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miércoles, 20 de febrero de 2008

TEORÍA DE LOS TRES MUNDOS (IV)

(Fotos: PortfoloioNatural)


Decía que el realismo materialista y mecanicista (sólo es real lo que puede comprobar físicamente) y el idealismo espiritualista y platónico (religioso, panteísta, místico o metafísico) no son plenamente racionales, sólo son asumibles mediante un acto de fe (creer que existe algo que no podemos ni comprobar ni conocer ni experimentar), incluso un auto de fe. Ambos se fundamentan en lo mismo: una creencia. A pies juntos (firmes) o tambaleantes (escépticos). Los escépticos son creyentes de su no creencia.

Otra cosa es dudar, no dar por cierto lo que no podemos saber si lo es. Y hay mucho que no sabemos ni podemos saber. Muchas cosas que no podemos ni podremos nunca conocer ni comprobar con absoluta certeza.

La materia, por ejemplo, ¿qué es? Cuando los científicos exploran lo ínfimo, lo subatómico, lo cuántico, se encuentran con la nada. Y cuando indagan sobre lo inmenso, el cosmos, el universo, pues lo mismo: todo se sostiene sobre la nada, el vacío.
Y Dios, ¿qué es? Una idea. Una idea que la mayoría personifican. Como un Yo descomunal. Un Yo que todo lo ve, lo dirige, lo planifica, lo crea, lo destruye.

¿Cómo salir de este enredo?

Aceptando el misterio y la incertidumbre. Aceptando lo inexplicable. Aceptando lo incomprensible. No dándole un manotazo o tratando de llenar el vacío de sentido con una creencia tranquilizadora.

¿Y la ciencia? ¿No nos sacará de dudas? Pues no, ni ahora ni nunca. La ciencia es saber, y el saber nos atrae, nos empuja a explorar lo desconocido y lo inexplicable. Pero la ciencia, a medida que avanza, no resuelve los misterios: los amplía. Ésa es su mejor contribución. Por un lado, su conocimiento de la realidad nos permite manipularla mejor, y eso, en principio, no es nada malo. Pero, por otro, nos induce a pensar que describir y manipular la realidad es lo mismo que explicarla o comprenderla. Descubrir que la materia está compuesta de átomos y partículas es una descripción de uno de los niveles de organización y funcionamiento de la energía, pero no explica la existencia de la energía misma. Aquí es donde la ciencia se colapsa: al intentar dar una razón, un sentido y un porqué a la existencia del mundo y todo lo que hay en él, visible e invisible. Puede describir y analizar, nunca dar una explicación última. Pero resulta que esa explicación le interesa a casi todo el mundo. ¿Es una inquietud estúpida? No, por supuesto. Lo equivocado es la respuesta, la respuesta simplista, la que acaba, más que explicando, anulando la pregunta: Dios, la materia, el azar, la teoría de las supercuerdas, el big bang, la reencarnación, los extraterrestres.

Así que ni creer ni no creer. Otra cosa. Ser conscientes. Saber lo que sabemos y lo que no sabemos. Saber lo que podemos llegar a saber y lo que nunca podremos llegar a saber ni conocer. Por ejemplo, qué hay después de la muerte. A qué quedamos reducidos.
El cuerpo desaparece inevitable, absolutamente. La mente parece que también. ¿Y la conciencia? Unos dicen que pervivimos y nos trasladamos en forma de almas al cielo, el paraíso o el infierno, y ahí nos quedamos por toda la eternidad; otros creen que la conciencia se disuelve en una energía o conciencia universal (Dios, la luz, el mar oscuro de la conciencia); otros que algo de nosotros vaga por ahí hasta encontrar otro cuerpo en que reencarnarse; otros que depende de a qué quedemos “enganchados” al morir, casi siempre a obsesiones y asuntos no resueltos (el infierno particular); otros que podemos mantener nuestra individualidad consciente, alcanzar la libertad total y navegar por el infinito; otros que desaparecemos por completo al morir, sin dejar rastro, aunque muramos con las botas puestas.

Lo cierto es que morimos. Seguro. Todos. Nacer y morir son las únicas certezas absolutas. Pero en medio, en esa interfaz de la vida, tenemos una maravillosa posibilidad: la de darnos cuenta, la de tomar conciencia de lo que somos y de cómo es el mundo por el que vagamos. Acrecentar esa conciencia y gozar con el deslumbramiento y la belleza que nos proporciona su visión. Asombrados y expectantes. Y como la conciencia es, por su propia naturaleza, creativa, expansiva y copulativa, pues entregarnos a la creación y el disfrute en cualquiera de sus formas: arte, literatura, poesía, música, teatro, danza, cine, investigación, ciencia; pero también amistad, diálogo, encuentro, ayuda. Hasta política.
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