencia, el hombre actual lleva a cabo con una obstinación ciega y suicida.
Así que, a pesar de todo, creo que hice bien al destrozarme las manos contra la cama.

martes, 18 de marzo de 2008

ME LARGUÉ AL MONTE

(Fotos: A. Real)


Me largué al monte. Llegué a un paraje lejano y solitario. Robles, encinas, fresnos, jaras, zarzales, retama, romero… y un bullicio de pájaros y cantos irisados expandiéndose por todo el valle. Me tumbé sobre la hierba seca, rodeado de rocas, ramas y gorjeos. Puse mi atención, suavemente, sobre las nubes, los troncos, un arroyo medio seco por el que corría un hilillo de agua borboteando contra unas piedras. Al cabo de un rato, mi mirada se quedó enganchada a unas hojas, que se acercaban a mí hasta estar a la altura de mi mano, creando una profundidad ilimitada de verdes, grises y azules. Traté de abarcar ese horizonte al mismo tiempo que mantenía mis ojos enfocados en la rama de hojas azuladas que tenía cada vez más cerca de mí. Sentí entonces que el árbol erguido del que salía la rama estaba vivo y consciente: las hojas, alargándose, eran conscientes de sí mismas y sentían la presencia del mundo desde la transparencia de su rugosa piel brillante. De pronto, como si hubiera cambiado la presión, se abrieron mis oídos y me percaté del canto de los pájaros. Agudos y graves, corcheas y blancas se entrelazaban formando una malla inextricable y armoniosa de sonidos, sonidos que eran colores, destellos, burbujas y un zigzagueo luminoso de partículas. Me asombró la instantaneidad y fugacidad del sonido. Aparece y desaparece al momento, sin posibilidad alguna de volver a ser ni a repetirse. Me concentré en el sonido: no era algo continuo. Entre latido y latido había algo: agujeros, vacío, silencio, nada. El aire empezó a cubrirse de una neblina casi imperceptible. Partículas azuladas y blancas, saliendo de la nada se expandían en todas las direcciones. Pensé que eran fotones venidos del infinito que chocaban con los átomos invisibles del aire, del oxígeno, el nitrógeno, el carbono. Miré al suelo y observé cómo aquella lluvia incesante de energía se hundía en la tierra, atravesaba e inundaba las hierbas, las piedras, el musgo. También me atravesaba y bañaba a mí. Sentí que no era más que una masa de energía vibrante y encapsulada, compactándose en mi cuerpo, pero abierta a ese chorro velocísimo y suave de energía sin masa, una materia inmaterial, un no sé qué que me cubría y traspasaba. Entre las moléculas, átomos, partículas y fotones que se movían en mi cuerpo había también un espacio vacío, inmenso. Mi cuerpo no era sólido, sino un conglomerado de ondas y vibraciones que formaban una masa intangible suspendida en la nada, viajando a velocidades inconmensurables por el universo. Llevado por la Tierra, atravesaba el vacío. Al cabo de un tiempo que no puedo calcular, empecé a oír a lo lejos el hilillo de agua del arroyo. Las burbujas y el incesante gorgoteo me hicieron volver en mí. El sol ya se había ido y había cesado el bullicio de los pájaros. Empezaba a hacer frío. Me levanté y comencé a caminar. Me sentía muy ligero y sin preocupaciones. Todo a mi alrededor era más nítido, menos sólido y apremiante.

(Este relato, como casi todo lo que cuento, es real, acaba de sucederme. Ahora mismo estoy regresando de mi escapada).

domingo, 16 de marzo de 2008

DATOS QUE DAN QUE PENSAR

(Foto: J.Rodríguez)

La velocidad de la Tierra en su movimiento de rotación sobre sí misma es de casi medio kilómetro por segundo. Al mismo tiempo que gira sobre sí misma, la Tierra se mueve en elipse alrededor del Sol a una velocidad de unos 30 kilómetros por segundo. Pero este circunvalar al sol lo hace arrastrada o siguiendo el movimiento del propio Sol, que tampoco está quieto, sino que gira alrededor de nuestra Galaxia a una velocidad aún mayor, a unos 220 kilómetros por segundo. La Galaxia, a su vez, como un todo, se mueve a unos 600 kilómetros por segundo. Además del agujero negro que bulle en su centro, un día será engullida por otra galaxia mayor, la más cercana, Andrómeda.


Para preparar 100 gramos de miel, una abeja debe visitar cerca de un millón de flores. Una abeja sin carga de polen vuela a unos 65 km por hora. Incluso con su cosecha la abeja todavía es capaz de volar a 30 km por hora. Para obtener un kilo de miel, la abeja debe llevar a la colmena 150.000 cargas de néctar. Si las flores distan un kilómetro y medio de la colmena, para llevar cada carga tendrá que volar tres kilómetros. Por consiguiente, tendrá que recorrer un total de 450.000 kilómetros para preparar un kilo de miel. Esta distancia es once veces lo que mide la circunferencia de la tierra en el ecuador. (Estos datos me los proporciona mi amigo Evelio, y los toma de “La miel y sus derivados”, de Cristina Vázquez Fuentes. Quiere montar cientos de colmenas en unos terrenos que tiene en la falda de los Montes de Toledo, no para aprovecharse de la miel, sino para que las abejas no desaparezcan de la faz de la Tierra. Le sugiero que el problema a lo mejor no está en las abejas, sino en las flores, en que ya no hay casi flores por el campo, porque, a su vez, el clima y el terreno… etc.).

A veces los datos dan también que pensar. Como la velocidad y el espacio son relativos (relativos al punto desde el que establezcamos la distancia y el movimiento, y relativos a la velocidad de la luz en el vacío, unos 300.000 kilómetros por segundo), si nos colocamos ante esas velocidades inimaginables y descomunales de la Tierra, el Sol y la Vía Láctea, pues nos vemos como somos, una nada que se afana, siente y piensa algo durante un instante antes de desaparecer. Si nos colocamos en la perspectiva de la abeja, nos asombra la cantidad de esfuerzo, tiempo y energía que requiere la exitencia de cualquier cosa que damos por hecha a nuestro alrededor sin atisbar lo que ha tenido que ocurrir antes para que lo tengamos al alcance de la mano. ¿Y qué cantidad de explosiones, movimientos, intentos y transformaciones ha tenido que ocurrir en una pequeñísima parte del universo para que, desde aquel polvo cósmico inicial de átomos y partículas, haya aparecido un hombre sobre la Tierra que ahora esté tecleando signos electrónicos y haciéndose estas cábalas metamatemáticas?

viernes, 14 de marzo de 2008

UNA HAZAÑA URBANA INEXPLICABLE (Y ABSOLUTAMENTE CIERTA)

(Foto: J.Rodríguez)


Acabo de realizar una hazaña urbana. La cuento porque todavía estoy conmocionado.
Estaba en una sesión de evaluación y ya al final, alguien comenta no sé qué de las oposiciones. Pregunto si ya estaban convocadas. Una profesora de francés, que lleva tiempo preparándose para el trance, me dice: “Sí, claro, hoy acaba el plazo de solicitudes”. “¿Cómo?”, insisto. “Sí, sí, hoy, día trece”.
Palidezco, exhudo, todo mi cuerpo experimenta un tsumani hormonal, una riada de neurotransmisores alarmados se pone en marcha y trata de poner orden en la caótica explosión de mi galaxia cerebral. Aclaro.
Eran las cinco de la tarde, una hora muy propicia para ponerse delante de los cuernos de la muerte. La oficina receptora de las instancias cerraba a las siete. Tenía dos horas para realizar todos los trámites. Me había comprometido con una futura opositora a estar atento a esa convocatoria y realizarle yo la solicitud, mientras ella se despreocupaba del engorroso y farragoso papeleo. Bien, pues, a pesar de haber estado medianamente atento, ni me había enterado. Una serie de despistes y falsas informaciones había tejido la celada en que caí. Y ahí estaba, medio cataléptico, con dos horas para ir a la otra punta de Madrid (calle Vitruvio, cerraban a las seis), coger los impresos, rellenarlos, sacar un montón de fotocopias de títulos y documentos, encontrar un banco para realizar el ingreso de 34,25 euros de las tasas, correr al registro último situado en la Gran Vía, entregarlo todo y, en el supuesto de que estuviera en orden, respirar tranquilo. Esta secuencia la reconstruyo ahora, porque durante la desbocada carrera logré con acierto alejarla de mi cabeza. De lo contrario hubiera caído en ese agujero negro que tenemos en el centro del pecho, irremisiblemente paralizado ante el espanto de confesar a mi compañera opositora que no, que esta vez no, que tendría que esperar otros dos años para intentarlo de nuevo.
Bien, pues lo conseguí. ¿Cómo? No lo sé, porque se acumularon tales dificultades, que no tengo más remedio que callar, no intentar dar explicaciones a lo sucedido.
En Vitruvio, siempre tan amables, no sabían ni la cuantía de las tasas, no tenían a mano la orden de convocatoria, faltaba el impreso final… El banco cerraba a las seis, insistían, para darme ánimos. Me centré en el impreso 030, el del pago. Llegué a una oficina de Caja Madrid. Cola. ¿Y el dinero? ¿Mira que si no llevo dinero suficiente? Abro la cartera. ¡Cuarenta euros! El coche lo dejé apartado en una parada de taxis. ¿Multa, lo llegará la grúa? Nada, prosigo hacia un centro de preparación de opositores, para que me socorran: calle Cartagena. Aparco en zona de carga y descarga, entro en la oficina y logro que me ayuden a rellenar impresos y hacer fotocopias. Amablemente, no me cobran ni un euro. Son ya las seis y media. Media hora para atravesar la Castellana y subir por la Gran Vía hasta el número 3.
A partir de ese momento mi vejiga no aguanta. El torrente sanguíneo ha debido arrojar toneladas de tóxicos y residuos acetilcolínicos a la tinaja. Revienta, reviento. ¿Corro y/o reviento? Mi padre decía que la capacidad de resistencia del ser humano es casi ilimitada. Él había sobrevivido varias noches en Teruel, a la intemperie, en una trinchera, a veinte grados bajo cero.
Pero hay más. A la altura de Cibeles, antes de coger la hermosa curva de ballesta de la Gran Vía, pues nada, que aparece una manifestación, un mar de banderas rojas al viento, protestando, creo, contra la Empresa Municipal de Transportes. No sé cómo, pero logro girar a tiempo y meterme de cabeza en un aparcamiento. El reloj del Banco de España señala las siete menos tres minutos. Salgo pitando, cruzo suicidamente la calle, abarrotada de coches, llego al edificio señalado con unas banderolas, también al viento, pero he aquí que un guardia civil me cierra el paso y dice que acaban de ordenarle que no deje entrar a nadie más. No sé cómo pero lo convenzo y cojo mi ticket. Ni lo miro. Busco un lavabo y están haciendo la limpieza. “El suelo está mojado”, me advierte la limpiadora. Espero y un momento después se apiade de mí y me deja pasar. Alivio.
Más tranquilo, aguardo mi turno. Miro mi ticket y ¡oh sorpresa!, no tiene número. Señala la hora, 19: 02, como argumento irrefutable. ¿Qué hacer? Reacción inmediata: me levanto y en cuanto queda un milisegundo libre una ventanilla me lanzo y le digo a la funcionaria que se me ha pasado el turno, que tenía el 269 (iban por el número 272). Me deja sentar, entrego todos los documentos, me los sella y todo en regla. Voy a levantarme y llega una solicitante con un número en la mano: el 269. Dice que se le había pasado el turno…
Y colorín colorado, este cuento verdadero, totalmente cierto hasta el último detalle, se ha acabado. No hay duda de que, dentro de la realidad, acaso en su centro, vive la ficción, pugnando por hacerse realidad cuando más lo necesitamos.

miércoles, 12 de marzo de 2008

EL PÁJARO EN SU RAMA

(Foto: J.Rodríguez)


Donde mejor canta un pájaro es en su árbol genealógico, me dijo al oído Jodorowsky, repitiendo palabras del poeta que nadie había sabido interpretar hasta que él las descubrió en una carta del tarot. Sobre una rama los he visto esta noche, a ellos, mis progenitores, cantando. Murieron hace años, pero yo todavía llevaba sobre mis hombros la amarga tristeza de mi madre y la desesperada frustración de mi padre, como si esa fuera mi obligación. Esta noche he abierto la ventana, he respirado la honda quietud del campo, he visto la luna, que difundía una luz nítida y serena, y al mirar hacia mi lado izquierdo los he descubierto ahí, aquí, sobre la plateada rama de una gran encina. Mi madre repitió, con suave murmullo cristalino, junto a mi oído:
-Hijo, donde mejor canta un pájaro es en su árbol genealógico.
Mi padre sonrió, y con voz igualmente serena, repitió:
-Hijo, donde mejor canta un pájaro es en su árbol genealógico.
Comprendí de pronto, con lágrimas en los ojos, que ellos ya eran libres, que no arrastraban ni amargura ni desesperación, y que yo también podía ser libre.
-No alientes más en tu pecho la desesperación de tu padre –insistió una voz que quedó vibrando entre las ramas.
-No guardes más en tu corazón la tristeza de tu madre –añadió otra voz que se perdió entre el verdor numinoso de las hojas.
La plateada encina se dibujaba contra un cielo azul, oscuro y estrellado, sobre la ladera del monte. Fascinado, seguí escuchando aquella voz, que surgía de cualquier lugar hacia el que mirara y flotaba como una melodía:
-Sal de la rueda del pozo, atraviesa el círculo, rompe el espejo. Libérate de la tristeza, de la amargura y la frustración. No te aferres al sufrimiento, suelta la desesperanza, deja esos sentimientos ir hacia los confines de universo, no los retengas más.
Comprendí entonces que el pájaro genealógico era una hoja, que la hoja cantaba sobre una rama, que la rama brotaba del tronco de un árbol inmenso y bellísimo, que el árbol crecía sobre un monte azulado, que el monte rozaba el cielo, que por el cielo giraban a velocidades inconcebibles infinitas galaxias, que las galaxias se diluían en el polvo cósmico y que el polvo cósmico era sólo conciencia pura cuya esencia estaba hecha de belleza y misterio, y que éramos muy desgraciados al colocar en el centro de la vida la desesperación y la amargura, porque todo al fin acaba en la más inimaginable serenidad y quietud. Eso cantaba el pájaro de mi árbol genealógico, ramillete de plumas plateadas, al que yo había ahogado el canto atándolo a la pena, a la rueda del pozo, durante toda mi vida, impidiendo su vuelo infinito.
De la iluminada rama salió entonces hacia el horizonte una garcilla; poco después, un cuervo extendió sus alas hasta perderse en la lejanía. Tal y como yo los había visto cantar, se fueron libres y serenos, cada uno por su lado, pero su partida esta vez no me hizo sufrir. En el más allá el amor se confunde con la libertad.