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martes, 19 de febrero de 2008

TEORÍA DE LOS TRES MUNDOS (III)

(Foto: PortfolioNatural)



He expuesto anteriormente un esquema trinitario, tripartito o triádico, insistiendo en que somos una totalidad energética, una esfera, una especie de cápsula flotante.
La parte visible, palpable, que ocupa un lugar en el espacio, es el cuerpo.
La mente no es visible, pero está muy ligada al cuerpo físico; podemos comprobar cómo su actividad se inicia y refleja en el sistema nervioso y el cerebro.
La conciencia es ya un estado más intangible e invisible, aunque podemos descubrir sus huellas en la mente y el cuerpo físico.

Podemos suponer que todo emerge de la materia: es una hipótesis bastante racional, en la medida en que, allí donde no hay materia, no se puede constituir un cuerpo vivo. Del organismo vivo podemos suponer que emerge la mente, pues allí donde no hay un cuerpo vivo no podemos afirmar que exista ninguna mente. De la mente, a su vez, puede surgir la conciencia.

Sin embargo, igualmente racional podría ser un proceso contrario: todo emerge de la conciencia. La conciencia hace posible la organización de la materia, el surgimiento de la vida y la aparición de la mente. Como, en definitiva, se trata de distintas vibraciones, estados y formas de organización de una misma energía, tan racional es pensar que la energía va lo físico a lo sutil, como de lo sutil a lo físico.

Observada la energía de cerca, no es más que onda y partícula, y tan pronto actúa como onda que como partícula. La luz es el ejemplo más visible de lo que para nosotros es la energía. No hay nada más sutil que la luz, pero también nada más material o físico: colocada sobre los ojos nos puede llegar a cegar.
Los científicos dicen que también hay, además de materia y energía física, materia oscura y energía oscura, la mayor parte del universo conocido. Son totalmente invisibles, puras conjeturas cuya existencia sólo podemos comprobar indirectamente, a través de los efectos que provoca en el mundo visible o medible de la energía física conocida.

Sin duda, el empirismo nos lleva a dar más credibilidad a la primera hipótesis: está más cerca de nuestra experiencia sensorial. Aceptarla, sin embargo, no resuelve realmente el problema que indagamos y nos preocupa: cómo es posible que la materia física visible sea el origen y final de todo lo que somos. Aquí damos ya un paso hacia la fe, hacia la creencia. Yo prefiero dejar esta hipótesis en lo que es, no transformarla en dogma.

El materialismo como creencia, como fe, como dogma, es tan irracional como su contrario: el espiritualismo, la idea de un Dios como principio y fin de todas las cosas. Debemos encarar el problema, por tanto, desde otro supuesto, otra perspectiva.
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