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jueves, 7 de febrero de 2008

VISIÓN DEL AHORCADO

(Foto: PortfolioNatural)
Con este cuentito quedé finalista en no sé qué premio. En el texto debía aparecer como fuera la palabra “té”. Se verá que he respetado la versión premiada, aunque sea un poco distinta de la definitiva. Me regalaron un juego de té de porcelana de La Cartuja.


Plantó un olivo, lo regó. Durante años, lo cuidó y podó sus ramas. Una tarde, cuando comprobó que una de ellas podía soportar su peso, se colgó, se ahorcó. “Es la agonía de la luz”, dijo, dejándose cegar por el sol que desaparecía en el horizonte. Un pájaro cayó fulminado sobre el surco.
La brisa del atardecer balanceaba su cuerpo. Fue un niño quien primero lo descubrió: “El abuelo está colgado de un olivo”, corrió gritando. Y la abuela, que tomaba un té con menta, bueno para la tos: “Calla, niño, no puede ser. ¿No ves esas mariposas blancas revoloteando? Sube y verás cómo duerme en su cama”.
Pero cuando subió, el niño sólo vio cómo las polillas chocaban contra la bombilla y caían abrasadas sobre la colcha.

Esto de los microcuentos se ha puesto de moda. Me gustan los cuentos breves, incluso brevísimos. ¡Pero qué difícil encontrar alguno! Todos invocan esa ocurrencia de Monterroso para legitimar las suyas. Yo propongo una:

Cuando se levantó, la gallina cojeaba.
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