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miércoles, 13 de febrero de 2008

¿TODO ES POLÍTICA EN LA VIDA? (II)


La política no es otra cosa (no debiera ser) que un medio para organizar democráticamente el poder del estado, y el poder del estado no debería ser otra cosa que la capacidad para organizar y procurar democráticamente el bien común. Un ámbito amplio, pero limitado. Fuera de la política queda (debiera quedar) gran parte de la vida social, y casi toda la individual.
Quizás fuera hoy necesario iniciar la separación entre política y vida, lo mismo que en otro tiempo se estableció la separación entre religión y estado (aunque todavía este proceso esté inconcluso). La religión puede ser para unos el centro de la vida, pero no se puede pretender que todos los demás hagan lo mismo. En esencia, la religión es un asunto individual, aunque pueda dar lugar a manifestaciones y organizaciones colectivas. Lo mismo debiera pasar con la política: no debiera aspirar a convertirse en el centro de nuestra vida, por más que algunos no puedan vivir sin ella.

Cuando la política sobrepasa su función, se convierte en ideología, o sea, se vuelve esencialmente una creencia, y todas las creencias son, por su propia naturaleza, irracionales. Una ideología es un conjunto de ideas y creencias que aspiran a la totalidad, a explicar, ordenar y determinar toda nuestra vida, sobre todo nuestras emociones y sentimientos. Como vivimos en un país políticamente inmaduro y democráticamente frágil, la política adopta formas de guerra civil simbólica, llena de una violencia verbal extrema, emocionalmente compulsiva. Nuestra lengua se presta demasiado bien a ese juego peligroso de rozar siempre el límite del insulto, la parodia, el desprecio, el odio y la cólera. Lo malo de todo ello es que este modo convulso, ciego e insultante con que nos dirigimos los unos contra los otros amparándonos en la política, acaba contaminándolo casi todo, absorbiendo una enorme cantidad de energía individual y colectiva que debiera emplearse en algo mucho más importante: en vivir cada uno y todos mejor, más tranquilos, más abiertos al mundo y a los demás, no por ningún motivo filantrópico, sino por pura curiosidad y deseos de gozar y disfrutar.

Pues no, no todo es política en la vida. Si no cayéramos en la trampa de juzgar a los demás prioritaria y casi exclusivamente en términos polémicos (de pólemos, guerra), de coincidencia o discrepancia política, otro gallo cantaría todas las mañanas en nuestra ventana y en la del vecino. Politizar todo, hasta la poesía, es un horror y un error.

Cuanto digo no tiene nada que ver, claro está, si no todo lo contrario, con despreciar la política y los políticos. Ese rechazo visceral y primitivo de los políticos, todos caprichosamente igualados en lo peor, es otra cara de lo mismo: el llevar la política a donde la política ni llega ni debiera nunca llegar.
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