MIS LIBROS (Para adquirir cualquiera de mis libros escribir a huellasjudias@gmail.com)

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jueves, 29 de enero de 2009

30.000 VISITAS

(Foto: A.Real)

HACE casi un año inicié este bloc. Sin saberlo, me ajusté al calendario chino, que comienza por estas fechas.
El tiempo podemos medirlo (y valorarlo) por el calendario, pero también por lo que hacemos.

Hago balance de lo que he escrito aquí, en este bloc, que no es más que una pantalla abierta al mundo: 140 entradas (artículos), 88 comentarios, 30.000 visitas, visitantes de 43 países. Todos estos datos los puede comprobar el lector pulsando el icono que aparece al final de esta página. No son más que datos, pero indican que, al menos, HAY ALGUIEN AHÍ.

Tengo poca idea de quién lee lo que escribo, pero quiero suponer que, quien lo hace, es porque encuentra algún placer o provecho en estas páginas. No aspiro a más. Algún amigo insiste: ¿Pero, por qué lo haces? ¿Qué sacas tú de todo esto? Le doy mis razones, que no acaban de convencerlo:

.Escribo, en primer lugar, para aclararme. Está en mi naturaleza: necesito entender, saber, conocer. Pensar es para mí como respirar, no un mero entretenimiento.
.Amo el lenguaje y la literatura, siento placer al escribir, al crear nuevos modos de decir, imaginar, construir las ideas y expresar los sentimientos.
.Tengo muchos escritos dispersos que de otro modo nunca revisaría ni pondría en limpio.
.Me sirve de disciplina mental y de ejercicio literario. A pensar y a escribir se aprende pensando y escribiendo. Las dos cosas a la vez.
.Quiero ser útil a los demás. Pienso que la sociedad nos da más de lo que le damos. Yo ofrezco pensamientos, ideas, palabras, imágenes. De esto también se alimenta el mundo.
.Porque he comprobado que es bueno hacer cosas sin expectativas, que no buscan la utilidad inmediata, recompensas, aplausos o reconocimientos. Lo más que puedo esperar yo es que alguno de estos miles de visitantes anónimos se interese por alguno de mis libros.

Le aclaro al lector que no le dedico a este bloc más de dos horas a la semana. El mínimo necesario. Tampoco quiero que nadie pierda el tiempo: por eso ofrezco el texto desnudo, evitando enlaces, vínculos y reclamos de cualquier tipo. Es muy fácil perder el tiempo picoteando, zapeando de página en página. Hay demasiada información, así que prefiero que sea el navegante quien decida a dónde ir. Por esta razón no incluyo ninguna lista de blocs o webs amigas, aunque las tengo.

Como el curioso lector puede comprobar, no rehúyo ningún tema. Esta es una de las ventajas de los blocs: que uno puede escribir de lo que quiera. Sin embargo, huyo de la inmediatez, eso que llaman “rabiosa actualidad” (salvo cuando es muy rabiosa, para que no me muerda).

A los que han navegado por estas páginas durante este año finito, a quienes están detrás de esas 30.000 visitas, SALUD, FUERZA, CONCIENCIA Y HUMOR. Nada hay tan importante que nos impida reírnos de ello. Si es en compañía, mucho mejor.

lunes, 26 de enero de 2009

LOS PELIGROS DE LA OPINIÓN PÚBLICA

(Foto: Agustín Galisteo)


¿Qué es la opinión pública? Supuestamente, la opinión de la mayoría.
¿Cómo se forma? Mediante de la prensa, la radio y la televisión.
¿Cómo se mide? A través de encuestas, que luego interpretan y valoran los mismos medios que las encargan y publican.
¿Cómo se expresa? Mediante el voto y las intenciones de voto.
¿Qué efectos provoca? Decisiones políticas, leyes y, sobre todo, una presión social sobre todos los ciudadanos para que acepten y asuman esa opinión de la mayoría.

Este mecanismo, simple, encierra peligros que una democracia madura debería tener muy en cuenta. ¿Por qué? Porque se presta a todo tipo de manipulaciones, engaños y decisiones equivocadas. Porque no se basa en la racionalidad, sino en la apelación constante a impulsos irracionales como, por ejemplo, el miedo. La opinión pública hoy se crea casi siempre mediante la manipulación del miedo: miedo a casi todo.

Leo en El Mundo un artículo de Enrique Gimbernat que empieza así: “Actualmente, tenemos el Código Penal más represivo de la Europa occidental”. ¿Cómo?, me dije. Proseguí la lectura y comprendí tan rotunda y clarividente afirmación, basada en datos contundentes como que, teniendo el índice de criminalidad más bajo de Europa (2,5 frente a un 10,8 de Suecia, por ejemplo) tenemos el mayor número de presos de toda Europa (138 por cada 100.000 habitantes, frente a 68 de Suecia, p.ej.). Da el autor ejemplos de incrementos bárbaros de penas, inclusión constante de nuevos delitos y reformas penales cada vez más alejadas del derecho y el sentido de la pena, que no es sino la reeducación y rehabilitación social, según nuestra Constitución. En esta carrera por complacer a la opinión pública, movida por la simplista consigna de “ley y el orden” y atizada por el miedo, la derecha y la izquierda parecen querer llegar los primeros. Izquierdistas, ecologistas, feministas y todo tipo de plataformas, se dan a veces la mano con la derecha más extrema.

Esta opinión pública, que no admite matices, que explota la irracionalidad y el miedo, es absolutamente peligrosa, porque es imparable. Busch mandó sus tropas a Irak amparado en la opinión pública. Hitler, no lo olvidemos, llegó al poder a través de esta opinión pública, y todos los dictadores han gozado de muy buena opinión pública cuando ejercían su poder.

Así que la opinión pública, en una democracia, necesita adjetivarse: no estar basada en la irracionalidad, el miedo o la venganza, los intereses particulares o partidistas, sino en el sentido común, la dignidad, la tolerancia, la justicia, distinguiendo bien a los criminales y causantes de graves daños colectivos, de los pequeños delincuentes. El totum revolutum hoy de las cárceles y juzgados, provocados por este Código Penal que va detrás de la opinión pública, no es sino un despilfarro y una escuela de delincuencia mayor. Si fuera de otro modo, no se produciría esa aberración de ver a un corrupto como Roca, el de Marbella, condenado a siete años de cárcel (redimibles), al lado de unos padres que pueden ir a la cárcel por dar una bofetada a su hijo.

miércoles, 21 de enero de 2009

ANTISEMITISMO PRIMARIO

(Foto: Agustín Galisteo)
Los recientes acontecimientos de Gaza han provocado algunas reacciones inesperadas. Me refiero ahora al antisemitismo, un fenómeno que después del Holocausto (6 millones de judíos asesinados), parecía desterrado para siempre de nuestras sociedades. No es así, y se cumple la máxima de que cualquier barbarie humana siempre puede repetirse y aumentarse. ¿No han muerto ya en la guerra de el Congo 5 millones de personas?

Cambian los intereses y las justificaciones, las ideas y prejuicios que soportan y estimulan los crímenes, pero no las reacciones emocionales, los impulsos primarios que ponen en marcha. En esto no ha habido progreso alguno, basta que se produzcan las circunstancias adecuadas para que resurjan los viejos fantasmas con toda su monstruosa obstinación.

Toda guerra, todo asesinato, comienza en la mente, ahí se desarrolla, crece como un cáncer hasta llevar a los actos. Por eso son tan importantes las palabras y las acciones simbólicas en las que la guerra y el crimen van ganando previamente terreno. Siempre me llamó la atención la justificación del decreto de expulsión de los judíos de 1492: querían evitar, decían, “la comunicación de los judíos con los cristianos”. Había que impedir que los judíos llevaran a los cristianos “a su dañada creencia”.

Es curioso, porque el judaísmo prohibe el proselitismo, la predicación para aumentar el número de fieles o creyentes, todo lo contrario de lo que ha defendido el catolicismo, que no sólo promueve la conversión forzada, sino que justifica el uso de la espada al lado de la cruz para alejar a los paganos de sus erradas creencias. Pero el decreto ni siquiera hablaba de impedir el proselitismo judío, inexistente, sino simplemente de “evitar la comunicación”. El peligro estaba en la simple palabra, el contacto, la comunicación. ¡Qué frágil aquella fe católica, que no resistía ni el mero contacto con cualquier judío, aunque sólo fuera para encargar el arreglo de unos zapatos!

Recuerdo esto porque hace unos días acudí a Toledo a la presentación de un vídeo de Margalit Matitihau, una excelente poetisa sefardí, sobre el Toledo de Sefarad, un recorrido histórico y emocionado de la presencia judía en esta enigmática ciudad, todavía llena de misterios, entre los que se encuentra su propio origen. Dino del Monte me dice que proviene de la palabra hebrea Toledá, que significa Renacer. El Toletum romano sería posterior. También me cuenta Hilario Franco que el curso actual del río Tajo no es natural, sino artificial, y que para que rodeara la colina en que ahora se asienta la ciudad, hubo que remover toneladas de roca.

Bueno, pues la proyección de este vídeo fue prohibida a última hora por la consejería de Cultura de la Junta de Castilla-La Mancha, que fue quien lo financió. Con inusitado descaro se dio la excusa de “problemas de agenda de la consejera”. Un efecto colateral de la guerra de Gaza que sólo se puede calificar de antidemocrático y estúpido. ¿Por miedo a qué? ¿Qué tiene que ver este acto cultural con esa desgraciada guerra? Supongo que, con igual motivo, se cerrarán al público sine die las dos sinagogas de la ciudad. Cuidado con la “comunicación” y el conocimiento de la historia. La propaganda a favor de Hamás, en cambio, goza de todas las bendiciones apostólicas. Y lo digo, porque a lo mejor también anda detrás de esta absurda prohibición la Iglesia toledana, todavía trentina y hasta tridentina. De la consejera y su gesto, mejor ni hablar.

viernes, 16 de enero de 2009

LA GUERRA PALESTINO-ISRAELÍ

(Foto: S. Trancón)


Hay hechos sociales ante los que resulta imposible permanecer impasible.
Toda guerra es, seguramente, el fenómeno social y psicológico más complejo, más lleno de contradicciones y de más difícil comprensión intelectual. Cualquier simplificación, cualquier reduccionismo se muestra enseguida carente de sentido. Ante la dificultad de abarcar el fenómeno en toda su complejidad, la salida más fácil, a la que la mayoría se agarra para aplacar la angustia de lo incomprensible o incontrolable, es el dogmatismo, el fanatismo, el fundamentalismo que lleva a dividir todo en dos posiciones antagónicas, excluyentes, irreductibles.

Toda guerra real genera, casi automáticamente, una guerra mental y psicológica que se extiende alrededor y que constituye su prolongación. Hoy, como vivimos en un mundo interdependiente, esa otra guerra, que duplica y extiende simbólica y psicológicamente la guerra real, acaba implicándonos a todos, obligándonos a “tomar partido”. En este caso: pro-israelí/anti-israelí, pro-palestino/ anti-palestino. En medio de esta presión ambiental resulta muy difícil hilvanar un pensamiento mínimamente sensato, no guiado por esa obligada toma de partido. Pero ni ante este hecho ni esta presión el pensamiento racional debe claudicar, porque es el único medio que tenemos de controlar el vértigo de las pasiones, las emociones incontroladas y la pérdida de la razón a que nos conduce la brutalidad, la violencia, la muerte.

Distancia racional no tiene nada que ver con neutralidad, ni siquiera con un pacifismo angélico, santurrón o cínico. Tampoco con la politización absoluta que reduce la guerra a un mero asunto de legitimación de la propia posición, ignorando la dimensión humana, ideológica, religiosa y emocional, que pone de manifiesto el sufrimiento, la angustia, el terror, la muerte de cualquier ser humano, sea del partido que sea, de la religión que sea, del pueblo o nación que sea.

La complejidad de la guerra palestino-israelí, que dura ya más de sesenta años, no permite realizar un diagnóstico simplista y por tanto, tampoco una propuesta de solución milagrosa. Aún a costa de parecer vergonzosamente moderado, suscribo las palabras del judío Amos Oz que transcribo a continuación, pronunciadas en el 2001, pero que siguen plenamente vigentes:

“El conflicto entre israelíes y palestinos es un choque entre lo justo y lo justo, no entre lo justo y lo injusto”. “Toda batalla, toda guerra peleada por cualquier cosa que vaya más allá del derecho a la vida y la libertad es injusta”. “A los palestinos que luchan por la liberación de Palestina yo los respeto” “Con los palestinos que luchan por exterminar a Israel no puedo dialogar, de ellos voy a defenderme”. “La mayoría de la gente tanto en Israel como en Palestina sabe que el país va a ser dividido en dos estados”. “Hay cinco millones y medio de judíos en este país y no van a irse a ningún otro lado. Hay unos cuatro millones de árabes palestinos que tampoco van a hacerlo”. “Árabes y judíos no podemos vivir juntos como una familia feliz, porque no somos una sola familia sino dos, y no estamos felices juntos. Así que necesitamos trazar una línea y dividir el país en dos países. No va a ser fácil, va a doler como el infierno, pero será la solución”.

Esta es mi posición política. Otra cosa en mi opinión personal ante esta guerra concreta, absolutamente injustificada, desproporcionada, cruel y, además, profundamente estúpida. Porque no va a solucionar el problema
Porque lo va a prolongar
Porque ha provocado un dolor atroz y un sufrimiento ilimitado
Porque va a generar un antisemitismo primario
Porque lo confunde todo, el judaísmo con el integrismo religioso, el nacionalismo con el sionismo, la democracia con el terrorismo, el miedo con la libertad, la tolerancia con la debilidad, el respeto con el odio y el desprecio
Porque arrincona y no deja espacio para la acción de quienes deberían dirigir la solución del conflicto, los que piensan como Amos Oz
Porque admite la falacia de que para acabar con los cohetes de Hamás no había otra solución que esta ocupación destructiva, cuando se podían elaborar tantos planes alternativos como letras tiene el alfabeto, incluso desde la perspectiva militar
Porque encubre propósitos tan mezquinos como querer ganar unas elecciones, sostener la industria armamentística, mantener la tensión internacional de la que tanto beneficio sacan los más abyectos criminales.

Yo creo que el pueblo judío, tan perseguido y violentamente exterminado a lo largo de los siglos, no se merece una nación levantada sobre el miedo, el odio, la venganza, la humillación del otro, el fanatismo, la fascinación por el poder de las armas, la superioridad económica y la soberbia intelectual. Poco tiene esto que ver con el sueño de una nación libre, democrática, tolerante y pacífica que tantos judíos de buena voluntad quisieron hacer realidad al volver a Israel.
Arrastrados por la polarización a que esta larguísima guerra les obliga, comprendo que la mayoría se deje engañar por este delirio bélico, pero quiero pensar que un día triunfará lo más noble del judaísmo, su universalismo, su tolerancia, apertura mental e intelectual, su búsqueda espiritual, su creatividad artística.
Ojalá que, como la comunidad judía de Marruecos, los judíos disconformes de todo el mundo levantaran la voz para defender una solución pacífica, racional y equilibrada del conflicto, sin miedo a ser tildados de traidores, renegados o antisemitas. Sin miedo a que caiga sobre ellos ningún “jérem” político que los despoje de su identidad judía. Porque esta solución no es utópica, sino la única realista.

lunes, 12 de enero de 2009

QUÉ HACEN LAS PALABRAS

(Foto: S.Trancón)La palabra es una realidad física y mental a la vez. Su función tiene que ver con esta doble condición.
Por un lado, la palabra señala y sustituye al objeto; por otro, expresa y sustituye al sujeto.
La palabra va del sujeto al objeto, y del objeto al sujeto, pero no es lo uno ni lo otro.
La palabra se sitúa entre el objeto y el sujeto, los une y relaciona.

Como realidad física, la palabra es una articulación de sonidos, o sea, una serie de estímulos fugaces que el cerebro traduce e interpreta. Como realidad mental, es una serie de conexiones o circuitos neurológicos que producen imágenes interiores “abstractas”, o sea, desprovistas de la materialidad o concreción a la que se refieren.

El lenguaje se inicia con la articulación de un sonido que se asocia a un objeto separado del sujeto y sirve para señalarlo desde la distancia. Es un recurso funcional dirigido hacia los otros, una forma de indicar a otros la realidad de un objeto que uno no puede mostrar directamente.
La asociación sonido-objeto se guarda en la memoria y esto permite referirse a una realidad ausente, no visible, mediante la repetición del sonido: pasa a ser una imagen mental.

Sobre la base de la asociación y memorización de la relación sonido-objeto se construye todo el lenguaje, de ahí la tendencia natural a confundir la palabra y la cosa. El resultado es que acabamos identificando toda realidad como un “mundo de objetos”. Lo que es un instrumento útil para movernos por el mundo y relacionarnos con los demás acaba absorbiendo toda nuestra percepción y actividad mental: el lenguaje y las palabras sustituyen a la realidad, no sólo física, sino mental. Todo se convierte en objeto, incluidas las palabras mismas.

Pagamos un precio muy alto por este reduccionismo mental y físico, porque ni el mundo ni nosotros somos un “objeto”, una realidad física con límites precisos y aislados del resto de la realidad. El mundo y nosotros somos, antes que nada, una realidad y un hecho energético.

Podemos sacar muchas consecuencias de este modo de entender las palabras y la actividad mental.

Primero, evitar otorgar a las palabras un poder que no tienen: no son la realidad, ni la realidad del mundo exterior ni la realidad de nuestro mundo interior; son un sustituto de la realidad, y la realidad es siempre mucho más y algo distinto de aquello que las palabras dicen y hacen. Cuando las palabras no se acomodan a la realidad, es inútil y un error que nos aferremos a ellas.

Segundo, descubrir, reconocer y otorgar a las palabras el poder que tienen: construyen la realidad que percibimos, dan consistencia y continuidad al mundo exterior, nos permiten relacionarnos con los demás y nos ayudan a tomar conciencia de nosotros mismos.

Tercero, ser conscientes de lo que las palabras dicen y hacen, pero también:
de lo que no dicen ni hacen
de lo que no pueden decir ni hacer
de lo que nos impiden hacer y decir

La palabra es libertad y es cárcel.
Podemos percibir más que aquello que las palabras nos dicen que podemos percibir.
Podemos sentir más que aquello que las palabras nos dicen que sintamos.
Podemos pensar mucho más que aquello que las palabras nos limitan a pensar.
Podemos hacer mucho más que aquello que las palabras nos dicen que podemos hacer.
Podemos dejar de sentir, de pensar y de hacer aquello que las palabras nos inducen a sentir, hacer y pensar.

La palabra sostiene y da vida al mundo y a nosotros mismos, pero la realidad, el mundo y nosotros mismos, somos mucho más. En lugar de cosificar el mundo, a nosotros y a las palabras mismas, podemos transformar la palabra en fuente de vida, de misterio, de conciencia y conocimiento. Las palabras son un impulso para sentir, experimentar y conocer aquello que está más acá y más allá del lenguaje.

miércoles, 7 de enero de 2009

CAE LA HOJA

Foto: Agustín Galisteo


Estoy esperando a alguien en el coche. Ha salido el sol. El cielo resplandece con un azul intenso. Bajo la ventanilla del coche y respiro el aire tibio de la mañana. A mi lado se alza un plátano de hojas amarillas. Del tronco pálido se van desprendiendo trozos de corteza, como escamas. Se renueva. De pronto cae una hoja, penetra por la ventanilla y se queda a mis pies. Al posarse produce un leve ruido seco. Digo “ruido seco”; construyo una sinestesia para expresar ese sonido casi imperceptible. Como la hoja está seca, traslado la percepción visual a la sensación acústica. La hoja, que fue verde, suave y maleable, se ha vuelto marrón, frágil y quebradiza. Al romperse cruje y se desmorona. Trato así de describir lo indescriptible: el sonido. El sonido es lo más indescriptible que existe. Tienes que echar mano de otros sentidos para hablar de él. El sonido es esencialmente impermanente: el puro instante. En cuanto lo oyes, desaparece. Puedo dar cierta permanencia a lo que veo y a lo que toco, pero no a lo que oigo. Se va, vuela. Un sonido prolongado es una sucesión de sonidos. El sonido es una vibración del aire que llega a nuestro tímpano y ahí produce un estímulo que luego el cerebro transforma en sonido. Se produce al chocar una materia con otra, se desprende de ese choque y llega, como una sucesión de ondas, a nuestro nervio acústico. En realidad es una sensación táctil. Cómo convierte nuestro cerebro esa sensación física en sonido es algo inexplicable. ¿Y todos los matices, intensidades, tonos, alturas, timbres..., que podemos llegar a distinguir? ¿Todo basado en la simple vibración del aire bajo la forma de ondas? El sonido es totalmente invisible, impalpable y fugaz, sin embargo, ahí está. El sonido es el vacío puro, la nada más real. Cojo la hoja por el rabillo y la observo: tiene forma de corazón, por el envés está llena de venas, finísimos surcos que puedo palpar con la yema de mis dedos. Hay una línea más saliente que divide la hoja en dos partes simétricas. De ella parten muchas ramificaciones hacia los lados y bordes, que a su vez se van dividiendo en venas más finas hasta cubrir la hoja entera. Descubro que todos estos canalillos están interconectados: puedo empezar en cualquier punto y recorrer todos los surcos de la hoja entera. Una molécula, un electrón, podría recorrer toda la hoja siguiendo estos caminos. Todo está conectado con todo. Así nuestro cuerpo. La vida es ese flujo constante de energía que circula por todo nuestro ser recorriendo circuitos que van de lo más grande a lo más pequeño e invisible. Si se obstruye ese flujo en un punto, la energía se para, tiene que dar un rodeo, y allí donde no llega, esa zona acaba muriendo. La serenidad, la ausencia de tensión, es el secreto de la salud. La preocupación, la ansiedad, el miedo cierran el flujo de la energía, bloquean, obstaculizan el paso de la energía vital. Provocan una muerte no natural. La otra muerte es la de la hoja, la que se produce cuando se agota la fuente de la energía que la sostiene, la de la tierra, la del universo entero al que estamos conectados. Invisible, como el sonido, pero tan real e incomprensible como el leve crujido de la hoja que acaba de caer a mis pies.

sábado, 3 de enero de 2009

SUFRIR O NO SUFRIR



El dolor físico es inevitable e imprescindible para la supervivencia.
El dolor psíquico o sufrimiento cumple también una función de alerta y prevención.
Digamos que todo esto, dentro de ciertos límites, es natural.

Pero no es este dolor el que nos hace infelices, sino otro, mental, que empieza y acaba en nuestro cerebro, aunque se traslade inevitablemente al cuerpo. Me refiero a todo el sufrimiento que nos produce la preocupación, el miedo en sus infinitas manifestaciones: miedo a la desgracia, a la enfermedad, a un accidente, a una agresión, a la pobreza, la humillación, el desprecio, la separación, la vejez, la muerte, etc.

La preocupación es el temor al futuro, la angustia ante una amenaza imaginada, anticipada, prefigurada. Detrás de toda preocupación siempre está la preocupación por uno mismo, por la imagen de sí, por su yo. El yo se alimenta de la preocupación por uno mismo. El sufrimiento, la preocupación, sostiene al yo. Me preocupo, sufro con esa preocupación, y esto me da la sensación de que existo, de que tengo continuidad. Estoy ansioso, preocupado, sufro, luego existo.

Este sufrimiento es un engaño, porque no sirve para nada. No estamos mejor preparados ante lo inesperado, lo imprevisible, la amenaza, cuando nos preocupamos, nos angustiamos e imaginamos la desgracia anticipándola en nuestra mente. Es un mecanismo equivocado por ineficaz.

El presente es también otra fuente de sufrimiento mental. Todo lo que no nos gusta de nuestro presente nos produce malestar, angustia. Quisiéramos destruirlo violentamente para alejarlo de nosotros. La agresividad reprimida engendra sufrimiento. Pero ante el presente inevitable la actitud más racional es la aceptación consciente, no el impulso infantil de la rabia destructiva.

El pasado es también otro pozo del que extraemos sufrimiento mental, autocentrado, ensimismado. Todo lo que no hicimos o hicimos mal nos causa dolor, angustia. Y nos enredamos en ello constantemente.

Insisto: todo este sufrimiento por el futuro, el presente y el pasado, no es más que una construcción mental, algo que hemos aprendido y que ha acabado convirtiéndose en un hábito psicofisiológico, un estado de ser que se ha instalado en nuestro cuerpo produciendo agitación, angustia, preocupación y ansiedad permanentes.

Pero podemos modificar esta necia actitud, este despilfarro de energía y atención. Podíamos resumirlo en algunos principios generales:

-Aceptación total y consciente de todo.
-El enfado, la rabia, la violencia no son más que reacciones infantiles, una pérdida estúpida de energía, un mecanismo perverso y autodestructivo.
-No engancharse a la preocupación, sea del tipo que sea. La preocupación es adictiva, no te agarres a ella, déjala fluir, suéltala.
-Actúa. La acción exige la atención inmediata a lo que se está haciendo. Actúa constantemente. Pensar es también actuar. No te quedes parado, paralizado, absorto en el pasado o el futuro.
-No trates de controlar todo, y menos el futuro. La única forma de influir sobre el futuro es actuando sobre el presente.
-Dale la vuelta al sufrimiento: cuesta más alimentar el sufrimiento que colocar en su lugar la aceptación, la serenidad, la confianza y el disfrute de todo lo que te rodea, que es infinito.

Ser o no ser, sufrir o no sufrir. No te engañes. No por sufrir eres más, eres tú. Tu continuidad no necesita asentarse sobre el sufrimiento; también puede basarse en el disfrute, el goce silencioso de todo.

domingo, 28 de diciembre de 2008

¿PODEMOS CAMBIAR?

(Foto: Carlos Guzmán)

Acaba de pasar el solsticio de invierno, la noche más larga del año. La luz empieza a vencer a las tinieblas. Sigamos el ritmo de la naturaleza que nos invita a renacer, a un proceso general de renovación. ¿Es posible? Lo hace nuestro cuerpo, que renueva constantemente todas sus células. Hasta las neuronas, en contra de lo que antes se afirmaba, pueden hacerlo.

La fuerza de la repetición es, sin embargo, muy poderosa. ¿Podemos cambiar?
Para cambiar, primero hay que estar convencido de que necesitamos cambiar, evolucionar. Siempre, en todo momento, podemos y necesitamos cambiar. No somos seres acabados, cerrados, hechos, sino cambiantes, evolutivos.

El intento es la fuera que nos permite cambiar. Intentar lo que deseamos. Intentar actuar, pensar y sentir de modo distinto, más libre, más consciente, menos rígido, menos previsible, menos programado, más abierto a todo lo que ocurre a nuestro alrededor, que siempre está cambiando, aunque nos neguemos a verlo y aceptarlo.

Intentar es “poner en foco”, enfocar en algo toda la atención y dejar que nuestra energía se dirija hacia ello. Más que voluntarismo o sobresfuerzo, es concentración y persistencia, un desear sin desear, un actuar con total determinación y abandono al mismo tiempo, pensando en lo que hacemos más que en los resultados.

El intento no se centra en uno mismo, sino en lo que se intenta. Más que sacar fuerzas de uno mismo, lo que busca es conectar con algo que preexiste fuera, una fuerza que contiene todas las formas y posibilidades de existencia. Intentar es conectar con esa fuerza que hace posible el paso de lo posible a lo real. El intento es conciencia pura, la fuerza que sostiene todo lo que existe y todo lo que puede existir. No una ilusión, sino una prefiguración.

El verdadero arte nace de una conexión invisible e inexplicable con esa fuerza. El verdadero artista lo sabe, y por eso no se deja atrapar por un arte egocéntrico o egomaníaco, sino objetivo, expresión de algo impersonal y universal.

La obra de arte más importante es uno mismo. Intentar llegar a ser la obra de arte que esa fuerza del intento, nuestro destino, contiene como prefiguración o posibilidad. Conectar con eso que podemos llegar a ser. Intentar cambiar para perfeccionar la obra de arte que somos.

No caminamos hacia la decadencia, sino hacia la perfección. Es otra forma de entender el paso inexorable del tiempo.

lunes, 22 de diciembre de 2008

ORIGINALIDAD DE EL QUIJOTE

(Foto: S.Trancón

Alguna vez leí que Dios creó al hombre para que le contara historias.
Cuando leo el Quijote siempre me acuerdo de ello.

Porque el Quijote es una historia de historias, un cuento de cuentos, las mil y una historias. Todos los personajes del Quijote cuentan algo, se pasan el rato contando historias: lo que han visto y oído, lo que han creído ver y oír, y lo que otros dicen que han visto y oído. Muchos cuentan lo que otros cuentan, y con frecuencia remiten a lo que unos y otros han leído. Cuentan, comentan, interpretan y discuten sobre esas historias, si son o no son verdad, ficción, invención, engaño o encantamiento.

Cervantes quiere transmitir al lector la idea de que hay dos formas de contar los hechos: una, puramente fantástica e inverosímil, y otra, verdadera y verosímil, porque se ajusta a los hechos. Pero ¿cómo distinguir entre una y otra? Aquí es donde Cervantes nos enreda hasta confundirnos por completo, porque sólo puede apelar a un criterio: la fiabilidad de las fuentes. Como todo es un cuento de cuentos, el único que puede distinguir la verdad de la ficción es el autor, el propio autor de la historia. Pero aquí viene el problema, porque ¿quién es el “autor” del Quijote?

El principal autor (ficticio) es Cide Hamete Benengeli, pero Cervantes se olvida con frecuencia de él y habla de “autores”. También, cuando le conviene, atribuye a los “traductores” algunas discrepancias del texto. Y cuando un hecho le parece demasiado inverosímil acude a un “yo” que se supone es el responsable último del texto, pero en realidad no lo es, sino sólo quien ha hallado el manuscrito o manuscritos originales y los ha mandado traducir. Con esta maraña de “autores” el verdadero autor-narrador se camufla, se disuelve, se esfuma. La supuesta fuente que da autoridad a todo, se escapa, porque no hay forma de remitir a un autor o una voz exterior al texto la responsabilidad del mismo. Así que el mecanismo inventado para distinguir entre verdad y ficción es una trampa, el texto sólo se puede fundamentar en sí mismo. El criterio de verdad remite al propio texto, que sabemos es ficción.

Sólo hay una forma de entender todo este maravilloso lío: el Quijote es una historia que se cuenta a sí misma, incluso que se lee a sí misma. No remite a una sustancia externa (la verdad de los hechos), porque esa sustancia es parte de la propia historia, del propio cuento. El mundo no es más que un cuento contado por todos para el disfrute de todos. No tiene otra sustancia que la que la palabra le otorga. ¿Cómo es posible esto, si los propios narradores son parte de la historia contada, están dentro del cuento?

Es aquí donde el Quijote adquiere para mí el mayor interés, porque es una manifestación del mayor atributo de la divinidad: la conciencia de sí mismo. La realidad última, la sustancia última de todas las historias, hechos y cuentos en que consiste nuestra vida no es más que una creación de la conciencia, un juego de la pura conciencia de sí mismo.

Tomando una frase del propio libro, podemos decir que el Quijote es una historia de “sueños contados por hombres despiertos”. Lo único real son esos hombres despiertos que cuentan sus sueños, sus fantasías, sus locuras, y las de otros. Sueños que algunos pretenden hacer realidad, como don Quijote y Sancho, o simplemente divertirse y disfrutar con ellos, como los duques y hasta el cura y el barbero. En último término, la locura sui generis de don Quijote (que sólo lo es en parte) no tiene más que causas orgánicas, pues todos los disparates son producto de “estómagos vacíos y cerebros llenos de aire”. Lo único real es nuestro cuerpo, que es puro misterio.

jueves, 18 de diciembre de 2008

UN POEMA DE FELICITACIÓN

(Foto: Agustín Galisteo)

Mis mejores deseos de bienestar, energía, conciencia y serenidad, para estos días, y para todos los que el destino nos depare.

Un poema de mi libro inédito DE NOCHE Y DÍA EL PEREGRINO


Era una luminosa mañana de noviembre,
tan suave la luz y la ternura púrpura de las hojas,
como plumas de una purísima garza,
que el peregrino alza la vista
a la más alta rama del árbol del mundo
en que anidan todos sus anhelos,
empujado, movido por un viento
que viene de la eternidad.
Sólo en esos momentos sabe
que aún no está perdido.

domingo, 14 de diciembre de 2008

FELIZ PRESENTE

(Foto: Agustín Galisteo)



Eckart Toole escribió un eficaz libro titulado “El poder al ahora”, que recomiendo especialmente en estas fechas en que ritualizamos el paso del tiempo. Nos recuerda cosas que todos sabemos, pero que conviene repetirnos de vez en cuando.

El futuro es una construcción mental. También lo es el pasado. En el mundo real sólo existe el ahora. Y el ahora es el instante. Imaginamos la continuidad y a eso le llamamos tiempo. El tiempo es la continuidad del instante y, como tal, lo consideramos infinito, eterno. Como recordamos el pasado y podemos imaginar el futuro, caemos en la trampa de que ese pasado y ese futuro existen fuera de nuestra mente.

Nada tendría de malo este modo de proceder si no nos alejara del ahora, si no nos dejáramos absorber por lo que recordamos del pasado y por lo que prefiguramos del futuro. Dejamos atrapada ahí, en lo que ya no existe y en lo que todavía no ha llegado, toda nuestra energía y atención. Dejamos de estar presentes, dejamos de ser reales para convertirnos en seres del pasado o seres virtuales.

Pero sólo podemos actuar ahora, nada podemos hacer fuera del presente. Puedes traer el pasado al presente para desengancharte de él, nada más; para no dejarte absorber por él, por esos recuerdos que quieren existir más allá del ahora en que ocurrieron. Puedes imaginar el futuro para intentarlo ahora, para hacer ahora algo que pueda hacer posible ese futuro imaginado, pero no para hundirte en él, no para evadirte del ahora.

El ahora es todo lo que tienes y todo lo que eres. No hay nada fuera del ahora. No hay ninguna posibilidad de actuar sobre el pasado ni sobre el futuro. El ahora es completo, inabarcable, infinito. En el ahora está todo lo que necesitas. ¿Por qué nos resulta tan difícil anclarnos en el ahora? Porque nos creemos eternos, porque quisiéramos ser eternos.

Quien se considera eterno puede permitirse el lujo de despreciar el ahora. Pero el ahora es todo y lo único que tenemos. Un instante, y nada nos asegura que seguiremos vivos al instante siguiente. Un instante es nada. El ahora es la muerte, el vacío. Sólo podemos aceptar el instante, la nada, pero al hacernos conscientes de él, nos volvernos todo lo reales que somos, nos hacemos realmente presentes en cada momento.

Quien así es consciente actúa sin miedo, sin dudas, sin reservas, y aprovecha todos los momentos de su vida, los dilata, los llena de intensidad, la única forma que tenemos de vencer al tiempo.

martes, 9 de diciembre de 2008

ENERGÍA Y PERCEPCIÓN

(Foto: Agustín Galisteo)

La definición de energía de Einstein solemos entenderla en sentido cósmico o macrocósmico. Vemos una masa moviéndose a una velocidad inconcebible y de ahí sale la energía. Pero también vale para lo más cercano, para entender lo que ocurre en nuestro cuerpo, que es una masa que produce energía y que, por tanto, también algo en nuestros átomos y moléculas se mueve a esa inconcebible velocidad. Puro enigma, como la fórmula de Einstein, ya lo dije.

Pero si es así, pues yo veo que la energía, lo mismo que produce calor, puede producir conciencia. Al fin y al cabo, el calor es algo tan abstracto como la conciencia. Yo noto el calor gracias a mi piel, pero del mismo modo noto que me estoy dando cuenta de lo que siento o percibo gracias a mi cerebro.

El asunto complicado es comprender cómo esa energía percibe y se da cuenta de que percibe. Tiene que haber una explicación del mismo nivel que todo lo anterior, más o menos “física”. Me explico.

Si somos un conglomerado de campos de energía “organizada” a modo de filamentos, ondas o “cuerdas”, autocontenida, pues en alguna parte de esa esfera tiene que haber una zona de contacto con el mundo exterior, con la energía que nos rodea y que constituye el mundo, y ese contacto es lo que produce la percepción. Hay un punto, una abertura, que nos permite “encajar” nuestra energía con la energía exterior. A esto le podemos llamar “alineamiento” de fibras energéticas o filamentos. El “chispazo”, el contacto es lo que produce la percepción, el darnos cuenta, como si se tratara de una sinapsis que permite el paso de la energía por un circuito neuronal.

Lo que más me interesa de todo esto, es comprobar que esta explicación permite entender por qué pasamos de un estado de conciencia a otro, de un estado de ánimo a otro, de un modo de percibir la realidad a otro, y aquí caben todos los modos extraños de percibir, de sentir y de actuar, incluidos los que juzgamos patológicos o místicos, cotidianos o extraordinarios, delirantes o depresivos, altruistas o mezquinos.

Al cambiar el lugar en el que se produce ese contacto, ese encaje de la percepción, pues lo que vemos y sentimos es un mundo diferente, porque la energía alineada es diferente.
Y son casi infinitos los lugares a los que se puede “mover” ese punto luminoso, donde se concentra nuestra energía para producir la percepción consciente. Tan infinitos como los mundos que podemos percibir, todos igualmente reales, tan reales como el mundo de todos los días, ése que hemos aprendido a percibir de modo estable al fijar nuestro “punto de encaje”, todos, en el mismo lugar.

Hay muchos “lugares”, dentro de nuestra esfera energética, a los que se puede desplazar esa abertura que nos hace percibir. Señalaré algunos:

-El de la preocupación por uno mismo (el más común).
-El de la razón (mucho menos común de lo que suponemos)
-El del conocimiento directo o la conciencia pura (sólo lo podemos mantener durante un tiempo muy limitado)
-El de la atracción por la materia y los objetos (origen del materialismo capitalista)
-El del sexo (el placer del cuerpo).

Todos estos centros de la percepción producen a su alrededor una constelación de pequeños desplazamientos que explicarían la infinidad de conductas, sentimientos y percepciones que podemos experimentar. También se pueden producir “saltos” de un lugar a otro. La conciencia es ese darnos cuenta de dónde se sitúa en cada momento nuestra percepción, dónde se fija y hacia dónde se desplaza. La conciencia nos permite hablar de la “relatividad de la percepción”.

A todo esto yo lo llamo “teoría de la relatividad de la percepción”. En el fondo no es más que una consecuencia de la teoría einsteiniana.

viernes, 5 de diciembre de 2008

ENERGÍA Y CONCIENCIA

(Foto: S.Trancón)
La conciencia depende de la energía.
La conciencia emerge de la energía, como los colores de la materia al ser atravesada por la luz.
El color “emana” de la materia al absorber las ondas y partículas de la luz.
Nuestro cuerpo absorbe la energía que llega del universo y de él “emana” la conciencia.

Los diversos niveles de conciencia dependen de la cantidad de luz y energía que recibimos del cosmos y de la absorción que de ella realiza nuestro ser.
Según el tipo de energía que recibimos, absorbemos o dejamos que nos traspase, así nuestro nivel y tipo de conciencia. Quien está encerrado en sí mismo y construye un escudo, una pantalla para protegerse, acaba ahogándose dentro de su propia coraza, como el coleóptero Gregorio Samsa.

La conciencia es el color, algo que no existe en la materia, pero que emana de ella.
Viene del vacío. Dice el budismo: “El color es lo vacío y lo vacío el color”.
La conciencia es una vibración, una tonalidad de energía.
Estamos rodeados de conciencia, de vibraciones de energía.

Somos receptores y repetidores de energía. Difundimos a nuestro alrededor las vibraciones de la energía que en cada momento absorbemos, nos agita y traspasa.

La energía es algo más que la materia o la masa. La materia es energía compacta, pero la energía es mucho más que materia. Es también la antimateria, la materia oscura y la energía oscura, ese mundo del que empezamos a saber algo, pero que sólo podemos expresar mediante metáforas y números.

E=mc2: No hay fórmula matemática más mística, esotérica o cabalística, porque no hay modo de definir ninguno de sus términos. La energía es la masa a la velocidad de la luz al cuadrado. ¿Dónde acaba la masa y empieza a transformarse en energía? ¿Cómo lo hace, como se transforma, y en qué? ¿Y la luz? Es onda y partícula… ¿Y cómo puede eso ir a velocidad alguna? Pero podemos traducirlo en números, y entonces pues sí, hacemos predicciones y se cumplen. Eso es todo. Pero no hay modo de saber “realmente” qué es eso de la energía, la luz, la masa, la materia, la materia oscura, la antimateria y la energía oscura.
Si miramos con un microscopio potentísimo acabamos descubriendo la nada, el vacío. Este es nuestro lenguaje, el de hoy, el que sustituye a otros del pasado que quisieron decir lo mismo. Parece frío y objetivo, pero no es nada si no nos lleva hacia ese lugar de la conciencia que todo lo ilumina y da sentido. El lugar del “conocimiento sin palabras”, porque también se puede pensar y conocer sin palabras. Parece difícil, pero es algo de lo que todos tenemos experiencia.
Recuérdalo, amigo, e inténtalo.

lunes, 1 de diciembre de 2008

ALGO SOBRE EL JUDAÍSMO HISPANO

(Foto: S. Trancón)

Confieso que cada día me apasiona más el tema del judaísmo hispano. La historia que hemos aprendido en el bachillerato es una perversa inducción a la anorexia mental, o sea, que promueve la amnesia de lo que históricamente hemos sido.

Como viajero curioso, en mi veraniego paseo por tierras leridanas descubrí hace dos años el nombre de tres pueblos que llamaron mi atención: Torá, Osso de Sió y Guimera. Cada día aparecen restos de nuevas aljamas o juderías en nuestro país. Hasta en mi pueblo, Valderas, me acabo de enterar que existió un aljama con sinagoga. Por eso no me ha extrañado que estos tres nombres todavía no figuren en la lista de posibles juderías olvidadas.

El nombre de Torá parece claro que se refiere a la Torá judía, el texto sagrado sobre el que se asienta el judaísmo. El pueblo me llamó mucho la atención. Mantiene un casco antiguo lleno de arcos, calles estrechas y laberintos, a pesar de tener poco más de trescientos habitantes. Al contrario de todos los pueblos de la zona, no está enclavado en lo alto de un cerro, sino al fondo de un pequeño valle, rodado de altas montañas, como camuflado en el paisaje. Las callejuelas dan a una plaza donde mana una fuente, con un gran pilón que servía de lavadero, y unos castaños altísimos, robustos y frondosos alrededor. En dos puntos distintos se pueden leer estas inscripciones: “Plaza de la República, 1931-1939”, y “En recuerdo de la visita de Alfonso XIII en 1907 con motivo de la gran inundación”. Yo no sé cómo cayó por aquellos inhóspitos contornos Alfonso XIII, pero su visita, que debió impresionar a los vecinos, no dejó huella suficiente como para impedir el activo republicanismo de toda la zona. Por un castillo cercano, el de Vicfred, pasaron también y durmieron Felipe V, el borbónico Carlos de las guerras carlistas y hasta el fugaz Amadeo de Saboya, camino del exilio, aunque más bien se iba para su casa.

No visité el pueblo de Osso de Sió, pero Sió no puede referirse, creo yo, más que a Sión, la tierra prometida del sionismo. Y Guimera, otro pueblo sorprendente, igualmente laberíntico, lleno de casas con intricadas cuevas en su interior, ocultas en las profundidades de la ladera rocosa, pienso que se relaciona con la Guemerá, otro libro judío que, junto con la Mishná dará lugar al Talmud, otro de los fundamentos del judaísmo.

El judaísmo alcanzó su edad de oro en Sefarad, España, entre los siglos X y XIII. Todo lo que aquí dejó todavía no ha sido reconocido y permanece en gran parte ignorado y activamente silenciado. A mí me parece un olvido tan empobrecedor que no quiero pasarme ni un día más sin intentar repararlo. Ya sé, por ejemplo, que en mi tierra, León, vivió el gran Moisés de León, que escribió uno de los tratados de la Cábala más importantes, el Zóhar (el Resplandor), libro, por desgracia, prácticamente inaccesible. O curiosidades, como una relacionada con los nombres de Dios, a que hice referencia en una entrada anterior. Los judíos no podían (ni pueden) pronunciar el nombre de Dios, pero una vez al año, el Día de la Expiación, creo que el sumo sacerdote, cuando aún existía el templo de Salomón, podía entonar los 72 nombres secretos de Yahvé, pero para que el pueblo no lo oyera, se hacía un gran ruido alrededor del templo con cacerolas y escudos. Decían que de este modo ayudaban a Dios a crear otros mundos.

jueves, 27 de noviembre de 2008

POR TIERRAS DE LÉRIDA

(Foto: S. Trancón)

En Agosto del 2007 pasé unos días en un pueblecito de Lérica, Montfalcó Murallat: Monte del Halcón Amurallado. Es un ejemplo de “ciutat closa”, aquellos pueblos medievales (siglo XI) que necesitaban rodearse de muros inexpugnables para poder encerrarse dentro el tiempo que fuera necesario hasta que pasara el peligro, o sea, los invasores, los atracadores, los salteadores, que podían venir de cualquier lado. Cuando pensamos hoy en la inseguridad ciudadana nos olvidamos de aquellos tiempos heroicos, en los que para sobrevivir había que aprender a manejar con destreza la espada, siempre a mano, y, además, ponerse a las órdenes de algún señor de horca y cuchillo detrás de cuyos muros protegerse.

Este pueblecito, colocado en lo alto de un cerro, es todo piedra, una piedra toscamente cincelada, ruda, ciclópea. Las pocas casas habitadas se ciñen a la muralla y tienen unas ventanas tan pequeñas que no podría colarse por ellas ningún cuerpo humano. Laberínticas, guardan en su sótano cuevas excavadas en la roca para almacenar los cereales, grandes tinajas para el vino y pozos y aljibes para el agua. Todo es silencio, sólo roto durante el día por el gorjeo irisado de las golondrinas y el sisear de la lechuza por las noches. Hay que imaginarlo sin luz eléctrica. Si durante el día es oscuro, por la noche es la negrura tan densa que hay que ir abriéndose paso para cruzarla. Las colinas de alrededor están cubiertas de robles, encinas y campos de trigo.

Cerca está Cervera. Paseando por su Calle Mayor descubro una iglesia, la de Sant Bernat o de Santa María, donde se firmaron las capitulaciones matrimoniales de los Reyes Católicos en 1452 (como eran primos, para casarse tuvieron que obtener una licencia papal, que falsificó sin más el arzobispo de Segovia), pero también donde se reunieron por primera vez las Cortes Catalanas en 1356. Una coincidencia significativa. Parece que la historia se empeñó en unir lo que algunos hoy se empeñan en desunir contra toda lógica… histórica. También aquí Felipe V construyó en 1717 la primera universidad catalana, otro hecho desconcertante, un edificio magnífico, inmenso.

La Paería (Ayuntamiento) tiene una fachada que es una enciclopedia del gesto. Allí aparecen esculturas con rostros alegres, enfadados, pensantes, uraños, preocupados… La expresividad de rostros y manos a veces es bufonesca. Un personaje aparece estirándose la boca hacia los lados con sus dos manos como si quisiera desgarrarla. ¿Pecó de gula, de maledicencia, o simplemente está desesperado? Cosas del siglo XVIII, un siglo bastante raro todo él, aunque pase tan desapercibido.

Dejo para otro día hablar de otras curiosidades, del castillo de Vicfred, de un pueblo llamado Torá y otro Guimerá, que yo sostengo que son nombres judíos. Pues hasta otra, si Google quiere. Estamos en sus manos, como aquellos campesinos medievales lo estaban en manos de su señor y de Dios, que también era su Señor.

lunes, 24 de noviembre de 2008

EL BRILLO DE LOS OJOS

(Foto: S. Trancón)




Nada más misterioso que el brillo de los ojos.

Dice Carlos Castaneda que el intento se intenta con los ojos, que el brillo de los ojos encierra el misterio del intento.
Todo lo que hacemos es fruto de nuestro intento, o de esa fuerza que actúa en nosotros a la que podemos llamar intento.

La atención es la que da vida a nuestros ojos. Solemos colocar la atención en nuestro interior, en el interior de nuestro cerebro, y por eso estamos acostumbrados a mirar sin ver.

Pero podemos colocar la atención de los ojos a un brazo de distancia, fuera de nuestra cabeza. Sacar la mirada de las cuencas de los ojos y volverla hacia fuera. Mirar desde fuera de los límites del cuerpo físico y situar la fuerza sutil de los ojos, su brillo, un poco más allá, hacia los límites de nuestro cuerpo energético.

La mirada que mira sólo hacia adentro, que se ensimisma, encoge nuestro cuerpo, lo repliega sobre sí en busca de un apoyo, una solidez e inmortalidad que no posee.

Desplegar la mirada, el brillo de los ojos que intentan ver, hacia el exterior, es una experiencia sorprendente. Poco a poco, si hacemos el ejercicio de mirar, no desde la cuenca opaca donde se alojan nuestros ojos, sino desde un punto que está un poco más allá, a un metro de distancia, en el aire, nuestros ojos adquieren otro brillo y todo se vuelve más transparente.

Hablo de un ejercicio físico que permite un desplazamiento del foco, de la convergencia del foco de los ojos. Se aclara la percepción, se disuelve la niebla, el adormecimiento de la conciencia. Sólo mirando desde ahí nuestro cuerpo se aligera y unifica al disolver su solidez. Las fibras de nuestro ser energético se vuelven menos rígidas. Sentimos que somos una masa de energía que va más allá del cuerpo físico. Por un lado, nuestro cuerpo físico se vuelve menos denso y, por otro, la energía dispersa de nuestra conciencia se condensa.

Tuve hace tiempo un sueño. Tenía entre mis manos la cabeza de un muerto. La moví y de pronto se abrió su ojo derecho. Vi entonces que ese ojo me veía. Me di cuenta, al mismo tiempo, que aquel rostro era mi propio rostro. Tenía entre mis manos mi propia cabeza. Me desperté sudando y jadeando. En aquel momento escuché una frase que repetí fascinado: “El ojo que se ve a sí mismo muerto”. Muerto, el ojo puede verse a sí mismo muerto. A veces pienso que uno no está muerto del todo hasta que no se ve a sí mismo muerto. La certeza de la muerte sólo la puede dar el ojo, el brillo de los ojos. Por eso ser conscientes de nuestra muerte devuelve el brillo a nuestra mirada.

La conciencia es ese ojo que se ve a sí mismo, pero desde fuera. La conciencia es el brillo de la mirada que mira hacia fuera, y por eso ve.

viernes, 21 de noviembre de 2008

ACRÓSTICO IMPERFECTO

(Foto: Agustín Galisteo)
El lector curioso podrá enterarse de que ando metido en escribir un libro raro, y que este acróstico quizás prologue. O simplemente leerlo con algún provecho.


Es la hoja perecedera y desde lo alto de la rama
se viene al suelo
temblando, pero serena ca-
e y con leve crujido desprendida
libra la batalla de haber sido
y no por ello perecer, dejar de ser,
belleza suspendida en el aleteo,
roce de oro, plateada, morada,
ocre o amarilla, hasta encontrar, fugitiva de lo alto,
el suelo que sostuvo su fragilidad.
Solitaria, espera ahora en la inmovilidad la
caricia de la lluvia, que devolverá la suavidad a su
rugosa piel, oscura ya por la cercanía de la noche.
Y así, poco a poco, la tierra la acogerá en su seno,
tapada, cobijada, sumergida lentamente y
o con voraz sigilo, los microscópicos, invisibles to-
pos la disolverán hasta convertirla en esponjosa carne.

Oscura, incansable, infatigable y lenta la muerte,
rodea de silencio y vacío el hueco que
sella con su boca, pero de esa nada resurge
anhelante la lechosa savia, y contra la dura roca
nuevamente busca la luz, líquida hoja,
tierna y ansiosa ascensión, creando un nuevo círculo,
impalpable empeño que anilla el tronco endurecido,
apretándolo contra sí mismo.
¿Goza lo profundo subiendo hacia la rama
o es la hoja la que goza, derramando su anhelo?

Todo es lo mismo y nunca igual, después ahora, porque
rueda el ayer sobre el hoy, y el hoy sobre mañana.
Así la vida, con su muerte, y la muerte con su vida,
nada escapa de su ser, pero lo que retorna no es lo mismo,
cada vez más pura la verdad,
o acaso sólo nosotros menos ciegos.
Nunca volverá lo que fue, ni lo que eres ni serás,
contada y agotada tu vida, aspirada por la voz de otro, inscrita,
ungida, transformada la llama en verde rumor, como la hoja,
embebida de luz, flotando en la eternidad, tor-
nando lo mismo a ser de nuevo diferente.

Transforma la vida nuestro fugaz viaje,
aquellos ríos de leche sobre la tierra derramados,
la angustia de no ser, en gozosa incertidumbre,
acogedoras,
vivas,
infinitas ramas del árbol de la sabiduría cargadas de oro.
De día y de noche corre un manantial
a lo largo del camino que recorremos.
De innumerables pisadas, aún
empapados los pies de niebla, va surgiendo el surco
desnudo, esculpiéndose en la fría roca
y dibujando la senda oculta que los más atrevidos,
navegantes de la noche, buscan con empeño,
obstinados ojos que quieren ver la primera luz.

Del monte oscuro hacia la cumbre, de nieve y fuego,
nacen los rayos que atraviesan el muro que guarda
altivo los secretos del desterrado, e-
rrante peregrino de sí mismo que necesita
descifrar el enigma, contar a otro con
agitada voz, encendida la mirada
pero sereno el semblante, aquello que sabe y n-
o conoce, que conoce y no sabe,
rodeado de sombras, narrar lo que fue y es y será
su vida, su travesía hacia el
infinito, sellado ahora en esta misma página, ahora
mismo y para siempre, el retorno, ya imposible.

domingo, 16 de noviembre de 2008

ACERCA DE DIOS

(Foto: S. Trancón)


Acerca, en primer lugar, de la palabra Dios. Algo sobre el término, sobre su contenido y uso.
Acerca de y acercar viene de cerca. Poner una cerca, cercar, es poner un límite alrededor, un círculo y aproximarse. Pues acerquémonos a ese vocablo, demos un rodeo semántico hasta aproximarnos a su centro.

Semánticamente es un término agotado. Se ha abusado tanto de él que ha quedado vacío. El vacío se ha ido llenando, al mismo tiempo, de simplezas e imágenes infantiles, sobre todo a partir de la Edad Media. La Iglesia católica, que es de quien la mayoría hemos recibido la palabra y su significado, no ha avanzado nada desde entonces. Los místicos y erasmistas intentaron devolverle su sentido original, pero fracasaron.

La imagen de Dios se convirtió en algo personal, a semejanza humana, con barbas y túnica blanca. Ni Miguel Ángel logra darle un poco de dignidad ni seriedad a Dios Padre, aunque moje su pincel en Grecia.

Hoy ya no podemos usar la palabra porque es imposible desembarazarla de toda la pátina pegada a su piel, aunque sea de mármol. Así que hay que buscar un sustituto para referirnos a lo que se intentó decir inicialmente.

Ensayemos algunos términos:
Espíritu
Infinito
Lo impersonal
El Todo
La Fuente
Lo Abstracto
Lo Absoluto
La Plenitud
El Vacío
El Ser
Energía
Conciencia

Todo no es más que un intento de nombrar lo innombrable, lo absolutamente real pero inimaginable, inexplicable e incomprensible. Somos seres muy limitados.

Místicos cristianos, cabalistas judíos, iluminados sufíes, sabios griegos, filósofos metafísicos, brujos yaquis, chamanes aztecas, senseis budistas, maestros taoistas… Todos han hablado de lo mismo, pero con distintas palabras, imágenes y conceptos. Lo peor de esta rica tradición universal es que casi siempre ha degenerado en secta, en iglesia, en norma, en ritual, en ortodoxia y control de las conciencias.

La ciencia también se ha enfrentado a lo mismo y hoy, hasta habla de busca la “partícula Dios”. Un reduccionismo tan pernicioso como el de las religiones, porque se basa en la misma simpleza intelectual.

Dado que resulta bastante difícil llenar el vacío que toda esta tradición ha dejado, no hay más remedio que acudir a la experiencia del “sentir”, que es un pensar sin pensamiento, pero basado en la certeza de que el mundo es un hecho energético absolutamente real e inabarcable.

Las palabras para sustituir a la palabra Dios, para no dejarse contaminar por su toxicidad, acumulada durante siglos de rutina mental, las puede buscar cada uno por su cuenta. En mi poesía, a eso que está ahí, aquí, ahora, lo he llamado “la eternidad”, “la primera luz”, “la plenitud”, “el vacío”, “el silencio”, “la nada”, “el infinito”. Sin mayúsculas, claro.

jueves, 13 de noviembre de 2008

PALABRA DE BUÑUEL

(Foto: Agustín Galisteo)


Como ando un poco apurado y no tengo suficiente tiempo para escribir una entrada propia, hoy voy a echar mano de unas citas de Buñuel, de Mi último suspiro, un libro que leí hace años, pero que recomiendo vivamente.

Dice de Borges: “Entre todos los ciegos del mundo, hay uno que no me agrada mucho, Jorge Luis Borges. Es un buen escritor, evidentemente, pero el mundo está lleno de buenos escritores. Además, yo no respeto a nadie por ser buen escritor. Hacen falta otras cualidades. Y Jorge Luis Borges me parece bastante presuntuoso y adorador de sí mismo. En todas sus declaraciones percibo un algo de doctoral y de exhibicionista. No me gusta el tono reaccionario de sus palabras, ni tampoco su desprecio a España.”

Hace años conocí a Borges en Barcelona. Habló en el Aula Magna de la Universidad Central y estuve muy cerca de él todo el tiempo. Y sí, pues también me dio a mí esa impresión.

Otra cita: “El pedantismo de las jergas, fenómeno típicamente parisiense, causa tristes estragos, especialmente en los países subdesarrollados”. Sí, sí, y en los desarrollados. Aquí mismo, ahora. Cuánto engreído se protege con su jerga, su engolamiento verbal, su pedantería, casi siempre envuelta en humildad.

¿Sabías que existen los relojes de luna? Pues sí, y hay uno en el claustro del convento del Paular de la sierra madrileña. Me enteré cuando lo leí en estas memorias buñuelescas.

Y la última: “Detesto la proliferación de la información. La lectura de un periódico es la cosa más angustiosa del mundo”. Sí le gustaría leer los periódicos, sin embargo, cuando estuviera muerto: “Con mis periódicos bajo el brazo, pálido, rozando las paredes, regresaría al cementerio y leería los desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, en el refugio tranquilizador de la tumba”.
Pues eso. Escrito queda. Es mi pequeño homenaje a este gran tipo, gran español, inmenso cineasta.

domingo, 9 de noviembre de 2008

BURBUJAS, FILAMENTOS

(Foto: S. Trancón)




Leibniz las llamó mónadas. O sea, unidades dotadas de “apetito” y “percepción”. Podemos imaginarlas como burbujas de energía. Esferas de luz autocontenidas. Así somos. Así podemos describir nuestra constitución energética. Metáfora, símil. No hay otro medio de aproximarnos mentalmente a algo que supera nuestra cognición.

Una fina capa nos aísla del mundo. Dentro se agita un conglomerado de partículas, ondas. Pero la capa que nos limita nos es opaca, sino transparente. Por ella pasan, nos atraviesan, miríadas de filamentos, oleadas de energía.

Encerrados, encapsulados, pero unidos a otras burbujas por una sutil red, un hilo finísimo, como tela de araña. La seda que construyen las arañas es maleable, se deja mecer por el viento, pero es más resistente que el acero. Así cada uno de nosotros, burbujas unidas a otras burbujas. Si se rompe el hilo, caemos al vacío, nos perdemos en el infinito.

Nuestro ser es una sucesión de capas de energía superpuestas. En cada estrato se mueve la energía con una vibración distinta. Capas que se compactan según se alineen con un filamento u otro. Los filamentos del universo nos traspasan y cada campo energético, cada capa de nuestro ser, se sintoniza o alinea con una cuerda, un hilo vibratorio de los infinitos que se agitan en el conglomerado cósmico.

La teoría de las supercuerdas avala esta interpretación. Las cuerdas de un zímbalo, de un arpa, de una cítara, de una guitarra. Como si cada vibración que saliera de esas cuerdas se extendiera hasta el infinito. Se producen melodías, armónicos, acordes, pero también choques, desacordes, distonías. Y todo es música, vibración invisible, intangible, inexplicable. Porque no es más que vacío, el eco del vacío.

Pero lo más importante, el hecho energético decisivo, es que estas esferas pueden percibir y, a través de la percepción, pueden llegar a ser conscientes de sí mismas y conscientes del misterio infinito que las rodea y en el que están suspendidas. ¿Cómo se produce este milagro?

Porque cada burbuja tiene un punto, un lugar que resplandece más que el resto de la energía que se aglomera en esa última capa, la que está más en contacto con el universo, y ese punto, ese foco, ese pequeño agujero, atrae a una gama determinada de filamentos según sea su posición.

Toda la humanidad tenemos ese punto, el lugar desde el que nos enfocamos para percibir el universo, en el mismo sitio, en la misma posición, y esto hace que todos percibamos el mundo del mismo modo. Pero, y esto es lo sorprendente, ese punto de alineación o enfoque, puede moverse, se puede desplazar y así alinearse con otro conglomerado de cuerdas, de filamentos. Esto significa la posibilidad de percibir otros mundos, o ver este mundo con otros ojos, desde otro lugar, con otra claridad.

Las pequeñas oscilaciones de ese punto desde el que percibimos la realidad y a los otros, eso es lo que explica nuestros cambios de estado de ánimo, de percepción, de conocimiento. Hay aquí un infinito campo de experimentación.

Para ello, lo decisivo, lo que nos permite descubrir la maravilla del universo y conectar con inimaginables conglomerados de energía o filamentos, es el ser lo suficientemente flexibles, abiertos, como para permitir que los envites, las oleadas de energía que cruzan el cosmos, nos golpeen y muevan ese punto de encaje de la percepción.

El requisito indispensable es romper el espejo de la imagen de sí, no permitir que las urgencias de la vida nos encierren dentro de esa burbuja, vuelvan cada vez más rígida y opaca es última capa, la de nuestro yo. Necesitamos mantener la cohesión de los campos de energía que constituye nuestro ser para relacionarnos con el mundo y no desintegrarnos, pero eso no nos condena al autismo, al ensimismamiento, ese transformar una burbuja transparente en un cascarón rígido, opaco, en cuyo interior sólo puede acumularse la oscuridad.