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miércoles, 27 de febrero de 2008

LA PATAGONIA, TAN CERCA

(Foto: Rafael Ferrando)
Acaban de construir frente a mi ventana un bloque de once pisos, contados desde abajo y uno por uno. Cuando yo me compré este apartamento, la noble Inmobiliaria me aseguró que el terreno de enfrente era suelo público destinado a jardín municipal, que son los mejores jardines que se conocen. Que así constaba en el Plan Urbanístico Municipal. Así lo creí yo, confiado, y no consulté ni comprobé nada hasta que una mañana, al abrir la ventana, me topé con una grúa que casi podía tocar con mi mano diestra. Fui a protestar a la S.A. Inmobiliaria, que por entonces ya había cambiado de nombre y sede social, y arduo trabajo detectivesco me costó dar con su nueva residencia. Allí, muy educadamente me atendieron y escucharon, y después de una hora de consultas municipales me informaron de que el Plan Urbanístico Definitivo había sufrido algunos retoques, entre los que se encontraba la venta de aquel terrenito colindante, y que todo ello había sido legalmente aprobado en sesión extraordinaria del 18 de Julio de 1999, antes de que acabara el siglo y el mandato, y que así se hizo atendiendo a dos razones: una) la abundante plantación de esmirriadas acacias caducifolias y de otras muy decorativas coníferas de hoja perenne por toda la zona, con lo que el metro cuadrado de verdura por habitante sobrepasaba ya la media europea, razón por la que no era aconsejable aumentar la fotosíntesis del barrio; dos) porque con el montante de la venta el municipio podría atender a otras causas de indudable utilidad pública.
Quedé totalmente convencido y abrumado por la atención y las razones de peso social que habían obligado a los cambios del Plan Urbanístico, justo en aquel puntito del Plano que caía bajo mi ventana.
Todo siguió hacia delante y hacia arriba y sin posibilidad de apelación, y después de dieciocho meses de infatigable ruido, ya acaban de coronar la cima de este Everest, con dos pisos más de lo debido, eso sí, pero como van retranqueados y desde la acera de abajo no se ven, pues el edificio queda inscrito como de nueve plantas, que son las que en realidad tiene, porque las otras dos no son más que un dúplex abuhardillado en la punta, muy hacia la punta. Yo en cambio bien lo veo, que se me mete en el dormitorio de éste mi séptimo no retranqueado.
Bueno, pues ante lo irremediable ya me he comprado otro piso en la Cochinchina, que allí son mucho más baratos, y hacia allá me voy la próxima semana. Como despedida he organizado una pequeña fiesta, con fuegos artificiales y todo. Desde mi nuevo hogar, allá un poco lejos de aquí, y por control remoto, aprovechando que también pasan los satélites por el Hemisferio Sur, voy a pulsar un botoncito con el que se encenderá automáticamente el aire acondicionado de éste todavía mi pisito, hasta hace año y medio envidiable, con sus vistas panorámicas sobre la Casa de Campo; pulsaré una tecla de mi ordenador portátil, digo, y se encenderá el motor del aire refrigerante al que he conectado un lanzagranadas potentísimo que he colocado estratégicamente en mi dormitorio y frente a la referida cúspide reduplicada. Lo adquirí en una almoneda del Rastro que sirve de tapadera al tráfico de armas de destrucción masiva. Si todo sale como es casi seguro que salga, los retranqueados que llevan el bonito nombre de dúplex volarán por los cielos velazqueños al tiempo que una gran pancarta se desplegará por el aire con la inscripción “NO ERAN LEGALES”, frase intencionadamente ambigua, pues alguno puede pensar que se ataca a emigrantes sin papeles, pero los más se darán cuenta de que los ilegales son ellos, los pisos y las S.A. ladrileñas.
He dicho que me iba a la Conchinchina y corrijo: quise decir que me piraba a la Patagonia, a contemplar focas, que allí es mucho más difícil que me pillen. Al fin y al cabo ya he vendido mi piso y no he dejado ni una sola huella sobre el armamento empleado, tipo destripacarros de combate de ésos que se usan en guerra de Irak, la madre de todas las guerras del siglo XXI.
Sí, lo tengo todo minuciosa y científicamente planificado –aunque no experimentado–, para que todo salte por los aires el próximo miércoles por la noche, un día muy normal, pero teniendo en cuenta que a esas horas no haya obreros rematando la faena. He querido así evitar muertes inocentes y minimizar los inevitables daños colaterales, al propio tiempo que añadir cierta espectacularidad al evento, pues el impacto provocará llamaradas y meteoritos incandescentes de indudable belleza en medio de la noche. Alguno pensará que no me atreveré o que el mecanismo al final afortunadamente fallará. Ya veremos.
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