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jueves, 21 de febrero de 2008

LA REVOLUCIÓN DEMOCRÁTICA PENDIENTE

(Foto: Agustín Galisteo)
El término democracia ha ido enriqueciendo su significado con el correr de los tiempos, desde sus inicios hace más de 2400 años en Grecia. Hoy ya no es un simple concepto político -un sistema de elección y organización del poder político-, sino un principio general que atraviesa a la sociedad en su conjunto, que afecta a su forma de organización y a todas las relaciones sociales.

La democracia se fundamenta en el principio de igualdad entre todos los seres humanos, con independencia de su sexo, edad, origen, poder económico, religión, ideas políticas, cultura o cualquier otra diferencia.

Quien no acepta esta idea, por más que lo disimule, no es verdaderamente demócrata. ¿Es fácil asumir y llevar esta idea hasta sus últimas consecuencias? No, nada fácil. Ni frecuente.

En cuanto alguien le pone algún pero a la simple afirmación de que todos los seres humanos somos iguales, radicalmente iguales, por más diferencias que podamos descubrir, la democracia empieza a tambalearse.

Es evidente que todos somos singulares, diferentes en algo a los demás. Pero esas diferencias no anulan el hecho fundamental de que “nadie es más, ni menos, que nadie”. Es aquí donde se fundamenta la democracia: no en renunciar o disimular las diferencias, sino en no colocarse, ni creerse, ni actuar por encima ni por debajo de nadie. Si te crees superior, inevitablemente pensarás que no tienes los mismos derechos que los demás, sino alguno más, y acabarás tratando a los otros en función de ese más. Vale lo mismo para el que se cree y se siente “menos”. Acabará aceptando su condición de ser inferior.

Ser demócrata es no considerarse ni superior ni inferior a nadie y actuar en consecuencia. Para ser él mismo, asumir la propia singularidad, el verdadero demócrata no necesita ni ensalzar ni humillar a nadie. ¡Qué difícil! Hay que estar permanentemente alerta. Todos nos creemos muy importantes, siempre por encima de alguien, a la vez que dispuestos a admirar o envidiar a los demás mucho más de lo sensato.

Ver a un mendigo y saber y pensar que no soy superior a él, ni él inferior a mí.
Ver a un actor de Hollywood y pensar y saber que no es superior a mí, ni yo inferior a él.
O a un político. O a un banquero. O a un escritor de éxito. O a un portero. O a un barrendero. O a un compañero de trabajo.

Así que la democracia, en su sentido más radical, es también una actitud, un rasgo de personalidad, un respeto al otro por igual y por diferente, un concepto positivo de sí mismo, no basado en la comparación. Quizás por eso hay tantos demócratas que no lo son. Y partidos, instituciones, jueces, políticos, escritores, periodistas, artistas, profesores, camareros, porteros, obispos, alcaldes... Incluso hasta hay premios literarios que no lo son. Vamos, que ni son literarios, ni democráticos.
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